Baloncesto

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Pablo Prigioni, un ‘te quiero’ sin voz

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Como la noche atrapa el sueño, lo inerte se simboliza en el sentir de lo insignificante. Y en nombre de todos aquellos que sentimos que esta pasión (el baloncesto) simboliza la mayor grandeza de ‘lo insignificante’, te debo un agradecimiento y una disculpa, Pablo. Con el corazón (y el valor empírico que otorga el recuerdo) en la mano, te acuso con impunidad de soñador. Tu sueño reflejado en la cancha deslumbró, hipnotizó y, sobre todo, innovó.

Toda una odisea envuelta por el fresco aroma del parqué, ensordecida por los vítores. Un alma consagrada en la cúspide del baloncesto, en las entrañas de la competitividad. Una persona plenamente divinizada por innumerables cantares de gesta que, una vez miramos atrás, son innegables.

Inimaginable es asociar a tu persona el único término de ‘baloncestista’ para relatar tus innumerables hazañas. Eres pasión, ilusión, liderazgo, buen hacer, inteligencia y, sobre todo, innovación. Un siglo XXI sin tu magia jamás habría sido posible. Y a día de hoy (en pleno 2017), sigo buscando explicación para lo inexplicable de tu pick & roll. Una simple jugada, un mar oculto tras ella que simboliza la cúspide que has alcanzado. ¿Brebaje oculto? ¿Brujería tal vez? No lo creo. Sencillamente el truco estaba en tu cabeza y, por qué no, en tu corazón.

Daría para días el relato de tu longeva (y exitosa) carrera, luego quedémonos con el valor del recuerdo. Lo inconmensurable de la remembranza. Bajo mi concepción de aquello que conozco por vida, esta se mide en las veces que alguien (o algo) te deja sin aliento. Arrebato todo privilegio al caprichoso tiempo.

Fuenlabrada, 1999. Allí nos deslumbraste, por primera vez. Lucías un soberbio conocimiento de los códigos no escritos y una siempre presente picardía que te acompañaría el resto de tu carrera. Rápidamente, nos mostraste que no estábamos frente a un jugador común. La edad no es más que un número, maldito si me lo permitís. Un veterano se hallaba oculto bajo el más juvenil rostro de un soñador, argentino. Bendita Argentina. De por siempre, los deportistas argentinos tienen ese gen competitivo que disimula sus flaquezas y acentúa de sobremanera sus virtudes. Se inculcan valores que agrandan la esencia del individuo. Escuela formativa destinataria de la historia.

Tras esto, tu querido Baskonia. Su época dorada, su legado. Cuantiosos títulos, un MVP promovido por tu liderazgo y lectura de juego, una afición entregada y un país que necesitaba de aquel golpe de autoridad. El bipartidismo azota (de por siempre) a nuestra España. No es nada nuevo, sabéis de lo que hablo. Héroes enmascarados bajo la esencia de humildes guerreros devuelven a nuestro monótono existir la ilusión que simboliza el libre albedrío deportivo. Al igual que David venció a Goliat, los colosos de este nuestro baloncesto sucumbieron ante tu varita y nuestro Baskonia. Efímero, pero reconfortante. Devolvisteis al deporte español su pureza.

Rookie con 35 años en la mejor liga del planeta. Cuéntanos cómo, señor. El trasfondo de todo esto es que, al fin y al cabo, un niño se oculta tras la perfección de tu informática. Así es, emulo al gran Andrés Montes y a nuestro querido John Stockton y su ‘informática’. Siempre a nuestro servicio. Tras este breve pero necesario salto temporal (y temático), regreso. La pasión mueve el mundo, tu sed de gloria jamás fue contentada. Constancia y sueño. Así naciste, creciste y te marchitaste. Luchador hasta el último aliento de tu glorificada persona. Esa Meca baloncestística que simboliza el Madison fue testigo. Houston y Los Ángeles, también. Todo escenario se asemeja minúsculo ante la grandeza que te caracteriza.

Y por qué no, volvamos a nuestra querida Argentina. Ese pacto oculto con la gradería. Incansables, insaciables. Respeto mutuo me gusta denominarlo. En la cancha, ningún reproche. La sensación era clara, Argentina siempre jugaba con ventaja a tus mandos. ‘Houdini’ (Manu) a tu derecha, Scola mutado por tu pick & roll al frente, Delfino y su inexplicable talento a tu izquierda, Nocioni y su corazón siempre atentos, omnipresentes en el devenir del juego. Los no nombrados jamás serán olvidados, que conste. Un arsenal inmenso de caricias transoceánicas a cargo de la albiceleste. Inmutable por el paso del tiempo, pues su único fin es el del recuerdo. Argentina es mucho más que sus condecoraciones en forma de medalla o sus heroicos triunfos frente a la todopoderosa selección estadounidense. Como bien digo, es un tema que sobrepasa al baloncesto.

Te quiero a gritos. Gritos para oídos sordos empleados por un mudo. Gritos sin voz que hablan de por sí, que verifican sin quererlo que, en ocasiones, un jugador es mucho más que sus victorias y derrotas, que sus conquistas y sinsabores. Es pasión, desaliento y, sobre todo, legado. Legado que trascenderá de época, lugar y trasfondo.

Porque el baloncesto es mucho más que baloncesto, y hay personas que en ocasiones nos lo muestran con creces. Es sacrificio, pasión, honor, libertad y arte engrandecido. Así lo has sentido, así lo hemos vivido en tercera persona.

Gracias por el regalo, y perdón por reclamar tu inmortalidad. La muerte (con su correspondiente guadaña) llamó a tu puerta, y muy a nuestro pesar, accediste a acompañarla hacia lo oscuro, hacia lo inerte. Cero reproches. Como las grandes historias, este Pablo Prigioni no morirá.

 

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