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Pete Maravich, el ángel caído

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Con Pete Maravich el baloncesto encontró su propia postmodernidad. Nunca la buscó, también es cierto, pero apareció. Aquel muchacho de aspecto hippy, con una generosa melena que se regía por su propia física y un manejo del balón que anunciaba un desparpajo impropio de su época. Con la misma sutileza con la que amagaba el pase y soltaba el balón en dirección contraria, Peter Maravich dribló a la oscura época de los 70’ para infundir su luz sobre toda la galaxia baloncestística.

Los orígenes del mago los encontramos en Aliquippa, una diminuta localidad que forma parte de Pennsylvania. De sangre yugoslava, su padre, Press, se encontró con el baloncesto casi sin quererlo, gracias a una cancha que se encontraba en los aledaños de la Iglesia del pueblo. La única forma de subsistir en aquellos tiempos en Aliquippa era entregar tus pulmones y tu sufrimiento a la minería, en concreto, la del acero. Sus padres no querían esa vida para ninguno de sus cinco hijos, pero el único que puso empeño en evitar su cruel destino fue Press, que pasaba las horas y los días en aquella solitaria y salvadora cancha de baloncesto. Sus esfuerzos se vieron recompensados con una beca para la Universidad Davis and Elkins, en Virginia, donde Press acumuló un sinfín de grandes dígitos y se granjeó varias estancias por la NBL y la BAA, antecedentes de la NBA. El padre del mito abandonó su vida como jugador para obtener el merecido reconocimiento desde los banquillos, donde cinceló la mayor de sus obras: su hijo Pete.

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Pete, que nació el 22 de junio de 1947, mamó del baloncesto junto a su padre desde sus primeros pasos. Cuando Press cogió las riendas de un pequeño equipo del sur de Carolina, Pete aprovechaba los partidos que el equipo de su padre jugaba como visitante para quedarse entrenando hasta el anochecer. Un entrenamiento metódico, disciplinado y autodidacta mediante el cual consiguió unas habilidades casi inexistentes en el baloncesto de su época. A pesar de entrar a formar parte de la plantilla del Daniel High School, la obsesión del joven Pete por el baloncesto continuó en sesiones nocturnas de bote a oscuras, todo con el objetivo final de pulir su técnica hasta ser el mejor.

Mientras su padre iba ganando prestigio en los banquillos, hasta llegar a entrenar en la Universidad de North Carolina State, Pete continuó maravillando en el Broughton High School, donde descuidó sus estudios pero encontró el beneplácito de su padre, quien respaldó su carrera por encima de sus conocimientos. Pistol, apodo que se ganó gracias a su manera de sacar el balón desde sus caderas cuando se disponía a lanzar, simulando desenfundar un revólver, tuvo que renunciar a una beca en West Virginia porque su padre encontró trabajo en el banquillo de la Universidad de Lousiana State, obligando a su hijo a acompañarlo en el viaje (como jugador, se entiende), renunciando a jugar en una cancha de más prestigio. Su edad le obligó a pasar un primer año fuera del primer equipo de Lousiana, pero le sirvió para maravillar a todo un estado. Con partidos que sobrepasaban los 40 puntos en innumerables ocasiones y un récord de victorias/derrotas casi perfecto, Pete ya estaba preparado para deslumbrar con los Tigers.

No pueden imaginar lo que hizo Maravich en Louisiana. Nadie, ni el mejor de todos los tiempos o cualquier otro nombre que le pueda a usted pasar por la cabeza pudo igualar los registros de Pete. Un ser superior. Sus medias de puntos en cada uno de los tres cursos universitarios superaron los 40 tantos, siendo distinguido con todo tipo de galardones individuales y recibiendo los elogios de todo un país. Desde Nixon a cada hotel donde los Tigers se alojaban, la gente se deshacía a su paso, era el juguete nuevo y reluciente de América.

Pete ‘Pistol’ Maravich en su época como jugador de Atlanta Hawks | Getty

Pero el melenudo se hizo mayor, y llegó el momento de dar el paso hacia la NBA. Los Atlanta Hawks lo eligieron como número tres del Draft de 1970, y el astro puso rumbo a Georgia. La cosa no funcionó, los celos por el contrato astronómico del imberbe fueron importantes y ni el equipo ni Pete dieron el resultado esperado y, en 1974, los Hawks decidieron darle boleto y puso rumbo en dirección a New Orleans, donde una recién nacida franquicia estaba deseosa de contar con una estrella de semejante calibre para empezar a coger sitio entre la constelación de estrellas de la mejor liga del mundo.

Con todo preparado para una nueva y excitante etapa, Helen, madre del muchacho, se suicidó en octubre de 1974, dejando así a Pete en una vorágine de alcohol, depresión y pocas ganas de vivir. Pero, como lo único que es cierto e indiscutible en esta vida es que el sol sale cada mañana, Pete decidió pasar página la temporada siguiente, volviendo a sus saludables hábitos de antaño y a su mágico baloncesto. ¿Influyó que se casará con Jackie, su novia de toda la vida? Es posible, la estabilidad emocional en alguien tan visceral como Maravich se antojaba fundamental.

En la cima de su carrera, convertido en un acontecimiento único en el baloncesto, Pete se dispuso a llevar a los Jazz a la lucha por el título. Fueron años gloriosos cosechando hitos, como los 68 puntos que le hizo a los Knicks o cada una de las jugadas que inventaba, más propias de la magia literaria que de un deporte aún demasiado rudimentario. A pesar de haber abrazado por completo la vida vegetariana, Pistol seguía obsesionado con la vida más allá de nuestro planeta, y no, no era el tipo de acontecimiento interplanetario que describe Guillermo Giménez cada vez que Stephen Curry coge la naranja. Sin embargo, una lesión grave de rodilla en un partido contra los Buffalo Braves cercenó su gloriosa carrera de manera cruel y antes de tiempo.

Volvió a jugar con los Jazz, pero su luz ya no era sino una bombilla intermitente, capaz de alumbrar un pabellón entero durante minutos y resignada a apagarse durante mucho tiempo. Los Celtics lo rescataron del olvido en un desesperado intento de resucitar al melenudo, pero fue en vano, la última intentona fue aplacada por los dominantes 76ers. Su cuerpo había tomado la decisión de dejar el baloncesto mucho antes que su mente, y así, con 33 años de edad, decidió poner punto y final a su carrera baloncestística.

Su particular martes negro se alargó durante un par de años, donde no veía la luz al final del camino y ni su vida familiar ni el reconocimiento público le hizo alcanzar la felicidad plena que añoraba en sueños. La idea del suicidio llegó a pasarle por la cabeza como un tren que descarrila y arrasa con todo a su paso, pero consiguió ponerle remedio antes de llegar a poner en práctica la tragedia en su máxima expresión. Dio un giro de 180 grados a su vida, y volvió a estar en contacto con el baloncesto mediante campus e historias siempre relacionadas con el deporte.

Ni siquiera la muerte de su padre producto de un cáncer parecía alejarle del estado zen en el que se encontraba su mente. Pero la desgracia jamás le abandonó y, aquel 5 de enero de 1988, su corazón dejó de funcionar en medio de un partidillo amistoso que organizó James Dobson, haciendo que el cuerpo de Pete se desplomase sobre el parqué y las pupilas de sus ojos se volvieran de un color blanco tan terrorífico como inesperado. No pudieron hacer nada por él. Con sólo 40 años de edad, Pete Maravich dejaba este mundo para ocupar su butaca en la eternidad baloncestística. Con él nació una raza diferente de jugadores, la de unos magos que, lejos de buscar la gloria personal, deleitaron al público con sus diabluras desconocidas y pusieron el poso sobre el que el show time edificó su grandeza.

No lloraremos por ti, Pistol, porque sólo el olvido mata de verdad.

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