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Laso, Guardiola y la infinita superioridad insuficiente

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Sabéis esa sensación cuando un ser querido parte, aprovechando la oportunidad de su vida, muy lejos de ti para trabajar o estudiar por ejemplo y lloras. O al menos deseas hacerlo. Aunque eres consciente de que será muy feliz allí, pero te duele el alma su marcha como si hubiera sido atravesada por una daga. Un contexto aplicable a muchas situaciones de la vida, entre ellas el deporte.

El Real Madrid de Pablo Laso caía dignamente en semifinales ante un Fenerbache envalentonado por más de 10.000 gargantas exhortadas con el ansia que solo una Copa de Europa es capaz de producir. Y sus aficionados tristes, defraudados, sin ser realmente lúcido con todo lo conseguido. Un conjunto merengue que honra al baloncesto. Un grupo de chavales jóvenes cuyo compadreo se proyecta en el parqué y cuya calidad desmesurada nos regala tardes de baloncesto a la par que arrasa a sus rivales cual impacto del cachalote blanco sobre el ballenero Pequod en la famosa novela de Herman Melville. Sin poder hacer nada.

Un grupo de artistas de la pelota naranja acostumbrados a hacer cotidiano lo singular, sin darse cuenta, pues simplemente se mueven por el mero placer de jugar. Y ganar. Una imparable brisa de aire que brota de la batuta del mejor compositor del país para deleitar a sus aficionados cada domingo en un teatro con nombre de entidad financiera. Un grupo que desde 2011 acostumbra a ganar, a dominar, a machacar pero que deja la terrible sensación de que cada temporada que no lo gane todo, absolutamente todo, será un año perdido de un ciclo irrepetible que extrañarán cuando se extinga. Porque lo único inexorablemente rotundo en esta vida es el paso del tiempo.

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Mientras trataba de calificar la triste e indeseada hazaña de no ganarlo todo siendo inmensamente superior a sus adversarios me venía a la mente otro grupo, también privilegiado, también capaz de cotidianizar lo extraordinario y consumir a sus rivales hasta permitir que lo único que pudieran disfrutar sus haters sean sus derrotas. Incluso más que sus propios triunfos. Sintiendo que son muy inferiores. Y esa es la mayor de las victorias. La más categórica.

El ciclo de Pep Guardiola en el Barça tan solo duró cuatro temporadas con un balance de tres ligas, dos Champions y un año en el que lo ganó todo (2009). Pero lo más imponente es la forma en cómo lo hizo, cómo hacía empequeñecer a sus rivales y abrumar a todo espectador haciéndolo pensar cómo demonios era posible jugar tan bien. Permitiendo que rabien de envidia. Esta es la sexta temporada de Pablo Laso como dueño de la pizarra blanca y ha conquistado tres ligas, una Copa de Europa y cinco Copas del Rey (cuatro consecutivas) con un año en el que lo conquistó todo (2015).

El Barça sigue ganando pero no es lo mismo; no es la misma frecuencia, Pep no está, Leo ha perdido a Xavi, en breve a Andrés, y sobre todo el juego dista en años luz del otrora envidiado en el viejo continente. Un día Pablo no estará, Llull ya ha perdido al Chapu, en breve se irá Felipe y ganarán, pero no será lo mismo. Algún día miraremos hacia atrás para comprobar todo lo ganado, embelesarse con los vídeos y pellizcarse, preguntándonos cómo era posible que estos super equipos, que parecían los Monstars, amados y odiados a partes iguales, fueran reales. Y cómo es posible que no lo ganasen absolutamente todo cada año siendo infinitamente tan superiores. De los ojos de sus aficionados brotarán lágrimas nostálgicas y arrepentidas por cada mala palabra dedicada y cada lisonja no realizada. Porque son historia del deporte.

 

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