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¿Qué pasa con Fran Escribá?

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El cuestionamiento de la valía del entrenador valenciano para liderar a un Submarino con objetivos europeos está, sin ninguna duda, cada vez más presente entre la parroquia amarilla. Puede parecer ventajista hablar de ello tras el desastre del 0-4 frente a la Roma en el Estadio de la Cerámica del pasado jueves; sin embargo, solo ha sido la última gota que está a punto de colmar el vaso de la paciencia grogueta.

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Una llegada controvertida

Fran Escribá llegó al equipo de una manera muy, muy complicada: una de las estrellas de los últimos años, el extécnico Marcelino García Toral, quedaba fuera del club sin saberse muy bien por qué. Ocurrió el día 10 de agosto, justo a una semana del primer partido de la fase previa de Champions, y corría la urgencia de conseguir contratar un nuevo entrenador para afrontar el importante reto. La elección fue bastante rápida y, aunque se habló de varios nombres -algunos tan ilustres como Manuel Pellegrini-, parece que la directiva tenía muy en mente a Escribá.

Al llegar, se encontró con un equipo tremendamente trabajado, con unos automatismos claramente fijados que habían dado pie a uno de los estilos más reconocibles de La Liga. De hecho, él mismo reconoció que siempre le había gustado la forma de jugar del Villarreal. “Hay que dar continuidad al proyecto. Lo fundamental es aprovechar lo bueno que tiene este equipo, que es mucho. Mis ideas se acoplan muy bien a lo que tenemos”. Así expresó el de Valencia su intención de no variar en exceso el sistema que tantos frutos había dado en El Madrigal.

El primer recuerdo de Fran como capitán del Submarino es muy amargo, y es que el Mónaco no dio ninguna opción a los castellonenses en la fase previa de la máxima competición continental. Tanto la directiva como la afición mostraron, en su gran mayoría, una actitud muy comprensiva; teniendo en cuenta la dificultad de llegar a un equipo nuevo, con dos-tres fichajes importantes que habían de amoldarse a la plantilla y, para más inri, sin poder contar con ninguno de los delanteros titulares que tiraron del carro en la temporada anterior. Factores influyentes -sobre todo el último, al que volveré más adelante- que estuvieron presentes para otorgar algo de rédito al nuevo míster.

No obstante, desde que se comunicó la elección del sustituto de Marcelino, algunas voces se hicieron oír para calificar a Escribá como un entrenador sin la categoría suficiente para dirigir al Villarreal. Eran minoría, sin ninguna duda, pero ahí podemos encontrar el germen de la corriente crítica hoy tan presente entre los seguidores del equipo. El origen de este pensamiento radicaba en el currículum del técnico, que había desarrollado su carrera profesional en dos equipos –Elche y Getafe– de un nivel bastante inferior al que tiene, a priori, el conjunto castellonense. Su mayor logro consistía en haber ascendido al Elche a Primera División siendo el líder desde la primera hasta la última jornada, lo que le valió para ser galardonado con el premio Miguel Muñoz al mejor entrenador de Segunda División.

Escribá acalla las críticas con resultados

Tras un primer partido de Liga bastante pobre, en el que solo se consiguió un empate ante el Granada, Escribá comenzó a asentarse y los puntos empezaron a llegar a un ritmo suficiente como para alcanzar los objetivos europeos del club; incluso consiguió mantener la imbatibilidad hasta la jornada diez. Con respecto a la Europa League, la sensación era notablemente peor que la vivida en la competición regular, pero más o menos se iban sacando adelante los partidos. Aquellos murmullos contrarios al míster parecían quedarse en eso, un pequeño rumor de fondo absolutamente normal tras la controvertida situación en la que llegó Fran Escribá.

Uno de los factores que favorecieron su adaptación al club y la aceptación de gran parte de la afición fue el mantenimiento del famoso 4-4-2 y de la seguridad defensiva como máxima premisa de la plantilla; aquellas palabras recién llegado a la entidad se cumplieron y las cosas marchaban bien. Obviamente, Escribá no es Marcelino y, aun siendo similares, sus maneras de jugar variaban en algunos matices. Si bien es cierto que en la parcela defensiva las ideas son, prácticamente, idénticas, el actual técnico practica un juego ofensivo menos directo y no tan vertiginoso como el visto durante el periplo de Marcelino García Toral.

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El Submarino tiene ahora más posesión y domina a sus rivales con el balón controlado, contexto en el que Manu Trigueros ha terminado su etapa de madurez y se ha destapado como uno de los mejores centrocampistas del campeonato liguero. Para lograr esta capacidad de mantener el cuero, una de las decisiones ha sido apostar por interiores que, en realidad, no son jugadores de banda, como Jonathan dos Santos y Roberto Soriano, cuya tendencia a ir hacia dentro origina una mayoría de efectivos amarillos en el tercio central que les permite mover el juego a placer, con la contraprestación de perder anchura y, por tanto, profundidad.

Por otra parte, la antes mencionada ausencia de Bakambu y Soldado a principio de temporada se ha ido alargando hasta bien entrado el mes de enero. En el caso del español era algo bien sabido debido a la gravedad de su lesión; sin embargo, Bakambu ha encadenado problemas físicos con convocatorias con su selección y, al final, no ha tenido la regularidad suficiente como para entrar en los planes de su entrenador. Así las cosas, el ya desaparecido Pato y Sansone quedaban como la pareja titular, ahora sustituida por Adrián y el propio Nicola. Ambas, duplas de delanteros que no son jugadores de área, sino segundos punta o incluso mediapuntas.

La principal implicación de esto es una tremenda mejora a la hora de confeccionar las jugadas, ya que dos hombres más se unen a la tarea creativa, pero que conlleva la dificultad para encontrar un rematador que finalice las jugadas que se trenzan a su espalda. Los groguets construyen bien los ataques pero, a la hora de la verdad, se les apaga la luz, dando una sensación de incapacidad de crear peligro en la portería rival. Gracias a una defensa férrea y a un Asenjo estratosférico, el Villarreal se aseguraba que, con lograr un tanto o dos, las posibilidades de llevarse los tres puntos crecían exponencialmente; y todo funcionó de maravilla hasta el parón navideño.

Llega el 2017, llega la debacle

La eliminación de Copa del Rey por parte de la Real Sociedad fue el preámbulo de una mala racha que se extiende hasta hoy mismo y que ha llegado a su punto crítico con el 0-4 cosechado en el Estadio de la Cerámica. De nueve partidos disputados en 2017, solo una victoria ante el Granada, penúltimo clasificado de La Liga. Con un promedio de solo 0.6 goles por partido, la situación del conjunto amarillo se complica y todas las miradas se dirigen a su banquillo.

La figura de Fran Escribá está ahora más cuestionada que nunca. De hecho, una destitución sorprendería a poca gente, aun tratándose de un equipo situado en una posición –la sexta plaza-, a priori, razonablemente buena para sus objetivos. No obstante, parece que gran parte de la afición achaca cierta falta de reacción por parte del técnico ante los problemas que surgen en partidos que se complican o que, de por sí, son complicados. Las sustituciones en juego son tan previsibles, casi siempre entre jugadores de la misma posición, que puede parecer que están acordadas antes del pitido inicial. La variación táctica de cambiar el 4-4-2 por un 4-2-3-1 ha sido el único movimiento que parecía estar destinado a resolver cuestiones problemáticas, y no ha tenido resultado.

En definitiva, el gran enemigo del Villarreal –la falta de gol- se concibe como una deficiencia en el sistema implementado por Escribá, que otorga control de la posesión pero quita claridad en los últimos metros; mientras que la mayor virtud –la eficacia defensiva- parece ser algo inherente al equipo, un factor en el que el míster no ha tenido nada que ver. Visto así, es más fácil entender el porqué de la mala imagen que tiene la afición del Submarino de su entrenador.

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