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Prender Montreal

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Montreal arde en llamas cuando Shapovalov muele a Nadal y lo invita a la reflexión por un número 1 que lidiará su batalla crucial en Ohio.

El descaro del joven canadiense aprieta los tornillos de un balear que se ve sobrepasado – por primera vez en mucho tiempo- por la atmósfera de un Uniprix colmado de emociones. Shapovalov es un carrusel sentimental que gira y gira su raqueta para terminar asestando el golpe definitivo: la victoria inesperada sobre el centro de atención mundial esta semana.

De un plumazo asimila la primera manga perdida y traga la situación para que su tenis entre en ebullición y la revolución se desate en el Quebec. Los 18 años del canadiense son oro molido. Sus latigazos son dignos del peor de los castigos; las líneas, imanes cuando la situación va sobre ruedas. Porque Shapovalov necesitó montarse en sí mismo para creerse lo que parecía imposible.

En la grada, su madre sube el puño. La confianza va por barrios. Nadal pierde a Nadal por algún recoveco de la Central y buscarse es inútil cuando al otro lado de la red el muro está hecho de ilusión y ambición.

El talento del artillero local eclipsa cualquier matemática sobre el cetro mundial. Esa es otra historia. Pero a Nadal le importa bien poco en una tercera manga ojiplática. Ahí donde Shapovalov se crece sin importar los 15 grandes que corretean de un lado a otro. Ahí donde maniata sin contemporizar al mallorquín. Ahí donde la vida le da la mejor de las alegrías competitivas. Ahí donde le enseña al mundo que él también quiere ser protagonista.

Y lo logra demostrando que la persistencia es la clave. Desmontando su figura construida por un pelotazo al juez de silla. Arnaud Gabas en febrero. Exhibiendo que su talante es de tener muy en consideración. Apagando a Nadal. Encendiendo Montreal por una noche.

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