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No hay defensa

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Si todavía había un asidero al que el Betis se estaba agarrando mientras se sumergía en una racha de resultados nefasta y parecía ir olvidando absolutamente todo el fútbol con el que iluminó la oscuridad reciente durante el primer cuarto de competición liguera antes de indagar en la búsqueda de su propio fondo, ese era la actitud. Un espíritu y una creencia en las formas casi fundamentalista, que fue la que llevó al equipo a hacer imaginable una remontada de un 0-4 ante el Valencia y a arañar sendos empates contra Getafe y Girona en tres partidos defensivamente mediocres, que ya daban pistas de que todo podía saltar por los aires si el equipo no volvía a asentarse en campo rival en fase ofensiva con aplomo, fluidez, convicción y ritmo.

El Betis ha dejado de hacer todo lo que hacía bien, lo que ha dejado en solitario encima de la mesa a todo lo que hacía mal y el efecto de sus defectos se está, por tanto, multiplicando. La presión adelantada es desordenada y de fácil superación para el rival cuando esta se da, las ocasiones son cada vez más aisladas, las asociaciones en la zona ancha no tienen nada de incisivas, faltan ideas en estático, hay poco movimiento en general por delante de la pelota y la sensación de que cuando el cuero se pierde se avecina el desastre es constante. Cada acercamiento del rival crea sensación de pánico, más que de peligro. Y a todo ello hay que sumar una sarta de errores individuales por parte de jugadores que parecen haber perdido y no acordarse de dónde puede estar el estado de confianza y la ambición que mostraban en septiembre.

Eibar, Cádiz y Las Palmas. Los tres escalones, a cada cual más hondo, del desmoronamiento del suflé de ilusión. Pese a frenar la sangría de goles en contra en Gran Canaria -no por la falta de oportunidades nítidas por parte de los amarillos-, el Betis volvió a autolesionarse y salvo las ráfagas de Tello y Boudebouz -todo en el juego verdiblanco ha pasado a ser menos coral-, el equipo parece haber volatilizado toda su estructura global, a cada partido un poco más. Creer en camas es una locura infundada, especialmente en una plantilla que se había entregado al manual del entrenador, que estaba disfrutando del estilo y de sentirse importantes en el juego como seguramente pocas veces; pero puede resultar hasta lógico que los brazos caídos del equipo en Las Palmas generen creyentes en teorías conspiratorias.

“El míster habla de bloqueo mental y creo que lleva razón. Nuestro juego se basa en tener la pelota, en tener esa confianza en dominar los partidos y a partir de ahí generar ocasiones e intentar ponernos por delante. Cuando eso no lo tenemos y la pelota no somos capaces de controlarla y de hacer posesiones largas, pues al final le das la pelota al contrario y nosotros, por el tipo de jugador que tenemos, no somos un equipo que defensivamente esté a gusto. Hay que recuperar esa confianza para tener la pelota y que no tengamos esas imprecisiones que es lo que nos hace no dominar los partidos. Y si además ellos se ponen por delante, se hace mucho más complicado. Al final esa ansiedad por ganar el partido hace que no salgan las cosas como queremos y que no seamos capaces de mantener la pelota, que es lo que necesitamos” – Antonio Adán después de la derrota en Las Palmas

No solo es la manida y mencionada lucidez, es la luz apagada. No solo es la falta de acierto, es el desacierto general. El Betis, que recibe a un gigante herido como el Atlético de Madrid el domingo en un Villamarín cargado de crispación y negatividad in crescendo y que es el peor equipo de La Liga por número de puntos en las últimas cinco jornadas, necesita un golpe de efecto para volver a enganchar a la gente a un modus operandi que sería una auténtica lástima que tuviera que ser sacado por la puerta trasera de las expectativas y abandonado a un inevitable olvido.

El Betis ha perdido agresividad sin pelota, ha perdido el orden fundamental para el fútbol de posición que pretendía enarbolar, la seguridad defensiva en el área propia, la referencia de la altura a la que quería defender, sus circuitos y automatismos asociativos han evolucionado en un bloque poco hilvanado y cada vez menos junto en torno a la zona determinada donde se esté desarrollando la acción. Se ha quedado sin mecanismos efectivos para la recuperación tras pérdida y además, ha dejado de poner el énfasis en la potenciación de las individualidades ofensivas para que las intentonas individuales sean el único énfasis de una fase ofensiva roma en ataques posicionales.

El Betis de Setién ya dejaba la sensación de que le podían faltar apoyos creativos por delante de la medular, pero ahora se llega a echar en falta incluso a algún especialista defensivo en los interiores debido a la fragilidad imperante, cuando hace semanas ni se reparaba en la posible necesidad de tal rol. Por otro lado, el equipo nunca tuvo un gran caudal de ocasiones, pero sí tenía toda la paciencia para fabricarlas y todo el poso para asentarse en zonas desde donde era posible encontrar y/o generar el agujero en el rival para llegar al gol. Ahora, asentarse en tres cuartos de cancha rival durante gran parte de los partidos es utópico, ejecutar un repliegue es un drama, el equilibrio brilla por su ausencia y de generar ventajas constantes a través de la salida en corto ha pasado a generarse todos los problemas habidos y por haber a raíz de ella.

Obviamente, cualquier equipo te puede ganar, cualquier equipo puede ser mejor que tú. Incluso una UD Las Palmas que necesitaba un partido y una victoria así y que no es extraño que tras el periodo de tierra quemada protagonizado por Pako Ayestarán, tuviese desatada toda la voluntad de volver a fidelizar a su gente y también la necesidad de volver ganar a través de los preceptos que, precisa y paradójicamente, instauró Quique Setién allí.

Leer más: La perspectiva y la paradoja del estilo

Lo que no tiene defensa es que el Betis, que quería empezar a vivir abrazado a ese mismo sello, no le disputase ni el dominio ni el control, fuese incapaz de fluir a través del balón y firmase una segunda parte en la que entregó totalmente las armas y su supuesta alma. No hay defensa. Ante eso, ante la pérdida de la pasión, ante la traición a su propia esencia, ante la pérdida de la actitud innegociable que resistía como único asidero para regresar a la superficie, sí que no hay defensa. Básicamente, porque es a través de ella, y no con el cambio por el cambio, por donde el Betis quiso, quiere y debe, como ya demostró hasta el mes de octubre, recuperar el fútbol que poco a poco le devuelva a su debilitada grandeza.

 

Imágenes | realbetisbalompie.es

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