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Obligación contra ilusión

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La Copa Davis es una competición que, por muchos que a los románticos del tenis les pese, está en clara decadencia. La gran mayoría de jugadores ‘top’ únicamente participan en las eliminatorias de su país en rondas finales para no desaprovechar las pocas semanas de descanso que deja el sobrecargado calendario ATP y eso hace que, en varias ocasiones en la última década, se hayan producido finales de la Davis con ‘outsiders’ con los que nadie contaba.

Tras una edición de 2016 que tuvo en su final un claro duelo de campeones de Grand Slam entre Marin Cilic y Juan Martín del Potro, cuyo épico desenlace entregó la primera Ensaladera a Argentina, en noviembre de 2017 se cruzarán dos países con trayectorias totalmente opuestas. La obligación de Francia, una auténtica potencia mundial, de conseguir un título que se le resiste desde 2017, y la ilusión de Bélgica, un país con poca tradición de tenis masculino -tuvo dos grandes estrellas femeninas a principios de siglo: Henin y Clijsters-, que busca su primera corona, tras perder la final hace dos temporadas.

En el caso de la Francia de Yannick Noah, da la sensación de que puede ser ahora o nunca. Literalmente. Ha vivido en los últimos años con la, posiblemente, mejor generación de su historia, pero, paradójicamente, no se ha llevado en ninguna ocasión el título. Llegó a varias finales, pero dos fueras de serie como Djokovic en 2010 y Federer en 2014 impidieron que el país galo consiguiera el que hubiera sido su décimo campeonato, igualando con Gran Bretaña en el tercer puesto histórico de la competición.

Desde 2001, tiempos de Nicolas Escudé, Sebastien Grosjean o Cedric Pioline, Francia ha experimentado un constante fracaso en la máxima competición por equipos del deporte de la raqueta. Muchos seleccionadores han pasado por ese puesto sin éxito hasta que ahora, Yannick Noah, el tenista francés con más carisma de la era moderna y último campeón de Grand Slam de dicho país, ha tomado las riendas y parece ser el destinado a romper con la maldición.

Son 16 años sin ganar. Muchos. Y, encima, con un plantel tan competitivo como el que han mostrado estos años jugadores de la talla de Jo-Wilfried Tsonga, Richard Gasquet, Gilles Simon, Gael Monfils o, más recientemente, Lucas Pouille. Todos ellos top-15 en algún momento, todos ellos habiendo jugado cuartos de final de Grand Slam. Una plantilla con una profundidad espectacular que siempre fue frenada por la España de Nadal, la Serbia de Djokovic o, especialmente, la Suiza de Federer, que les derrotó en 2014, en una final en territorio francés y pese a que utilizaran la arcilla como medida ‘anti-Roger’.

Cierto es que ahora no tienen a ninguno de estos rivales enfrente, pero tampoco tienen a sus jugadores tan enchufados como entonces. Simon ha realizado una temporada que parece indicar un declive definitivo, Gasquet sigue lastrado por las lesiones y ha llegado a jugar incluso algún torneo Challenger, Monfils no ha podido repetir su brillante temporada 2016, y únicamente Tsonga y Pouille han conseguido ciertos resultados. Eso sí, con muchísima irregularidad. El veterano Tsonga arrancó como un tiro el año, pero desde marzo apenas ha hecho mucho ruido, y Pouille no está dando continuidad a su año de explosión, ocurrido en 2016.

Y si para Francia sólo vale ganar y cualquier derrota, fuese como fuese, es un fracaso, para la Bélgica de David Goffin es todo lo contrario. Es un conjunto que nunca ha ganado la Copa Davis y que sólo tiene dos finales en su historial, ambas perdidas ante Gran Bretaña y con un siglo de distancia entre ambas (1904 y 2015). Como hace dos años, no parten como favoritos, pero su líder, Goffin, tiene más experiencia, y no tienen a un gran campeón como Murray como rival.

El conjunto belga es un equipo en el que, a diferencia del de Francia, cada jugador tiene claro su rol y cumple a la perfección con él. Goffin, jugador consolidado en el top-15 y que ya ha estado entre las diez mejores raquetas en alguna semana, es el indiscutible líder del equipo, con una victoria de prestigio ante Kyrgios en las semifinales de esta competición como aval de confianza tras algunos meses de lesiones. Además, está secundado por un ‘jugador Copa Davis’ como Steve Darcis, infalible en partidos decisivos tanto en las semifinales como en el choque de cuartos ante Alemania.

Esta final, que se disputará en suelo francés a finales del próximo mes de noviembre, será un choque de objetivos. A Francia sólo le vale ganar, conscientes de que, viendo el panorama del circuito ATP en estos momentos, sea la última oportunidad de esta generación de ganar una Davis, mientras que Bélgica puede sentir la calma de que Goffin apenas tiene 26 años y, aunque es complicado, no es descartable que vuelva a estar en una situación similar. Una final bonita por todos estos condicionantes. A dignificar la competición.

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