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Papá, quiero ser del Atleti

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Miguel Calvo | Les reconozco que hace dos años, durante la final de Lisboa, toqué fondo como padre.
Casualidades del calendario, aquel fin de semana me quedé a cargo de la casa con dos niñas a bordo, de casi cuatro y dos años respectivamente. Así que, aquella tarde de sábado, con las pequeñas bien cenadas, tuve que decretar el estado festivo de excepción y que cada uno hiciese lo que quisiera, jugase a lo que le viniese en gana o se acostase cuando mejor le pareciera. Toda una fiesta para las niñas, libres de horarios y de padres. Pero sé que me comprenderán, pues qué otra solución podía haber tomado teniendo en cuenta la hora del partido y tratándose de un derbi histórico disfrazado de final de Copa de Europa. Quién iba a imaginar que alguna vez podría volver a repetirse algo así.

Allá por el minuto noventa y tres de aquella noche de mayo, cuando celebraba de pie sobre el sofá el gol de Ramos, las dos pequeñas ya dormían tranquilas sobre sus camas, ajenas a gritos y celebraciones.
A la mañana siguiente, frente al televisor en el que se repetían las imágenes de los desolados aficionados rojiblancos, mi hija mayor, con la curiosidad de sus tres años, me preguntó: “Papá, ¿por qué lloran esos señores?” Enseguida le expliqué como pude que estaban muy tristes porque habían perdido, pero su contestación me dejó reflexionando todo el domingo: “Pues entonces yo quiero ser del Atleti”.

Desde entonces, los meses han ido pasando rápidamente. Las niñas han seguido creciendo, tan felices, y nosotros con ellas. Y mientras, mi cabeza sigue luchando desde hace años contra esa extraña sensación en la que, en medio de todo lo que representa el fútbol moderno, no terminas de sentirte identificado con la deriva que ha tomado la gestión de tu equipo, pero con la certeza de que, como escribiese Eduardo Galeano, “en su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”.

De repente, cambiando Lisboa por Milán, el tiempo nos ha vuelto a poner en la misma situación que hace dos años y de nuevo, cada uno fiel a su historia, el resultado ha vuelto a ser el mismo.

Mi hija mayor sigue diciendo que es del Atlético de Madrid y, desde la bendita madurez de sus cinco años, seguimos encerrados en conversaciones y explicaciones. Ella, con esa mirada extraña, echa un lío viéndome aplaudir de nuevo algo que no la convence, luchando todavía con esa ingenuidad de que cómo es posible que algo que dice o hace su padre pueda estar equivocado. Yo, midiendo cada palabra para no influir en interminables conversaciones sobre buenos y malos, intentando explicar que, ante la misma situación, uno puede aplaudir a unos y otro a otros y que, lejos de dogmas, la vida no es como los cuentos y que el bueno y el malo sólo dependen del prisma con el que mire cada uno.

Pero a través del brillo de sus ojos, y aunque todavía ella no sea consciente, sé que su corazón ya ha tomado la decisión de que, si esto tiene que ser así, ella estará con los que han perdido.

Llegados a este punto, quizás podría hacer aquí un ensayo de la derrota, o buscar miles de símiles literarios para explicar la historia y el verdadero sentimiento del Atleti, siempre tan novelesco. Pero prefiero recordar las palabras de mi amigo Javi, que a menudo me recuerda que ser del Real Madrid es muy fácil.

Sé que, desde la rivalidad de su corazón colchonero, a mi amigo se le escapa lo maravilloso que es también ser de un equipo con la historia y la genética del Madrid, tal y como muchos de nosotros tuvimos la suerte que nos enseñaran nuestros abuelos.

Pero en el fondo, una parte de mí les tiene mucha envidia a mi querido amigo y a mi hija: ese profundo sentimiento rojiblanco es el que te elige y, si te toca, te acompañará siempre, más fuerte aún en la derrota, donde nace esa sensación de saber que algún día volverás y dónde vive la esperanza de que, mientras no dejas de aplaudir, lo mejor está por llegar.

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