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Real Madrid 2-1 Barça, la Copa es del Rey de Cardiff

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Alejandro CENTELLAS – No hubo cambio de papeles. No estamos seguros de que la afirmación de Shakespeare de que el mundo es un teatro y nosotros los actores sea cierta, pero que en el teatro de Mestalla cada uno asumió su papel, eso es una certeza. Cada equipo se vistió con la piel y las armas adecuadas a su función: el Real Madrid cogió el escudo, la daga y los corceles ganadores, los pura sangre. El Barça cogió el hilo y la seda. Y los primeros diez minutos fueron así: el Real Madrid con presión, buscando la velocidad de Bale y la templanza de Isco y Benzema. Y de estos barros, llegaron estos lodos: Bale tuvo dos ocasiones claras para, por lo menos, meter miedo a la vulnerable defensa culé. En el Barça las noticias llegaban a cuentagotas: buscando posesión en oquedades diminutas y aguantando el chaparrón  blanco entre sollozos y gemidos.

De una de las descargas del Madrid llegó el primer gol y la confirmación de que el guión de Ancelotti estaba bien estudiado por sus jugadores. De una contra comandada por Isco, y unos pocos segundos mediante, le llegó el balón a Di María que tenía un camino de rosas y lo llenó de espigas escorándose demasiado y dando tiempo al cierre de Jordi Alba. Al final, hizo lo que mandaba la ley: disparo cruzado, fuerte y raso, que a Pinto le pareció un torpedo. Diez minutos de partido y el Madrid ejecutó a un Barça descuadrado, que buscaba en el caos su tranquilidad, el toque y la armonía. El equipo catalán demostró que no ha olvidado los pasos de baile, que conoce el mecanismo, pero que ha perdido la frescura y la alegría en los movimientos. Confían en Iniesta la labor de trazar el camino y en la intermitencia de Messi los toques de inspiración.

Lo mejor que le pasó al Barça fue la llegada del descanso. El ambiente era hostil, el Madrid estaba eficazmente armado en la zona baja y cada vez que se asomaba por ataque era un quebradero de cabeza para la defensa azulgrana. Con el inicio de la segunda parte la tonalidad en el juego del Barça varió a favor de sus intereses: consiguió más movilidad de balón, encontró espacios entre la maraña de piernas blancas y consolidó parcialmente su superioridad. Parcialmente, les digo, porque el goteo de ocasiones siguió llegando para el Madrid. Isco y Bale fueron puñales cada vez que encaraban la portería rival. Sin embargo, fue el Barça quien empató cuando menos se esperaba, por sensación y por situación. De todas las probabilidades que tenía el Barça de hacer gol, la de balón parado era la menos factible. Pero Bartra, el único jugador con talante cabeceador del equipo, puso una pelota envuelta en veneno que Casillas solo pudo corroborar en vuelo rasante. Sin comerlo ni beberlo, con el paraguas de ese toque injusto que acompaña a la belleza del fútbol, el Barça se había puesto en tablas y la pendiente era cuesta abajo. El Madrid sufría en lo físico y el Barça ganaba en lo anímico, por una vez se vio delante del toro y no tuvo miedo.


Momento en que Bale emprende una carrera hacía la gloria | Getty Images

Entonces emergió la figura de quien más lo necesitaba. Gareth Bale, con ese aire distraído natural de los británicos, quiso erigirse como la imagen del partido. Todo el partido estuvo perfilando el golpe final, preparó la cocción hasta tenerla en el punto justo y entonces no tuvo piedad. El error del Barça fue ponerle una pista de atletismo a quien algo tiene de atleta de élite. Bartra le quiso sacar de una lanzadera imparable por la que circulaba el galés, pero existen isquiotibiales sanos y otros débiles, los de Bale se convirtieron en acero para fulminar a Bartra (y a sus isquiotibiales débiles) y encarar a Pinto, que dejó la única puerta abierta por la que llegó el gol. La celebración fue significativa: un futbolista exhausto después de un gol histórico, un jugador observado con lupa que explota de alivio sabiendo que con circunstancias así la duda se va disipando. Y, además, la victoria sobre Neymar en la comparativa particular. Fue el momento mágico, su momento mágico.

Después de todo, queda la sensación de un Madrid superior en casi todas las facetas, la de un entrenador que leyó a la perfección el partido y  la de unos jugadores que supieron acomodarse al guión que exigían el partido y el rival. Las ocasiones fueron incontables, desde todos los ángulos, de muchos jugadores, palos, paradas… A punto estuvo, ya en los minutos finales, de sucumbir a una prórroga que se hubiera hecho interminable para las piernas y para el alma. Neymar definió delante de Casillas y, cuando todo el mundo daba por hecho disfrutar de treinta minutos más, el palo, que es una extensión natural del cuerpo de Iker, hizo el resto. Ahí murió el partido y la temporada del Barça. Al final el fútbol hizo justicia y el Madrid se llevó el partido sobreponiéndose a un Barça incansable, que nunca dio por perdida su posibilidad de recoger la copa, de lo que se desprende un partido noble y franco. De los que gustan, en los que unos ganas y otros pierden. Esta vez le tocó al Madrid, con un nombre encima de la mesa; apunten: Gareth Bale, el rey de reyes de Cardiff.

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