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Portugal cambia fado por sonrisa

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Miguel L. Pereira | Se cumplió Portugal. Finalmente. Después de acumular lágrimas y derrotas dolorosas, Portugal por una vez gambeteó al destino y cerró sus cuentas pendientes con el fútbol. Ya no les debe nada. Fernando Pessoa, el más brillante autor de la lengua portuguesa, escribió hace décadas que Portugal, pese a todos sus logros históricos en la epopeya de los descubrimientos marítimos, todavía no había logrado cumplirse como nación. Tampoco el fútbol luso lo había logrado. Hasta la final de Saint-Dennis. Portugal siempre tuvo algunas de las equipas mas excitantes de cada década. La de los Cinco Violines en los cuarenta, la generación de Eusebio que logró el tercer puesto en el Mundial de 66 o la de Chalana y compañía en la épica campaña del Francia 84. No obstante, eran gestas que se distanciaban en el tiempo de una generación. Había talento, si, pero no una matriz de juego que tenia continuidad y quizás por eso Portugal siempre termina cayendo en la hora de la verdad. Todo cambió en los noventa. El trabajo fundamental de Carlos Queiroz, bicampeón mundial de sub20 con Portugal en 1989 y 1991, sentó las bases de una nueva filosofía, una apuesta por la cantera que ayer en París se volvió a ver reflejada. En campo estaban auténticos veteranos de mil batallas como Ronaldo, Pepe, Nani, Quaresma u Moutinho pero también los rostros de la nueva, algunos de ellos vice-campeones de Europa en sub21 justo hace un año. En los últimos veinte años ningún país, salvo Alemania, podía presumir de tener tanta continuidad en los grandes torneos. Portugal no fallaba una competición desde 2000. Se acumulaban las segundas, terceras y cuartas plazas. Pero el titulo seguía sin caer. Ni siquiera en la cúspide del fútbol luso, en 2004, con el Porto de Mourinho recién sagrado campeón de Europa y jugando en casa, Portugal logró ganar la Eurocopa. Seguía sin cumplirse el fútbol luso y parecía ya macabro el destino que los lusos creían ya que sería negro para siempre. Hasta ayer.

Portugal no fue, ni de lejos, la selección que mejor fútbol practicó en el torneo. Pero lo cierto es que en la historia de las Eurocopas lo raro es que el mejor sea también el campeón. Y Fernando Santos, un entrenador más pragmático que cualquiera de sus antecesores y un hombre que trajo a Portugal un importante cambio de mentalidad competitiva, sabía de ello. Su torneo seguramente no guardará gratos recuerdos a nadie, salvo los portugueses. Pero esa era la idea. Después de décadas siendo la favorita del público y la eterna derrotada, Portugal cambió el chip. No iban a jugar para los demás. Jugarían para ellos. Se abandonó el histórico 4-3-3 por un más sólido 4-1-3-2 que en algunos partidos se convertía incluso en 4-5-1. No se buscaba el gol a cada jugada, se aburría el partido con posesiones cortas pero fundamentales para cortar el ritmo a los rivales y se jugaba con la creencia que la fortuna, por una vez, estaría en el bando luso. Portugal sobrevivió a una fase de grupos donde era favorita clasificándose en tercer lugar. Un resultado que seria clave porque le permitía disputar el torneo en la zona mas accesible del sorteo. Portugal estaba determinada a hacer buena la máxima de que no hace falta pelear con los buenos para terminar siendo el mejor. A la vez que los grandes candidatos se enfrentaban, cual reyes de Westeros (Poniente) en la saga de Juego de Truenos, Portugal se comportaba como Daenerys Targeryan e iba eliminando a sus rivales, mas accesibles, esperando por el momento cierto de zarpar a poniente. Así cayeron los croatas, polacos y galeses contra un equipo de servicios mínimos pero temible eficacia en los momentos clave. Todo muy anti-Portugal, por supuesto. La final sirvió para consagrar esa idea de que, para que se cumpliera Portugal, había que sufrir lo insufrible y nada mejor para poner a todos de los nervios que perder a su figura a los pocos minutos de juego. Ronaldo, que sin ser una estrella en el terreno de juego fue más líder que nunca fuera de él, lanzó el mote. Había que ganar. Por él y por los que estaban hartos de perder. Por una vez en su historia Portugal pensó primero en si misma y no descartó jugar feo, jugar de modo aburrido siempre y cuando al final se llevase la copa a casa. Se “italianizó”, asumiendo definitivamente su identidad mediterránea, lejos de ese perfil romántico de la escuela holandesa que siempre defiende que es mejor perder jugando bien, que ganar jugando mal. El gol de Eder, el más criticado de los veinte y tres convocados y el futbolista menos respetado del equipo, fue el culminar de esa saga como si para que Portugal ganase a sus propios fantasmas no fuese, al final no hiciesen falta los Eusebio, Futre, Figo, Ronaldo o Mourinhos y si un casi anónimo y inesperado héroe mal amado como era Eder.

Portugal puede que no sea el mejor equipo de Europa y seguramente su triunfo no va a crear escuela en la evolución del juego. Es más un punto de llegada que un punto de partida. Es un ajuste de cuentas de un país con su propia historia, con su fútbol. Un saldar deudas pendientes del modo más inesperado posible. En casa de su mayor rival, sin su mayor estrella, con un gol de su jugador menos valorado. El contexto no podía ser más aciago y, no obstante, fue así que Portugal finalmente logró hincar el diente en el trofeo. Como los navegadores lusos hace cinco siglos, fue en los momentos de mayor adversidad, que Portugal sacó su mejor versión. Al final Pessoa tenía razón y Portugal estaba por cumplirse. Hasta ayer.

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