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No Arda… no party?

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Henry Gondorff -Paul Newman- camina hacia la salida del garito donde acaban de esquilmar a Lonnegan y se cruza con Johnny Hooker -Robert Redford- observando al resto de la banda mientras recogen el tinglado. ¿No vas a ir a recoger tu parte del dinero? – pregunta Gondorff. Hooker, entre satisfecho y nostálgico le contesta que no, y su cruce de miradas se traduce en un “al diablo con el dinero, lo hicimos por algo más importante”. Y ambos se marchan. Con esmoquin, abrigo y maletín, por el callejón, elegantes e impecables. Eternos, con la sonrisa recién estrenada, mientras la pantalla se funde a negro con la inconfundible melodía de fondo.

En una época en que los jugadores de fútbol parecen escapados de Gandía Shore, más preocupados por localizar la cámara que enfoque sus abdominales o tatuajes que por su profesión, Arda era un tipo diferente, especial, con embrujo. Su imagen y su aura me recordaban a Henry Gondorff, elegante y con hechizo. El turco nos ha dejado varias instantáneas memorables. Fuera del campo su “slowly cabrón”, su foto en camisa y tirantes saboreando un café en Stamford Bridge o una perenne sonrisa cuando otros maldecían. Y qué decir de dentro, un jugador tan elegante que hasta cuando regatea parece que lo hace de usted.

 

Era un icono, una tendencia, una corriente, el Ardaturanismo, “porque ser Ardaturanista molaba” (Iñako Díaz Guerra dixit). Mereció hasta una biografía (Arda Turan. El genio de Bayrampasa. Por Juan E. Rodriguez Garrido. Ediciones Al Poste). Incluso alcanzó por méritos propios ese estatus por el que un aficionado del Atleti era capaz de pagar una entrada sólo por ver a Arda, lesionado, sentado en la grada. Para los Atléticos, sus recortes, su forma de aguantar el balón y oxigenar el equipo, y su talento, eran las dosis de creatividad y color en un equipo de espíritu bregador. A pesar de cierta imagen indolente, Arda se entregó en cada partido hasta hacerle moratones a las botas. Pero, sobre todo, le dio al fútbol del Atleti una pausa esencial, como esos silencios de los grandes actores que se acaban convirtiendo en la mejor frase de la película. Por ello, el aficionado del Atleti se conformaba con saborearle, aunque fuera con cuentagotas, dosificado. Incluso se le disculpaban sus lesiones en los partidos fundamentales, el episodio de la bota o la determinante expulsión en el Bernabeu en cuartos de final de Champions.

Vista ahora su fuga al Barcelona no descarto que este Henry Gondorf,  tras el fundido en negro al final de aquel callejón, haya clavado una sucia navaja oxidada en la espalda de Hooker y aprovechado para robarle el maletín y el reloj. Porque lo único cierto es que el final de Arda en el Atleti ha sido indigno del estatus de símbolo que le habíamos dado. La despedida del turco careció de estilo. Para el icono del Ardaturanismo, su adiós por carta, frío, posterior incluso a que ya circularan fotos suyas con la camiseta del Barça, tuvo la genialidad de una paella de supermercado. La afición del Atleti está acostumbrada a las despedidas. Hay contabilizadas más que en muchos aeropuertos. Es un club habituado a que los jugadores se marchen, aunque sean las estrellas. Sus aficionados han comprendido la fuga de jugadores que anhelaban nuevos retos o contratos. Torres, Falcao o Diego Costa se marcharon por ambición económica o deportiva. Pero el adiós de Arda fue impropio de un jugador icónico. Fría y distante como la habitación de un hotel, durante días circularon medias verdades: su deseo de ir a la Premier League, la simpatía de su padre por el Liverpool, la exigencia física del Cholo… . En pocos días el rumor del Barça se hacía realidad y el aficionado atlético, el ardaturanista, quedaba entre la sorpresa y la decepción. Con la misma cara que le quedó a Carlito Brigante en la estación de tren, apuñalado tras la traición de su hasta entonces fiel Pachanga.

El viejo empleado del club Tino Callado me dio su visión del asunto. “Seamos claros. Esperar de los futbolistas, como de cualquier otro profesional, que rechacen importantes ofertas económicas por amor a los colores, es como encontrar vida inteligente en Sálvame Deluxe. ¡Por Dios! si hasta hace cuatro años el mayor vínculo del jugador con el club era el Kebab a varias manzanas del Calderón. Es posible que gran parte del desengaño con el turco venga de una imagen, de una artificial identificación con el club que la afición había fabricado, casi sin intervención del jugador. De creer que existía algún secreto vínculo entre el Paseo de los Melancólicos y Bayrampasa. Es posible. Pero, muchacho, no habría estado de más un adiós en condiciones. No hacían falta lágrimas, habría bastado con mostrar algo más de cercanía, de afecto. Maldita sea, habría sido suficiente con que su adiós no hubiera dejado el aroma de la despedida en la consulta del dentista”.

Posiblemente Arda Turan no lo sepa, pero El Golpe tuvo una secuela, El Golpe II. Uno de esos bodrios que hacen parecer el cine de Terrence Malik un frenético thriller. Se rumorea que utilizaban esta secuela en Guantánamo para arrancarles confesiones a los talibanes. La ponían en bucle y no consta que nadie la resistiera. El guionista de la cinta se embolsó un buen pellizco por hacerla, pero pasó por los cines con más pena que gloria. Ya no aparecían ni la seductora mirada de Redford ni la sonrisa de colores de Newman. Ni siquiera George Roy Hill era el director del film. Sólo su música, una adaptación de la de primera parte, obtuvo una nominación para la gala de los Oscar. En ocasiones, cuando se cambia el reparto, se pierde toda la magia.

Y, si no hay magia, no hay party.

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