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Querido Tim, gracias

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Querido Tim.

Supongo que 19 años son suficientes. Que tu cuerpo te pide parar por fin tras tantas batallas, tras tantos partidos. ¿Sabes? Uno, como fan del baloncesto no está preparado para recibir la noticia que este 11 de julio de 2016 se ha hecho pública. Mas como aficionado ‘spur’ he sentido dolor. No ese dolor físico, claro. El otro, el de verdad. Ese que penetra en tus carnes cuando alguien cercano se va. Y es que Tim, tú y yo estamos muy lejos, lejísimos. Pero también, tú y yo estamos cerca, cerquísima. Han sido casi dos décadas de pasión. Tú en la cancha, dando todo lo que tenías. Yo desde el sofá de casa, sufriendo cuando llegaban las eliminatorias por el título en la NBA. Porque cada abril estábamos entre los elegidos. Metidos en la pelea. Desde que tú formas parte de la plantilla texana. Ha sido realmente hermoso.

Aquella nefasta temporada (96-97) traía un regalo bajo el brazo. La primera elección en el draft de ese año. Recuerdo haber oído hablar de un maravilloso jugador universitario que con Wake Forest sobresalía del resto de la NCAA. De modo que las expectativas eran altas. Llegabas a los San Antonio Spurs para formar junto a David Robinson la dupla interior más dominante de la liga. O eso pensaba yo. Me equivocaba. En realidad venías a hacer historia, a marcar una época, a crear un legado. A Gregg Popovich siempre se le pregunta por su éxito en el banquillo: su respuesta eres tú. Así de simple, así de fácil. Como tú, como tus desplazamientos. Porque eres baloncesto, tal cual. ‘The Big Fundamental’ no es un apodo exagerado, como tantos habitualmente sí suelen serlo. Tratándose de tu persona, se queda hasta corto. Nunca se vio antes tanta ortodoxia baloncestística. Movimientos al poste y tiros a tabla tan simples como complicados de ejecutar. Esa lectura del juego desde la posición de hombre alto. Hacer que cosas poco habituales superando los 210 centímetros parezcan fáciles. Y es que Tim, si fuese sencillo, ya otros lo habrían hecho antes.

Tim, no sé muy bien cómo hilar estas líneas, te lo aseguro. Tantos instantes alborotan mis recuerdos hoy que dices adiós que lo complicado es ordenarlos, priorizar en ellos mismos. Seguramente esto va más sobre sentimiento. Y vacío. Porque vas a dejar un hueco que posiblemente jamás pueda llenarse. Ni en San Antonio, ni en la NBA. El mejor ala-pívot de la historia, y eso no es subjetividad. No lo digo yo. Lo dicen los expertos. Los analistas más prestigiosos, las publicaciones más especializadas, el aficionado común y los que más saben de todo esto: aquellos que han estado sobre un parquet haciendo lo mismo que tú. Bueno, no haciendo, practicando el mismo deporte. Seamos justos. Con ellos y contigo. Tu lugar está junto a las leyendas, unos pocos privilegiados.

¿Qué puedo decir, Tim? ¿A qué momento histórico debería referirme? Remuevo mi mente para seleccionar los más importantes y resulta que no me salen. Como tú, ha sido el conjunto. ¿Por qué aludir a un partido, una eliminatoria, una canasta decisiva o un duelo personal ganado? No sé si procede. No pega contigo eso de buscar un ‘the shot’ o un ‘the game’, como tampoco iba contigo sobresalir porque sí. Teniendo la capacidad de hacer los números que te hubiesen apetecido, lo más fascinante de tu trayectoria es que jamás lo necesitaste. Simplemente salías a la cancha y hacías justo lo que el equipo requería de ti para ganar. Para seguir ganando. Y para volver a ganar. Y así, desde que formas parte de la NBA ninguna otra franquicia se acerca a los registros del grupo de El Álamo. El resto de conjuntos quedan muy atrás. A espaldas de tus muchachos.  Eras el líder anotaras o no, capturases 20 rebotes o ninguno, jugaras todo el partido o solo los minutos necesarios. Si tocaba defender, te arremangabas. Si había que ceder el tiro en la jugada decisiva de un partido importante, te hacías a un lado. Eso es liderazgo. Eso es ejemplo. Eso es saber de qué va este deporte.

Tim, qué desorden. Qué caos. El de mi cabeza. ¡Qué contradicción! Cuando tú eras cerebro y disciplina, equilibrio y serenidad. Y yo haciéndome un lío en este texto. Reflejo tal vez del estado en el que me encuentro: shock absoluto. Da igual que los chascarrillos llevaran semanas sonando, que en los mentideros el rumor de tu retirada se susurrara cada vez con más fuerza. No me lo quería creer. En cierto modo, aunque se haya materializado, sigo sin querer creérmelo. Imagino que me costará hacerme a la idea y hasta que no dé comienzo la próxima temporada y no te vea fuera del roster de mis Spurs, tus Spurs, no seré capaz de asimilarlo totalmente.

Tú siempre sin hacer ruido. El año en que Kobe Bryant se regalaba una gira triunfal por las canchas de la mejor liga del planeta, siendo ovacionado de ciudad en ciudad, provocando piques entre los speakers de cada pabellón por ofrecer la mejor presentación al ídolo que sale, vas tú y terminas la temporada como cualquier otra. Y luego, meses después, un lunes dices que ya no más. Sin focos, sin aplausos. Claro que no los necesitas. Es curioso. La grandeza no tiene por qué ir ligada a la popularidad. Kobe, una estrella que cegaba a su paso. Tú, brillando porque no había otro remedio. Tan grandes, tan distintos. Caminos diferentes para un destino común: la gloria, alcanzada en ambos casos. El juego no volverá a ser el mismo. Acaba una era con vosotros. Pero mientras él daba un portazo digno de su trayectoria en su último duelo, tú sales de puntillas, como ese padre que no quiere perturbar el sueño de sus hijos. Va en tu naturaleza, no puedes evitarlo.

Tim, hoy no estoy aquí para hablar de tus éxitos. El que quiera repasar tu carrera tiene en esta misma web un magnífico texto de Iván Libreros perfecto para estos días, donde tu grandeza puede medirse por tus logros. Yo hoy voy a los intangibles, que en este juego que amamos son tan importantes. Intangibles en una cancha, donde hacías mejores a tus compañeros. Intangibles fuera de ella, donde formabas piña con ellos. Los del AT&T Center se han convertido en una familia de la que tú eres la cabeza visible. Ni una mala palabra, ni un mal gesto brotaba de ti. Efecto espejo en los demás. Incluso cuando el juego no era tan radiante como ahora, hasta en aquellos tiempos en los que practicábamos un baloncesto subterráneo, cuando nuestro equipo de toda la vida no contaba con el agrado de las televisiones. Siempre ejemplar, siempre respetuoso. Sabiendo perder y, más importante si cabe, sabiendo ganar. Por eso tus rivales te respetan como lo hacen.

Nace la leyenda, alejada de los flashes y las rimbombantes despedidas | Getty Images

Nace la leyenda, alejada de los flashes y las rimbombantes despedidas | Getty Images

Yo puedo sentirme afortunado de haber coexistido contigo. Todas esas noches en vela han merecido la pena. Me has regalado tanto. Has dado tanto al mundo de la canasta… Hoy dices adiós y no podemos siquiera recriminarte tu decisión. Te has ganado hacer lo que te venga en gana. Son varios veranos ya pidiéndote un último baile. Siendo egoístas. Porque el ritmo de la música ya no es el que mejor se adecuaba a tus cualidades rítmicas. Y con todo, no desentonabas. Pero entiendo que por fin te has vaciado, que ya no te queda nada dentro que ofrecernos, y que volvíamos a pedir algo que tu cuerpo ya no era capaz de llevar a cabo. Perdón por la exigencia. La externa, que tú ya te exigías a ti mismo sin necesidad de nadie.

Ojalá Pau Gasol se hubiese decantado por San Antonio hace dos años. Es una de tantos pensamientos que ahora me abordan. Ojalá hubiese grabado más partidos, ojalá aquella madrugada que te enfrentabas a un equipo entonces menor no me hubiese ido a la cama al descanso, ojalá hubiera estado pendiente de ti desde que formabas en tu equipo de universidad. Tantos ojalás pesan hoy como piedras. Por el contrario, al otro lado de la balanza un millón de gracias que la desequilibran hasta lo abusivo en positivo.

Tim, no pretendo extenderme más, no era mi intención alargar tanto esta misiva. Yo hoy simplemente quería darte las gracias por compartir tu sueño con nosotros.

Hasta siempre, Timothy Theodore Duncan, disfruta del Olimpo.

#ThankYouTD

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