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Nadie le dijo al Barça que no podía volar

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Cada lunes por la tarde, algo se ha instaurado en mi vida. Escribo mi artículo semanal para Sphera, en mi momento favorito del día. Como ya algunos sabréis, escribo ‘el jugador de la semana’, en el que analizo el mejor jugador de la jornada en todo el mundo. Bien, este lunes se me ha hecho imposible escoger a un único jugador. Se me ha hecho imposible porque un equipo entero ha puesto a toda Europa los ojos como platos, y ha hecho que toda una ciudad se fundiera en abrazos y lagrimas.

El jugador de la semana no es sólo uno de los 11 guerreros que alcanzaron el Nirvana de las gestas, no puede ser uno porque sería injusto. El jugador de la semana hoy es el Fútbol Club Barcelona, no solo los jugadores, el entrenador y el cuerpo técnico general, también incluyo a cada persona que ocupaba una butaca en el campo, que no paró de animar en todo el partido, más de 98.000 gargantas que desprendían luz, luz vital para iluminar el camino de los guerreros que inutilizaron la palabra imposible.

Todos sabéis que el Barcelona perdió 4-0 en París, en una noche en la que Barcelona se apagó por completo, y se quedo muda. París estallaba de alegría y jadeaba a los jugadores del Paris Saint Germain, que aquella velada eran sus auténticos héroes.

La vuelta a la ciudad que no brillaba, fue difícil. Un auge de críticas por parte de la prensa y la afición, que fue notable y dura. Pero todo héroe vencido vence y se asila de las críticas, y sabe recomponerse.

Las abejas, según la voz de la ciencia, no deberían volar. La dimensión de su cuerpo es mucho más grande que la de sus alas, y estas no les podrían permitir, en teoría, levantar su cuerpo. Pero nadie nunca les ha dicho a las abejas que no pueden volar, así que, vuelan.
El Barça se supo aislar, y trabajó hasta el día de la vuelta en el Camp Nou.

El día llegó, y la afición con un enorme mosaico les acogía con el calor de sus brazos, aquella noche no iban a ser solo uno más, el factor de la afición fue totalmente determinante, uno de los pilares que sostenían el techo de la enorme gesta.

El Barça se adelantó muy rápido con un gol de Suarez, y se fue al descanso con un 2-0, tras un gol en propia meta de Kurzawa, que les permitía seguir soñando. En el minuto 50 de la segunda mitad, Messi anotaba un gol de penalti. Lo imposible estaba más cerca que nunca, un gol separaba al Barcelona de igualar la eliminatoria.

Llegaban susurros desde el norte, que intentaban decir al oído a los jugadores del Barça que no lo podían hacer, llegaban con un gol de Cavani en el minuto 62. Los jugadores del PSG no lo sabían, pero los jugadores del Barça seguían aislados de esa clase de susurros, y seguían creyendo que podían. El Barça tenía menos de 30 minutos para hacer 3 goles, no había otra opción.

Ya en el minuto 88, cuando todo parecía aun mas imposible, el hombre de la noche, Neymar, anotaba un autentico golazo por donde parecía que la pelota no podía entrar, y la abeja comenzaba a volar.

Neymar | Getty

2 minutos después, otro penalti le concedía un gol al Barça, lo que hacía tan solo unos minutos era impensable para todos los ojos que vieron el partido, parecía más real que nunca, y la abeja, cogía más fuerza, y volaba cada vez más alto. Solo faltaba 1 gol.

Quedaban 5 minutos añadidos para hacer lo que nadie había hecho nunca, remontar un 4-0 en eliminatoria europea. Y ya en el último minuto, se pitaba falta en un lateral del campo del Psg al Barça, falta que iba a centrar Neymar. El público jadeaba más que nunca, las gargantas, desgastadas, creían. Los padres, que miraban a sus hijos que no eran conscientes de lo que iban a vivir, creían. El socio, que no había fallado a ningún partido en 20 años, creía. Neymar ponía la falta, que era rechazada. Cogía el balón muerto y solitario, que esperaba ser pateado para formar parte de todo aquello, y el brasileño la ponía en el área. Todo el mundo veía como le pasaba la pelota por encima a Piqué, que se lamentaba. Pero, apareció uno entre los 11 héroes, preparado con el lápiz para acabar de escribir la historia, que se asomaba entre sus marcajes, aquel era Sergi Roberto. La pelota aun no había tocado el suelo cuando aquella abeja a la que nadie le había dicho que no podía volar, voló. Se lanzaba el catalán hacia aquella pelota, y entraba. Barcelona literalmente se movía, se crearon movimientos sísmicos. Los aficionados, como hermanos se abrazaban, y lloraban.

El portero, en su eterna condena a la soledad, corría celebrándolo, solo, pero más feliz que nunca. Leo, mostró el lado más humano de la gesta más inhumana, subiéndose a una valla que separaba a los héroes de la afición que había sido uno más, sumándose a ellos, haciéndoles ver que era igual de vulnerable que cualquier otro, se veía ilusión que habitaba en los ojos del argentino. Luis Enrique, vivía la locura más sana que había vivido nunca, y se lanzaba al terreno de juego de una forma tan inconsciente como mágica. Sergi no se creía lo que vivía, y se encontraba en lo más bajo de una montaña de jugadores que sabían y celebraban que acababan de escribir una de las historias más bonitas de las historia del fútbol.

Acababan de volar, más alto de lo que nadie lo había hecho nunca, porque nadie les había dicho que no podían hacerlo. Porque supieron aislarse, y fue la mejor decisión que podrían haber tomado.

Todos los que amamos el fútbol, recordaremos esa noche como muy pocas. Explicaremos a nuestros hijos que una vez, unos héroes supieron levantarse, y lo hicieron haciendo historia. Les explicaremos que nadie les puede decir lo que pueden o no pueden hacer.

Pudieron volar, podemos volar.

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