Fútbol inglés

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Presión insoportable: el caso de Ched Evans

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El Oldham Athletic comunicó este jueves, 8 de enero, que no contratará a Ched Evans, delantero galés de 26 años que actualmente se encuentra en paro. El hecho, de relativo alcance deportivo, es sin embargo la noticia del día en el Reino Unido. Tanto que el club de League One tuvo que emitir un comunicado para explicar las razones por las que no se llegó a completar la operación. En su misiva, los ‘Búhos’, como son apodados, aducían a una “presión insoportable sufrida” como principal motivo por el que el internacional galés no había acabado por reforzar a su equipo en este mercado invernal. La razón; los dos años y medio de cárcel, de una condena total de cinco años, que el futbolista ha cumplido recientemente tras ser encontrado culpable de un delito de violación a una camarera que, cuando sucedieron los hechos, en 2011, tenía 19 años.

Debido a la repercusión y popularidad que posee el fútbol, de la mezcla escándalo -especialmente si este es de índole sexual- más balompié resulta una cóctel cuyos efectos sonrojarían al mismísimo Molotov. Un torbellino mediático que se produjo durante el juicio, y que ha retomado con fuerza una vez que Evans ha vuelto a la vida pública. Esto es, a intentar ejercer su profesión.

Así sucedió el pasado octubre, cuando el ariete, una vez puesto en libertad tras haber cumplido sus cuentas con la justicia, se acercó al que, hasta la fecha, había sido su anterior club: el Sheffield United. En 2009, los ‘Blades’ habían pagado por su traspaso al Manchester City la nada desdeñable cifra de tres millones de libras y, durante sus dos primeras temporadas, jugando en Championship, el segundo escalón del fútbol inglés, el atacante respondió con cuatro y nueve dianas respectivamente. Aunque no fue hasta el curso 2011/12 cuando surgió su despegue sobre los terrenos de juego. En aquella campaña, disputada en League One, tercer nivel profesional, el ariete logró 29 redes en 34 encuentros disputados. Sin embargo, su nombre llegó al público general por motivos menos prosaicos. Según la sentencia de su condena, el 8 de agosto de 2011, Evans, junto al también futbolista Clayton McDonald, abusó sexualmente en un hotel al norte de Gales de una joven que no se encontraba bajo sus facultades debido a la ingesta de alcohol.

Según el testimonio de la mujer, se despertó al día siguiente en la habitación sola y desnuda, sin saber qué había sucedido. La defensa, por su parte, alegó que McDonald se había encontrado a la víctima en la calle, habiéndola invitado a su habitación para mantener relaciones. Poco después se uniría Evans con el mismo fin. Según el juez Hughes, “las cámaras de seguridad mostraron que la camarera se encontraba altamente intoxicada aquella noche, fuera de toda condición para poder mantener un intercambio sexual consentido”. Algo que, en opinión del magistrado, “no podía haber sido pasado por alto” por el jugador. Por ese motivo, McDonald quedó libre de cargos mientras que Evans fue condenado a cinco años en la cárcel.

Hasta el momento, el internacional galés siempre ha defendido su inocencia, asegurando en cada aparición pública que nunca forzó a la mujer y que las relaciones que ambos mantuvieron se llevaron a cabo bajo consentimiento mutuo. “Fue una decisión estúpida. Lo que ocurrió fue un acto de infidelidad, no una violación”, aseguró el ex del Sheffield United en un vídeo difundido tras su puesta en libertad en el que figuraba junto a su pareja, Natasha Massey, escenificando el perdón de ésta y clamando que no iba a cejar en su empeño de limpiar su nombre.

El daño paralelo

Por ello, Evans nunca ha pedido publicamente disculpas por lo sucedido. Lo más cerca que ha estado de ello ha sido tras frustrarse su fichaje por el Oldham, cuando aseguró que “lamento profundamente todos los efectos causados tras aquella noche en Rhyl, no sólo en la mujer afectada”. Con dicha frase, el futbolista se refiere a la campaña de acoso cibernético que la víctima asegura sufrir desde que se conoció la sentencia en 2012. Así, poco después de que se publicase la decisión judicial, los datos de joven fueron difundidos a través de Internet mediante un ‘tuit’ en el que se incluían su nombre, apellido y una acusación de mentirosa. Aquel mensaje llegó a acumular más de 6.000 ‘retuits’, iniciando una campaña de hostigamiento que, según declaraciones del padre al diario ‘The Guardian’, le ha obligado a cambiar de nombre y, hasta en cinco ocasiones, de domicilio.

La presión también azuza al verdugo, que lleva sin trabajar desde octubre a pesar de que son varios los clubes que se han mostrado interesados en contar con su olfato goleador sobre el campo. Legalmente, el futbolista ya ha cumplido su deuda con la sociedad y se encuentra en posición de reinsertarse a ella a través del mercado laboral. Sin embargo, siempre que su nombre ha sido unido a un conjunto, la operación no ha llegado a ningún puerto debido a la asfixia popular realizada. Así sucedió en el Sheffield United, que terminó por prohibirle, incluso, entrenarse en sus instalaciones después de que un sí inicial provocase con la dimisión de la patrona del club, Charlie Webster, la petición de la medallista olímpica Jessica Ennis-Hill de que se retirase su nombre a una de las gradas de Barmall Lane, así como la amenaza de dos patrocinadores de finalizar su acuerdo comercial si el jugador volvía a vestir los dos sables cruzados sobre su pecho. Ésta vía, la de presionar a través de los diferentes sponsors es la que finalmente ha acabado por ahogar el acuerdo entre el jugador y el Oldham Athletic.

Poco después de que su propietario, Simon Corney, asegurara al diario ‘Jewish Chronicle’ de Nueva York que la operación estaba al 80% de realizarse, varias fueron las empresas que anunciaron su intención de desligar su nombre de los ‘Owls’ si esto sucediese. “Llevar a cabo la operación hubiese supuesto poner al club en una situación de presión financiera que podría haber causado un gran daño. Como consecuencia, el acuerdo no podía seguir adelante”, explica el comunicado llevado a cabo por el Oldham. Un texto en el que, además, se condena las amenazas, incluso de muerte, que han recibido miembros de la entidad, aficionados e, incluso, patrocinadores a lo largo de la negociación.

El debate abierto tras este nuevo portazo a Evans trasciende, con mucho, lo deportivo. ¿El cumplimiento de la condena, rehabilita al futbolista para su inserción en la sociedad? ¿Si es así, qué legitimidad moral tiene la presión popular para impedirlo? ¿Sería la vuelta a la vida de Ched Evans tan complicada en caso de no dedicarse profesionalmente al mundo del fútbol? A pesar de ser personas públicas, ¿qué grado de responsabilidad poseen sus actos? ¿Cambiaría algo el hecho de que Evans se hubiese disculpado públicamente con la víctima? Demasiadas incógnitas que, quizá, no tengan una única respuesta válida.

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