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Rajon Rondo: el mago que fue y que espera volver

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Chistera, capa y vara. Unas veces una paloma, otras un conejo. Nada por aquí, nada por allá. Una baraja de cartas o una moneda invisible. Tantos elementos típicos en la magia, tantos trucos repetidos por cientos de personas y a los cuales el resto de la sociedad no encuentra explicación a simple vista. Enigma tras enigma. La magia.

Es raro, incompresible, ver como la magia existe en un mundo donde todo se intenta explicar. Es difícil entender cómo seguimos sin resolver acertijos con cientos de años de antigüedad, pero es igual de complicado que resolver los nuevos. Todo se renueva y entre el reducido gremio de magos siempre encontramos aprendices dispuestos a innovar, como es el caso de un brujo que, desde hace algunos años, se dedica a deleitar a su público con un balón de baloncesto y compañeros que reciban sus pases como únicos apoyos a su espectáculo. Un mago, llamado Rajon Rondo, que convierte el pulido parqué en su particular mundo de imaginación.

“Qué bueno que viniste” pensaba cuando su carisma de asistente, sin olvidarse de defender, se enfundó la camiseta verde de los Celtics. Su aura era diferente a la de los demás. Era como si una lámpara hubiese concedido un genio a la ciudad de Boston. Los bases puros estaban dejando de ser eficientes. Los directores de orquesta ya no eran bienvenidos en un mundo de djs que mezclaban varios tipos de música, y sin embargo, ahí estaba el, Rajon, como si nada, sin inmutarse ante un lugar en el que no encajaba y con la presión de vestir los colores de la franquicia más laureada en la historia de la NBA.

Sus inicios en el baloncesto no fueron fáciles. Para entonces la vida y la calle ya habían mostrado su crueldad a Rondo, primero con la marcha de su padre, cuando Rajon solo contaba con 7 años de edad, lo que dejaba a su familia en una situación muy precaria en la que su madre, Amber, tuvo que sudar la gota gorda para llevar pan a la mesa y criar a sus hijos, y más tarde con la muerte por arma de su amigo Spencer Ronson.

Los amigos y las supuestas amistades que rodeaban de noche al genio no eran las más aconsejables, y por suerte el apoyo de su familia, en especial de su madre, fue clave para que Rondo resolviese todas sus frustraciones con el mundo dentro de una pista de basket. En la cancha era libre para disfrutar. El mundo se reducía a un pabellón donde solo estaba él y su amigo Ronson para cubrirle las espaladas en forma de tatuaje.

Un chico criado en Louisville, cuya actitud podría no ser ejemplar en ocasiones pero si su baloncesto, desembarcaba como número 21 de un draft extraño cuanto menos. Rondo llegaba de un clásico, los Wildcats de Kentucky, donde pasó dos temporadas sin alcanzar en ninguna la final four, pero sus preferencias aunaban algunos elementos más cañeros, aumentando el ritmo de juego de sus cuatro acompañantes en pista siempre que podía. El tempo era algo que controlaba, y su velocidad preferida estaba más cerca de ser de crucero que de caracol.

Fue Phoenix quien lo selecciono, pero la confianza vendría desde Boston. Un intercambio de piezas entre dos conjuntos con suerte dispar a lo largo de la historia ponía en la ciudad verde a un base a medio camino entre el purismo de antes y la diversidad del momento. Ausencia de calma, ausencia de tiro, pero mucho ingenio. Un don nadie en el mundo profesional que buscaba ser alguien a partir de recursos únicos.

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Despertaba dudas desde el principio, pero un atrevido Doc Rivers supo ver en el joven Rondo a su extensión dentro del parqué. Al jefe que ejecutase su pizarra en la pista. Número 9 a la espalda, pelo rapado y cinta reglamentaria cubriendo su frente, Rajon seria titular desde su año como Rookie, y acostumbraría sus ojos a la oscuridad del TD Garden justo antes de anunciar a los titulares en cada partido de playoffs desde el segundo curso al este de los Estados Unidos.

Una buena campaña en su año como novato daría paso a la gran fiesta en el segundo. Boston vivía un despertar con uno de los Big Three más grandes de su historia; Paul Pierce, Kevin Garnett y Ray Allen, a los que ahora se unía un tipo peculiar para coordinar todos los movimientos de un grupo aspirante al anillo. La cuarta hoja del trébol.

No necesitaron mucho tiempo para alcanzar el éxito con esta fórmula. Una bala fue suficiente. Vencedores en el este, el miedo que infundían a sus rivales era considerable. Tener enfrente al equipo más laureado de la historia, con uno de sus tríos más dominantes, no es fácil de afrontar. Saber que tus papeletas de saltar el corte pasan por bordar la serie y esperar que tus rivales no encuentren inspiración en cada choque puede causar estrés, ansiedad. Es complicado gestionar las emociones en los partidos de vida o muerte ante adversarios tan curtidos en la batalla y con una camiseta en sus torsos, que a pesar de la sangre derramada, no cuenta con demasiadas guerras perdidas. El imperio verde reinó mucho tiempo y aún en aquellos días, incluso en los presentes, mantiene una enorme porción de tierra.

Todo ello no supuso presión para Rondo, quién también podría haberla acusado al disputar sus primeras finales aquel mismo año, no sin antes sufrir en las tandas previas frente a Hawks, Cavaliers y Pistons.

Rajon no entendía de agobios, o si le acosaban lo camufló estupendamente, pues ante su némesis, su antagonista desde el principio de los tiempos, la franquicia por excelencia del oeste norteamericano, Los Ángeles Lakers, no dudó en poner en su contador particular unos números de órdago, siendo decisivo para que la guerra mundial entre estos dos colosos cayese del lado celta.

Eran años de gloria para Boston, en los que Rondo fue de capital importancia, consolidándose en la liga como uno de los bases estrellas. El nativo de Louisville viviría otras seis temporadas completas, y 22 partidos en una séptima, bajo la protección de una afición que aplaudía cada asistencia, cada robo, cada transición sin semáforos que le detuviesen. Todo era felicidad hasta que Doc Rivers cambió de familia por decisión de la dirección, y sus tres piedras angulares, junto a nuestro protagonista, empezaban a abandonar el barco.

Primero fue Ray Allen, y su marcha incluso llegó a considerarse de alta traición por firmar contrato con los Heat, en apogeo por aquel momento y principal oponente a los Celtics en la conferencia este. Más tarde, ya tras la salida de Rivers, Garnett y Pierce recalarían en unos Nets mediante un traspaso que solo ha traído desgracias a los de Brooklyn. Nefastas consecuencias que todavía les asolan con varios cursos al fondo de la tabla. Rondo se quedaba solo. El llanero solitario en Boston, aunque no por mucho tiempo.

Se habían ido todos y sin ellos Rondo solo era un estorbo para el proceso de reconstrucción que pedían los dirigentes, por lo que no tardaron en enviar sus millones de contrato al mejor postor, en este caso Dallas. Del este al oeste para vivir una etapa que nada tendría que ver con sus días de éxito.

Los Mavericks albergaban muchas esperanzas en Rondo pero nunca llegó a cumplirlas. Sus partidos en la franquicia de Texas fueron decepcionantes y la decisión de traspasarle al finalizar el curso 14-15 no sorprendió demasiado. Quedaba libre para la siguiente campaña y entonces en Sacramento decidieron confiar en recuperar su mejor versión.

En un conjunto con buenos jugadores pero sin ambiciones o proyecto grupal como para crearlas, Rondo solo pudo dejar pinceladas de su calidad. Su existencia como uno de los mejores bases de la NBA tenía los días contados de seguir por ese camino, y entre la llegada de nuevas generaciones bien preparadas para impresionar entre las bestias, Rondo quedó apartado de los focos. Días grises en un sitio donde el sol acostumbra a salir pero no en el pabellón de los Kings la última década.

Rondo aguantaría una sola temporada apartado de toda opción por pelear en los playoffs, pero entonces descolgaría el teléfono para responder a la llamada de los Bulls. Chicago quería juntar un Big Three capaz de devolver la ilusión a su público, y con Wade, Butler y el mismo Rondo, las esperanzadas despertadas eran muchas.

La ciudad más importante del estado de Illinois rebosaba alegría, y aunque su año ha sido más bien mediocre, Rondo ha vuelto a dejar entrever su enorme talento en un equipo competitivo, haciendo especial hincapié en los últimos días de temporada regular y playoffs donde Rajon se ha destapado de nuevo. Se ha vestido con su indumentaria de mago y ha vuelto a crear esas ilusiones que tanto impresionan a cuantos no somos capaces de descifrar la magia. Un resquicio de belleza se vislumbra en cada juego de manos de este artista, de este capeador del tempo que sabe animar y no defrauda en el intento, aunque pueda flojear por momentos en la repercusión final de sus trucos sobre el resultado.

Rondo es un mago comprendido solo por una parte de la afición al baloncesto que vio su luz, y aunque sean conscientes de sus carencias y bajones a lo largo y ancho de su trayectoria deportiva, son bien capaces de diferenciar esto con su evidente y sobrada pizca de irrealidad, ese toque especial que tan solo un mago sería tan hábil como para moldear a su gusto.

Rondo es ese genio que conoce los trucos más impensables que todos querríamos poder ejecutar en las funciones de cada partido de baloncesto y por eso no debemos renunciar a imaginar su vuelta entre los más grandes de la liga, y por qué no, liderando a un equipo aspirante a todo.

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