Tenis

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Olores cercanos: arranca la temporada de tierra batida

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La brisa acaricia el polvo de arcilla con misma ternura de una madre a su primogénito. Corretean las minúsculas partículas de tierra libres como las gaviotas oteando el azul añil que tinta el paisaje. Los árboles cimbrean con la alegría provocada por un viento que adviene para dar la bienvenida a un abril que, ahora sí, se tiñe de rojizo.

La primavera se funde con un incipiente verano que no termina de arrancar. Huele a arcilla mojada (¡Qué olor único para los que amamos el tenis!). Las pisadas dejan una huella rememorando la historia que viene a escribirse en la siguiente. El blanco dura dos golpes porque los calcetines no quieren desprenderse de la magia de una superficie en la que se saborea con el paladar experimentado de gestas a la antigua.

Montecarlo abre la veda. El Principado inaugura un periodo del año en el que pasear cerca de cualquier pista de tenis insta a coger una raqueta. Es un automatismo. Son las ganas irrefrenables por dejar las líneas de la pista cubiertas de coraje y agonía y el bote de la bola al otro lado en una marca perfecta y clara sin necesidad de ojo de halcón.

Es el contraste de alturas, de paisajes, de ciudades en las que las chaquetas van quedando de lado para recibir a las mejores espadas, prestas para degustar el fervor que desatan en medio de un clima con un calor in crescendo que deja un escalofrío con golpes para el eterno recuerdo.

Bendita tierra. Roja, verde o incluso azul. Da igual. El tenis se ha escrito en letras de oro contigo. España bien lo sabe. Suiza y Serbia también; aunque es algo casi incomparable matemáticamente.

Hay olores que traen recuerdos. Es cerrar los ojos y verlos nítidamente. Es la conexión increíble entre dos sentidos cercanos. Porque hay sentimientos que solo pueden explicarse si se huelen.

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