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Peter Sagan, el ayuno de la bestia

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Nueve meses sin alzar los brazos. Podría ser un tiempo aceptable para muchos otros ciclistas, en un deporte en el que tantas veces hay que sacrificarse por el compañero y la mayoría apenas cuentan con un puñado de triunfos en su carrera, o ni siquiera eso. No lo es, en cambio, para un ciclista de categoría ya demostrada en los últimos años como Peter Sagan.

Siempre aspirante a todo, en cualquier terreno. Sprints numerosos, reducidos, en carreras de desgaste, rompepiernas, muros, pavés, media montaña, al ataque o al contraataque, cuesta arriba o en descenso, incluso en cortas contrarrelojes. El despliegue de Peter Sagan en el último lustro le ha convertido en uno de los ciclistas más completos del pelotón.

Se le vio venir desde el no tan lejano invierno del año 2010, cuando un eslovaco de 20 años recién cumplidos con el maillot del Liquigas conseguía dos fantásticos triunfos en esa edición de la París-Niza. Desde entonces han llegado otros 62 triunfos: las tres de la Vuelta 2011, otras tres en el Tour 2012 –más una en el Tour 2013-, nueve en su predilecto Tour de Suiza y más todavía, once, en California, entre otras muchas carreras.

Por si fuera poco, su actitud desenfadada, su tendencia a no esconderse, su ambición y también sus acrobacias con la bicicleta y su cercanía le han granjeado la amabilidad de los espectadores. Las carreras en las que participa siempre tienen un aliciente más por su presencia. Un ciclista carismático como pocos.

Sin embargo, parece que la presión, el estar siempre señalado, ha podido en parte con él. De este modo, en especial a la hora de resolver carreras, cada vez se ha mostrado menos acertado con el paso de los meses. Todos le vigilan y le conocen, él lo siente y, no puede evitarlo, le afecta.

 

En las clásicas está su gran debe. Pese a sus enormes condiciones todavía no ha ganado ningún Monumento. Solo puestos de prestigio en Flandes (2º), Sanremo (2º y 4º) o Roubaix (6º) y nunca ha terminado en Lombardía ni participado en Lieja. En las clásicas del norte, solo dos triunfos, su exhibición en Gent-Wevelgem 2013 y el año pasado en Harelbeke. Demasiado poco para un ciclista de su nivel.

Durante el pasado Tour de Francia acostumbró a mostrar una imagen que se convirtió en característica. Peter Sagan, jornada tras jornada, subiendo al pódium para recoger el que sería su tercer maillot verde de la regularidad en la carrera, pero con un rictus serio y contrariado. El eslovaco consiguió hasta nueve resultados de Top-5 en las etapas, once Top-10 en total sin ganar nunca.

Frustrante. La bestia ha sido incapaz de ganar desde el pasado mes de junio en Suiza, amén del campeonato eslovaco, hasta este 16 de marzo en Tirreno-Adriatico, otra carrera en la que ha triunfado siempre desde hace cuatro años. Un sprint en un pelotón reducido, sin grandes rivales bajo la lluvia de Porto Sant’Elpidio, pero que al menos pone fin al ayuno, sobre el papel estadístico.

Sin embargo, su verdadero ayuno debería terminar en las próximas semanas, en las clásicas de primavera. Desde Sanremo a Roubaix, las posibilidades de Sagan, como sus habilidades, son múltiples. Hasta ahora, en sus cinco años de carrera –todavía tiene 25- se le han resistido. La madurez de Sagan llegará con un triunfo, por fin, en un Monumento. En Tinkoff, su nuevo equipo desde este año, lo tienen todo preparado para que así sea.

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