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Pioli para detener la hemorragia del Inter

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La escalada de autodestrucción del Inter sigue su curso. Frank de Boer ya es historia y tras el espectáculo del dispar casting con la figura de Marcelino de por medio, Stefano Pioli -noveno entrenador desde 2010- firma hasta junio de 2018 y es el nuevo elegido para darle la vuelta a la tétrica situación del equipo y hacer que éste se recomponga para, al menos, volver a competir por los puestos que dan acceso a competiciones europeas en la Serie A.

El Inter de Frank de Boer ha sido un nuevo quiero y no puedo. Un cambio de estilo rompedor con la gestión previa de Roberto Mancini al que no se le han dado ni los cuatro meses de margen que solicitó el técnico holandés a su llegada para reajustar los mecanismos e intentar convertir a un equipo de intenciones defensivas más o menos sólidas y de meras ráfagas en ataque, a un conjunto con voluntad de mando y dominio total al que, sin embargo, de Boer no ha sabido canalizar en ningún momento.

La carta Pioli tiene aspectos positivos evidentes. Es un gran conocedor del Calcio (Parma, Chievo, Bologna y Lazio), sigue una senda táctica definida que se adapta perfectamente al 4-3-3 que ha intentado implantar de Boer, aunque con intenciones más verticales, pero no deja de ser una nueva probatura que está por ver cómo funciona en un Inter con un juego deslabazado, que se echa a menudo en los brazos de Icardi y de lo que puedan sacar en el uno contra uno los jugadores ofensivos de banda como Candreva, Perisic o últimamente, Éder. Y, al mismo tiempo, supone un estilo que paradójicamente entronca menos con la tradición ganadora interista de los técnicos foráneos Helenio Herrera y Mourinho que el orden defensivo tan identificativo de Marcelino en su Villarreal reciente.

Leer más: Las exigencias de Marcelino para dirigir al Inter

La falta de estabilidad, esa que el Inter echa en falta como el comer, fue precisamente la que, llevada meramente al ámbito futbolístico, alejó a Pioli de la Lazio el curso pasado tras haber firmado en la temporada 2014/15 una Serie A de muchísimo mérito, culminada con una tercera posición francamente por encima de las expectativas. A priori, Pioli se adapta a la actual plantilla nerazzurra mejor que ningún otro de los candidatos que han sonado para el banquillo del Inter, sin embargo, su recetario no parece el idóneo para que el equipo supere su enorme déficit de juego interior y de conexión fluida entre líneas que le hagan construirse unas hechuras de dominador ante cualquier rival y en cualquier fase de su juego.

La Lazio de Pioli era un equipo prácticamente obsesionado con hacer de cada acción una línea vertical, que gustaba de las transiciones a través de las jugadas individuales de sus extremos, que situaba a sus interiores bien arriba, pero que también carecía de circuitos interiores y sufría importantes desequilibrios tras pérdida a la espalda de una defensa situada a una altura elevada por norma, sin apoyos cercanos en repliegue en una estructura que acabó desmoronándose por su propio sistema de juego sin soluciones o respuestas añadidas.

Una de los grandes primeros retos de Pioli es encontrar en el Inter el jugador que pueda asentar las posesiones en campo rival. Si su estancia en el conjunto lombardo adolece de esa misma falta de adaptación citada y el entrenador parmesano opta, como todo hace indicar, por implantar su definido estilo, Banega -que aun no sabe por y para qué ha dejado Sevilla para firmar por el Inter- podría ser retrasado a la base, reducido a transportador de balones desde campo propio a los primeros metros tras la línea divisoria (a la espera de un mercado invernal donde volverá a sonar con fuerza un nombre como el de Biglia que sí daría por sí solo más sentido a todo el armazón interista).

Un contemporizador escoltado por dos hombres físicos capaces de sumarse a la segundas jugadas en la frontal, dentro de un sistema que siga abrazando a sus extremos como futbolistas clave para la generación de ocasiones -no siempre de la calidad deseable- en el uno para uno y que despliegue a sus laterales (otro déficit del plantel del Inter). No para ganar efectivos a ataques posicionales -escasos en el fútbol de Pioli-, sino para sumar alternativas de nervio, presencia y profundidad en un equipo que seguirá ahondando, salvo sorpresa mayúscula, en su ademán ya habitual de llevar el balón hacia las bandas como vía más que principal.

Pioli se reencontrá en Milán con un futbolista que encarna a la perfección este escenario: Antonio Candreva. Un hombre de banda con una sobresaliente capacidad para activarse, para desbordar y para ser un azote permanente tanto en el centro desde línea de fondo como con el disparo lejano, que tiene mucho que ofrecer con su presencia en cada transición, pero que puede convertir a su equipo en un maremágnum de agitación y malas finalizaciones si se erige como principal bastión ofensivo en acciones individuales.

Hay, pese a todo, una clara diferenciación positiva con la que esta vez Pioli sí contará para paliar uno de los grandes hándicaps que se encontró en su último fallido año en Roma. Tiene un nueve contrastado en el cénit de su carrera, capaz de transformar en peligro y goles todo el habitual flujo vertical y por los costados de sus equipos: Icardi. La única certeza del equipo y el único futbolista que ha demostrado sobre el terreno de juego la mentalidad, la constancia y la agresividad siempre necesarias pese a sus devaneos fuera del campo, además de una capacidad de rendimiento por encima de disposiciones tácticas.

Al Inter le faltan muchas cosas, entre ellas una mínima capacidad de presión elevada para el robo (¿Kondogbia en modo Nainggolan?), juego entre líneas en tres cuartos de cancha (¿Joao Mario con peso ofensivo por dentro?) y sistema y nombres que le hagan sacar con soltura la pelota jugada desde atrás (¿Banega de regista?). Lo que demuestra que la sinergia entre el centro del campo y las líneas anterior y posterior es uno de los grandes males sin resolución hasta el momento, a lo que se suma una disposición posicional tambaleante, un ritmo guadianesco y dudas permanentes a la hora de ser un bloque bajo y sólido o de intentar, en cambio, estar siempre presente en campo contrario y también de reajustar balances con el partido en curso. Aspectos que podrían a llevar al nuevo técnico nerazzurro a trabajar también durante el parón de selecciones con un 4-2-3-1 menos riesgoso antes de encarar su debut oficial que será nada más y nada menos que en el derby della Madonnina, como ya lo hiciese Mancini hace justamente dos años.

Y a la espera de la anhelada llegada del nuevo Mourinho redentor que recupere el clásico gen competitivo del último gran Inter, Pioli no parece el entrenador más idóneo para asumir la construcción de una identidad de juego que asuma la pelota como parte indispensable de su capacidad de mando sobre los partidos, pero está a medio camino entre la línea de puro orden de Mancini y la intención interrumpida de la nueva propiedad de buscar el espectáculo a través del juego de alto standing y precisión que representaba de Boer a su llegada, pese a que el exentrenador laziale es un técnico de vocación ofensiva innegable.

Su nuevo Inter es un equipo en estado de emergencia, sin tiempo para nuevas probaturas, sin paciencia y de carácter ciclotímico. Lo más conveniente a estas alturas de la temporada sería poner fin a la búsqueda infructuosa de la asociación exquisita del holandés como método de avance progresivo y hacer de los nerazzurri un conjunto más pragmático -mucho más de lo que lo fue la última Lazio de Pioli-, que explote la salida vertical a través de sus extremos (pilares) como método de producción de ocasiones y que mantenga un ritmo ofensivo alto -al nivel de la última Lazio de Pioli-, pero que a su vez consiga hallar por fin un tinte colectivo en todos sus movimientos, que no sufra corriendo hacia atrás y que saque el máximo partido individual a cada uno de los miembros de la que es -no hay que olvidarlo- una de los mejores plantillas, nombre por nombre, de la actual Serie A.

Erigir, de una vez por todas, un sistema de juego que palíe los defectos y exalte las virtudes de sus jugadores. Con eso, empezar a ganar partidos hasta volver a situarse en las inmediaciones de los puestos de acceso a Europa League –francamente insuficientes para las ambiciones e inversiones del club- no debería ser un gran problema para un Stefano Pioli que afronta en el peor momento posible el reto de mayor altura de su trayectoria. Pero esto es el Inter. Y puede pasar de todo. Y últimamente, todo es una vorágine de caos, malas decisiones y peores resultados. Una cosa es segura: tiene trabajo.

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