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¿Qué hizo el VCF para merecer esto?

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Un club desgobernado de forma endémica. Con un propietario que no aparece y que se funde a la ley del silencio a miles de kilómetros de distancia, una presidenta que ha de atender otras responsabilidades empresariales y que se aleja de la realidad en demasiadas ocasiones, un director deportivo que dio la espalda a la obviedad el pasado verano en su apuesta para el banquillo y un entrenador que ha demostrado desde su advenimiento que no está capacitado para llevar un club como el Valencia.

Este convite es el que ha llevado a los de Mestalla a vagabundear por el caos a estas alturas de temporada. Muchos dirán que es pronto y, quizá, tengan parte de razón. Pero el problema escurre alarmismo cuando se entronca con el curso anterior. Los números no se discuten, se comprueban. Y para muestra, un botón. El Valencia de Pako Ayestarán lleva 7 derrotas consecutivas, algo que nunca había pasado en la entidad blanquinegra. Ha sumado 10 de 36 puntos en juego y ha superado en terror al Valencia de Gary Neville. El vasco ya es, por números, el peor entrenador de toda su historia. Es más que suficiente para tomar una decisión de manera inmediata y no dilatar en el tiempo un dictamen que puede suponer el descabello.

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Pako Ayestarán | Web del Valencia CF

En el pasado mes de mayo, cuando se había visto trabajar ya al entrenador, era más que evidente que el equipo no funcionaba. Sus méritos no fueron para renovarle el contrato y menos por dos años. El club se amparó en su figura porque era consciente que un míster de otra médula no tragaría con los vaivenes que se avecinaban en el mercado estival. Era la opción más placentera pero jamás fue la primera por convencimiento. Y claro, ‘ahora viene el tío Pako con las rebajas’. Dicho lo cual, Ayestarán no es el único culpable de lo que le está sucediendo al VCF, sino el máximo responsable en el área deportiva. Disímil matiz. No se puede pasar por alto. En el transcurso de este inicio 2016-17 el equipo ha involucionado y lo que es más peligroso, ha visto como futbolistas no apretaban igual en el último partido de San Mamés. ¿Bloqueo mental por la falta de confianza en sí mismos o trote por pérdida de convicción en el libro de estilo de su entrenador? Se está a tiempo para no tentar a la suerte.

Desde Ernesto Valverde, último entrenador que decidió irse él y al que el valencianismo le vociferaba para que se quedase, el Valencia bucea en la nulidad más absoluta por su banquillo. Cuando no es un hombre de confianza del propietario sin haber hecho créditos suficientes, es un comentarista de televisión. Y cuando no, el ex preparador físico del mejor Valencia de la historia que tenía en su currículum vitae a Estudiantes Tecos, Maccabi o Santos Laguna. Peter Lim ha de preguntarse de una vez qué quiere hacer con este club. Una entidad casi centenaria y con una historia envidiable merece tener otro modelo de gestión deportiva y un entrenador con los huevos pelados. Ya está bien. A Valencia se ha de llegar aprendido. Como destino, no como parada intermedia para adquirir conocimientos. Ya fueron demasiados los que se sacaron el máster cerca del Túria para abrillantar los honores en otros lares.

La exigencia de Mestalla estuvo presente en tiempos pretéritos buscando siempre la reacción de su equipo. Acostumbrada a ganar y competir, sacaba las garras cuando la deshonra deambulaba por el verde. Y no digo que ahora no lo vaya a hacer. Pero sí barrunto un clima de adormecimiento, una sensación de sedación de lo más perturbadora. Y es un momento francamente delicado donde la afición se ha acostumbrado a palmar o, al menos, a no ganar con seguidilla. El entumecimiento o anestesia se ha de dejar para los médicos, es momento de exigencia. El Valencia no merece por su grandeza esta mediocridad sibilina.

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