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Nos lo merecemos, que diría Míchel

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Manu Mañero“Me lo merezco, me lo merezco”, gritaba Míchel corriendo por la banda del Friuli de Udine en junio de 1990, tras marcarse tres goles como tres superlunas ante Corea del Sur. Es el mismo protagonista que dejó su nombre grabado en el último España-Brasil oficial, disputado en  el Mundial anterior (1986), con un disparo seco que entró tras dar en el larguero, pero que esquivó, como lo haría hoy, la fiabilidad del ojo humano y de su tecnología. Aunque pasara aquel a la eternidad como un partido importante o relevante dentro del conjunto de la historia de la selección, no fue más que el primero de un grupo en el que terminaron pasando los dos, la potencia grande y la pequeña, y que por cierto, resolvió Sócrates (que en paz descanse) para los por entonces todavía ‘tricampeones’ del mundo (faltaban las estrellas de 1994 y por supuesto, de 2002).

Recordando esta escena mitológica del fútbol de los mundiales, que define tan bien lo que era España por entonces –un resoplido de quieroynopudiesmo extremo-, nos hemos plantado en otro Brasil-España, en casa rival, que definirá al campeón de la Confederaciones 2013. Primero pasaron los de Scolari, esa novia con derecho a roce que siempre vuelve cuando se requiere un alivio, y después los de Del Bosque, que sudó como nunca ante los penaltis de los italianos, otra vez piedra en el camino, otra vez cordero con historia de lobo, y paradójicamente, correosos y complicados como no se les recordaba, bien instruidos y colocados por Prandelli, a quien muchos echan en cara que después no atinara con ese acierto en el plan ‘B’.

España, que sangró lágrimas durante muchos tramos del partido y cuyos jugadores ya se imaginaban, merced a un rebote o lo que fuera, subiendo fotos de sus vacaciones en las redes sociales antes de lo esperado, aguantó como una señora cincuentona de buen ver la prórroga e incluso pudo haber sentenciado ahí, como Italia, que se dio hasta el lujo de estrellar un balón en el palo después de enviar al tronco oportuno de Casillas dos a bocajarro que vistieron al portero de MVP, pese a que en los penaltis –el jefe final- fue derrotado a los puntos, pues sólo la fiabilidad de los lanzadores españoles (siete de siete) y el error sergioramosiano de Bonucci, que envió la pelota a la grada en una expresión de ruptura espaciotemporal, abrió la puerta de la final en Maracaná.

Traía a Míchel a escena porque, efectivamente, esta generación ‘merece’ un España-Brasil relevante. Los dos últimos, en 1990 y 1999, habían sido amistosos, y se habían resuelto con victoria española en Gijón y empate en Vigo, respectivamente. De los once que salieron ese último día, sólo sobrevive Raúl (que tiene ya 36 primaveras) a la competición, a falta de saber qué decide hacer con su vida Valerón. Aquella era una Brasil no demasiado refinada, aunque con Rivaldo, Roberto Carlos o Cafú en el once.

Y desde entonces, nada, ni un aproximamiento. Bien sea para desenmascarar a unos encumbrando a otros, para avalar retiradas, o sólo por hacer realidad el cansino rintintín que pedía un choque entre los amos del mundo de siempre y los amos del mundo del último lustro, apetece este Brasil-España que, curiosamente, puede colgar el muérdago en las puertas de las leyendas españolas en caso de vencer, o marcarles el camino a ligas exóticas en caso de caer. Lo cual, de paso, impulsaría a una Brasil amarillenta que no disgusta pero tampoco transmite, y que viene trazando en la última década el camino contrario. Son los trenes de Vigo y Murcia en los problemas de matemáticas de Primaria, que salen a la misma hora y se encontrarán, por fin, en Maracaná. Y en una final.

PD. Probablemente ésta sea la cita que exija más cintura en periodistas, jugadores, aficionados y entorno en general de España: si se cae, ni una sola mención a las juergas ni los medios brasileños. Estaríamos volviendo al gol fantasma de Míchel en Jalisco, cuando ser bueno era no ya ganar, sino simplemente dar la cara, ante los grandes.

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