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Raúl González, un orfebre en el césped

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Merodeaba, intuía, se anticipaba y remataba a gol. Y así, hasta 228 veces con el Real Madrid. A partir de ahí, incluso antes, cuando su campamento base todavía estaba en las áreas del Bernabéu, comenzó su retirada de facto. La oficial se produjo ayer, en un escueto comunicado del Cosmos, su último club. Sin alardes ni grandes carreras, directo y al pie. Y a gol. Lo poco de metalúrgico que tiene el fútbol, Raúl lo llevó en su expediente como certificado de calidad. No hay porqué engañarse: no tenía genio. O, al menos, no ese genio canchero, talento puro, del que disfrutan algunos que llegan a la élite por inercia. Era un amanuense que supo domesticar lo mecánico de su juego hasta convertirlo en un salvoconducto que le mantuvo durante años en la élite. “Raúl González, peón de obra. Firme aquí”.

Decía Oscar Wilde, a través de uno de sus personajes, que la belleza auténtica termina donde comienza el aire intelectual. Raúl ha sido lo más intelectual que se ha encontrado el fútbol, casi desde su historia reciente. Por eso todavía quedan vídeos, en sus viajes alemanes, árabes y estadounidenses, donde se revive al mismo Raúl de hace una década. Le queda eso: el gol como representante de su intelecto. Tan solo en su juventud, en lo blanco, noble y fogoso de su madurez adolescente, deleitó con alguna jugada que pervive en la videoteca. Una serie de regates, un gol imposible, un detalle mágico. Pero fueron excepciones. En el recuerdo queda el gol como oficio, como final de un camino al que se accede más con la mente que con las piernas. Porque Raúl nunca fue un prodigio de la naturaleza. En fisionomía comparada, era menudo, sin velocidad y carente de una técnica altamente depurada. Si su representante hubiera sido Jonathan Barnett, también hubiera dicho de él que no deseaba ser el mejor vendedor de calzoncillos.

A partir de ese perfil artesano y rudimentario se desarrollaron todas sus demás aptitudes. Entre ellas, un liderazgo que no conocía límites. Y, si los conoció, fue en su etapa decadente en el Real Madrid, cuando ni sus constantes aplausos tenían ya eco. Pero antes de eso, condujo un equipo galáctico, exitoso, por los derroteros de la artesanía y el esfuerzo. Su liderazgo tenía en la profesionalidad su semilla. Era un ejemplo, dentro y fuera del campo, para jóvenes, adultos y estrellas. Alma de entrenador, líder y goleador utilísimo por profesión. Así estuvo 758 partidos en el Real Madrid, una cifra a la que algunos jugadores (Iker Casillas o Sanchís) se han acercado, pero que ninguno ha podido superar.

Cientos de goles en diferentes clubes y campeonatos, tres Copas de Europa y decenas de títulos y reconocimientos avalan la carrera, ya finiquitada, de un futbolista/peón al que solo le faltó encajar, o subirse a un tren histórico, en la Selección. No participó de la época gloriosa de la Roja. Incluso coincidió su marcha con el despegue de la absoluta. Meras casualidades, suponemos. O quizá nunca hubiera podido encajar en un conjunto lleno de talento, pies rápidos y velocidad hipnótica. Su mundo, sencillamente, estaba en otras latitudes.

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