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Noches europeas

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Miguel LOURENÇO PEREIRA | No hay fechas que brillen con más intensidad en el calendario que las que marcan las noches europeas. Esa aura tan particular nos lleva en un constante viaje por el tiempo mucho más allá de los años de la liga de los millones con todo su glamour. Los torneos entre los mayores equipos de Europa desde siempre fueron capaces de atrapar la imaginación de protagonistas y aficionados. Hoy vivimos con especial ilusión ese puzzle de emociones que es la Champions League pero nos olvidamos, a menudo, que las competiciones europeas de clubes remontan a tiempos mucho más lejanos de lo que podemos imaginar. La Copa de Europa, esa gran aventura dibujada por Gabriel Hanot y su equipo del L´Equipe, no fue el punto de partida. Su transcendencia inequívoca dejó en el olvido a medio siglo de torneos europeos de clubes, una realidad que nos dice hoy, más que nunca, que las noches europeas, en sus múltiples encarnaciones, son una aventura centenaria.

La Copa de Europa para muchos significa el pistoletazo de salida de la historia de las competiciones europeas. Desde ese día 4 de Septiembre, en Lisboa, hasta la final de Berlín del pasado mes de Mayo, la evolución de la competición ideada después de una noche de invierno en la que el Wolverhampton tuvo la audacia de proclamarse campeón europeo al batir al todo poderoso Honvéd húngaro en una auténtica piscina al aire libre, que la competición ha sido sinónimo de noches europeas.

Es indudable su protagonismo, su influencia y su iconografía siempre que pensamos en competiciones europeas. Pero aun siendo el ancla emocional y el torneo continental de clubes más importante de la historia del fútbol, la Copa de Europa no fue ni el principio ni el final de esa aventura. Sí, alimentó leyendas, desde el Real Madrid de las Cinco Copas consecutivas al Barcelona de Lionel Messi que sumó tres en los últimos seis años, con una multitud de protagonistas de por medio. Y su relevancia es tan absoluta que, con el paso del tiempo, tuvo el poder suficiente para asfixiar cualquier posible competencia a nivel continental.

Nadie se imaginaba, en esos primeros días, siquiera que la Copa de Europa iba a tener una vida tan larga y llena de episodios. Para muchos – con el FC Barcelona a la cabeza – era apenas un intento más. Un intento destinado a fracasar como tantos otros. Sí, porque las noches europeas y sus competiciones, eran ya una historia tan antigua como el propio fútbol continental europeo. Los blaugranas estaban más interesados en un proyecto paralelo, la llamada Copa de Ferias. El éxito de esa competición fue consensual, a tal punto que en 1971 a mismísima UEFA tomó las riendas de la misma y le dio su nombre, transformándola en Copa UEFA. Pero ni la Copa de Ferias ni la Recopa – otro torneo que nació a los pocos meses de las primeras aventuras de la Copa de Europa – lograron jamás tener el prestigio de aquella idea de Hanot. La Recopa tuvo la suerte de ser reconocida por la UEFA casi de inmediato gracias a la labor del directivo italiano Otorino Barasi – lo que explica el porqué de que el título del Atletico de Madrid en 1962 si es reconocido hoy por el organismo por oposición a las Copas de Ferias logradas por Barcelona, Valencia o Zaragoza – pero fue también la primera competición a desaparecer del mapa. La UEFA, reencarnada en Europa League, sobrevive a duras penas. Ambas fueron víctimas de la hegemonía de la que hoy en Champions League. Ellas fueron el último eslabón de las competiciones europeas de clubes, los últimos pasos de una historia que empezó mucho antes de que la Copa de Europa hubiese nacido. Una aventura que despegó a finales del siglo XIX.

Hablar de noches europeas es, hablar también, de tardes europeas. Hasta los años cincuenta las luces artificiales estaban vetadas en la mayoría de los países y los partidos se disputaban inevitablemente de día. Esas tardes dibujaron los primeros héroes del fútbol continental, olvidados por la ausencia de la televisión, y fue también en esos momentos que se disputaron las primeras competiciones europeas de clubes. Hay un matiz fundamental que hace que la Copa de Europa sea, efectivamente, especial. Todos – salvo alguna competición puntual – eran torneos regionales, por lo que cualquier reclamo al título continental tiene poco sentido. Pero ese deseo, desde el principio, de medir a varios equipos de distintos países que sembró la idea de un torneo continental, casi imposible hasta los años cincuenta por los problemas logísticos y tecnológicos de unir los distintos puntos del continente. La historia de las noches europeas empieza por lo tanto más de medio siglo antes.

Hay discusión sobre cual competición tiene la primacía de haber sido el primer torneo de clubes europeos. Desde 1897 se venía disputando en Viena la Copa Challenge, un torneo a principio exclusivo a participantes de las ciudades más relevantes del imperio austrohúngaro pero que a partir de 1900 se abre a participantes de naciones vecinas. Esa es, probablemente, la madre de todas las competiciones europeas y sentó las bases del éxito de lo que sería, más tarde, la escuela danubiana dando una competitividad suplementaria a los grandes equipos de ciudades como Viena, Budapest o Praga. A partir del nuevo siglo otras competiciones florecen en puntos distintos de la geografía europea. En 1900 se empieza a disputar entre equipos belgas y holandeses la Copa van der Ponthoz que pronto se amplía a franceses, suizos y, incluso, ingleses, una autentica competición de la Europa occidental del mismo modo que la Challenge representaba la Europa Central. A esta le va a suceder la Copa Jean Deupich – iniciativa de un noble belga que la bautizó con el nombre de su hijo, reconocido futbolista y que había tomado parte en todas las ediciones de la extinta van der Ponthoz, al mismo tiempo que entre el nordeste español y el sur francés se empieza a disputar la Copa Pirineos.

En esos años se disputó igualmente el primer Mundial de Clubes, aunque los participantes eran exclusivamente europeos. La primera edición tuvo lugar en Turín con el patrocinio del periódico La Stampa y cogió su nombre pero las siguientes fueron patrocinadas por el millonario del té Thomas Lipton. Las ganó un equipo amateur inglés que demostraba que, por entonces, los insulares seguían un paso por delante de los demás. Antes da la I Guerra Mundial se disputaron casi una decena de torneos regionales, en las tres décadas siguientes el número se encortó pero la relevancia histórica de la Copa Mitropa, primero, y de la Copa Latina, después, fueron los pilares fundamentales para que la idea de la Copa de Europa no hubiese nunca dejado de pulular en la cabeza de Hanot. Cada una de esas competiciones fue el reflejo de su tiempo, la del dominio danubiano e italiano en los años veinte y treinta y de la afirmación definitiva de la Europa mediterránea en los años del pos-guerra. No es casualidad que los primeros vencedores y finalistas de las ediciones inaugurales de la Copa de Europa tuviesen ya años de experiencia en la Copa Latina, un torneo clave y tan olvidado estos días. El éxito de ese experimento – que se disputó en tres años al mismo tiempo que el torneo de Hanot – fue fundamental para transformar la magia de las tardes en noches europeas. El punto de inflexión del que no había posibilidad de volver atrás. La Copa Latina fue el último gran torneo regional – hubo otros, más insignificantes, en las décadas siguientes en países periféricos del continente – pero fue justamente ese punto geográfico que lanzó el prestigio global de la Copa de Europa.

Cuando hablamos de la magia de las noches europeas nos vienen a cabeza aquellos equipos, aquellos jugadores, aquellas finales de la Copa de Europa y su sucedáneo. Alguno quizás haga un paréntesis para recordar que un día hubo la Recopa y que en algunos años ganar la Copa UEFA era tarea más difícil que vencer la propia competición principal. Lo que siempre se ha olvidado es que antes, a lo largo de más de cincuenta años, esas noches fueron tardes pero la pasión competitiva de los europeos en medirse unos contra los otros en un campo de fútbol siempre estuvo ahí. De la Copa Challenge a la Champions League, la historia de las competiciones europeas tiene más de un siglo de vida. Una historia que merece ser recordada siempre desde su prólogo hasta el último capítulo, el que se va a escribir en el ocaso de la primavera de cada año que pase.

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Miguel Lourenço Pereira (@Miguel_LPereira) es periodista e historiador del fútbol. Autor de los libros ‘Noches Europeas’ y ‘Toni Kroos. El maestro invisible’.

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