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No hay que entenderlo, hay que sentirlo

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No puedes entender lo que no sientes, eso es así, y nunca va a cambiar, jamás. “No entiendo cómo te puede gustar tanto el fútbol, son solo 22 tíos detrás de una pelota.”, claro, claro que no lo entiendes, porque no lo sientes.

Muchas veces siento pena por esa gente que no lo siente. Básicamente porque el fútbol es lo más bonito e inexplicable que jamás haya vivido dentro de mí. Me gustaría que los que no lo entienden, pudieran sentirlo solo por un instante, para que notaran lo maravilloso que es, como el niño que vuela por primera vez. Es mágico, es único, es fútbol.

No hablo por mí solo. Hablo por los que tenemos la suerte de vivir la mejor sensación del mundo cada día, hablo en nombre de los que estamos enamorados de algo perfecto. En nombre de aquellos que esperamos ansiosos el fin de semana, solo por abrir la puerta de nuestra casa al fútbol, volverlo a sentir, en raciones de 90 minutos. Hablo también en nombre de aquellos que no llevan las mejores botas, ni pueden permitirse llevar la camiseta de su equipo favorito, pero sienten el fútbol con aún más garra, con aún más fuerza. De los que no podemos evitar emocionarnos al escuchar el precioso himno de la Champions League, o el ya mítico y mágico “You’ll Never Walk Alone”.

Melodías perfectas, como el mismo fútbol. También en nombre de esos que nos levantamos esos especiales martes y miércoles, y nos surge de forma inmediata, instantánea como la luz en su palacio de cristal: “Hoy hay Champions, hoy hay fútbol.”

Es entonces cuando despierta dentro de nosotros. Hablo de ese sentimiento, de eso que no entiende todo el mundo. Despierta el fútbol en nosotros, como algo que nos mueve, como algo que nos da vida. Es algo que no se puede explicar si no se siente, es algo que solo te deja pensar en esa perfecta esfera.

Es ese fabuloso sonido del balón cuando besa a la bota, es ese mágico sonido de la red, acogiendo entre sus brazos la pelota. Es algo distinto, es algo que te invito a sentir.

Me levanto, desayuno, como, ceno, me ducho y me voy a dormir con un balón dentro de mí, en la cabeza, en el corazón. Es algo que no quiero evitar, pero aunque quisiera, no podría, es inevitable. Porque convivo con el fútbol, porque ya forma parte de mí día a día, y me gusta, me encanta.

Disfruto leyendo libros, viendo documentales, partidos, y como no, jugando, como no lo hago con nada en el mundo. Es una satisfacción completa, que te absorbe, que te envuelve y acoge, una satisfacción que es la que te hace darte cuenta que no es solo un deporte, es mucho más.

Porque, ¿como vas a saber lo que es la absoluta felicidad si nunca has visto a tu capitán levantar la copa que te hace ser el rey de Europa? No vas a saber lo que es la decepción, hasta que no veas a tu ídolo irse al equipo rival. Difícilmente sabrás lo que es la verdadera amistad, si nunca juegas con tu mejor equipo. No vas a saber lo que es el teatro, si nunca has tocado el cielo de un salto para simular una falta. Dudo que sepas lo que es el miedo, hasta que no veas tu preciado balón pasearse por la carretera, lentamente, con coches que amenazan con acabar con él. Como vas a entender que me guste tanto este deporte, si nunca has sentido la sensación más bonita del mundo, si nunca has sentido al fútbol dentro de ti.

Simplemente 22 tíos corriendo detrás de un balón? Bueno, eso cuéntaselo a otro.
Gracias a mamá por traerme a la vida con estos ojos especiales, que brillan al ver un balón.
Gracias a papá por abrirme las puertas del fútbol.
El fútbol, dentro de mí, para siempre.

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