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Oliver Giroud y la poesía llevada al clímax

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El fútbol es poesía. Preciosa poesía, recitada en un gran escenario, con un gran público, de la forma más bella posible. El pase, la filigrana e incluso la segada, son muchas veces portavoces de esa mágica y agradable poesía que es el fútbol. Pero hay algo, un factor diferencial que, con todavía más fuerza que los otros portavoces, sugiere el clímax de la poesía, el punto máximo. Ese factor es el gol, el tan buscado, y querido gol.

Todo jugador sueña muchas veces con tener el honor de llegar a expresar y crear ese clímax, esa cúspide, ese momento mágico. No todos los goles son ese factor decisivo, igual que no todas las abejas son reinas. Para que un gol tenga esa magia, tiene que ser sencillamente perfecto: suave, rápido, potente o colocado, pero perfecto.

A veces, ese gol se fabrica poco a poco, a veces es espontáneo, ya saben que el gol es imprevisible, cada gol es diferente, quizás sea eso lo que le dé sentido al fútbol, nada se ve venir.

Oliver Giroud, el jugador francés del Arsenal, consiguió alcanzar y llevar a todos los espectadores imaginables ese momento clímax, ese momento que da el sentido a la poesía, que da sentido al fútbol.

Como todo espectáculo, esa preciosa poesía que es el fútbol, esa cúspide, tiene un buen telonero. Un telonero que en el caso de Giroud, fue él mismo.

El Arsenal jugó dos  partidos en la misma semana. El torneo se encuentra en un tramo en el que no se pueden perdonar puntos, ya que la clasificación se encuentra muy apretada, y la diferencia de puntos es mínima.

El primer partido funcionó como telonero de lo que se venía. Con un partido bastante roto, en el que el Arsenal no paró de tirar a puerta ante un flojo e indefenso West Brom, teniendo un 76% de posesión.

Se abrían los telones y llegaba lo que sería el telonero, Giroud anotaba en el minuto 87 y daba la victoria a su equipo. Un gol de cabeza totalmente decisivo e importante. La gente estallaba en el Emirates Stadium, la gente ya estaba caliente y activa para lo que se venía, aquello era poesía que aún no conocía el clímax, aquello era público que aún no sabía lo que iba a pasar, pero es que el autor tampoco lo sabía, eso es lo que hace mágica a la poesía que es el fútbol.

Se hizo la pausa, terminó el partido, se cerraban los telones, tardarían en abrirse, porque lo que venía era algo grande, y todo tenía que estar preparado. Los telones se volvieron a abrir el domingo, otra vez en el Emirates, la gente, el público estaba ansioso.

El Arsenal se enfrentaba al Crystal Palace, y todo estaba listo. Empezaba a rodar el balón e iniciaba la poesía paralelamente, el público, encantado sonreía y animaba. Fue en el minuto 17 cuando el autor, Giroud, de forma totalmente espontanea hizo que todo se parara, Alexis le puso el balón algo atrás dentro del área, y entonces, como los mejores puntos máximos, como los mejores clímax, surgió totalmente solo, todo estaba parado, la gente borraba la sonrisa, cambiándola por una mueca de sorpresa. Giroud, amo del tempo, convertido en poeta en ese preciso momento, levantó la pierna suavemente, empujando el balón con delicadeza en forma de espuela, de espaldas, aquello era un claro escorpión. El balón entró porque tenía que entrar, porque el clímax es mágico y cuando tiene que surgir, surge, y no hay más. Como un sueño genial del que no despiertas, como sentir en tu paladar tu sabor preferido, como el dulce más agradable y menos amargo, como aquel abrazo de tu madre que tan seguro te hace sentir, así de agradable fue aquel momento, en el que el fútbol coge sentido, y hace llorar, hace gritar, hace sentir.

Yo sentí ese momento después de que Xavi, mi amigo, me enviara el enlace de aquel video portador de clímax, portador de poesía, un video que repetí tantas veces que no recuerdo si me dio la hora de comer, porque si tanto me hizo sentir ese momento cúspide a través de una pantalla, no me quiero imaginar lo que sintieron aquellos afortunados que estuvieron en aquel escenario, delante de aquellos telones abiertos de par en par, en ese Emirates Stadium que ese día fue casa y hogar de la más dulce poesía.

Esa mágica sensación que es el gol, ese clímax inexplicable.

Poesía.

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