Tenis

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Nadal y la ilusión como antídoto

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Es el calvario de un jugador nacido para pelear contra todo tipo de adversidades. Es la dificultad de lidiar contra sí mismo. Es la guerra interna de un campeón que se resigna una vez más (y van ya unas cuantas). La muñeca le advirtió y Nadal prefirió parar. Es la tercera vez en su carrera que concede un walkover tras Estoril 2004 y Miami 2012.

El sol brillaba sobre París tras varias jornadas de cielo nublado y lluvias y en la claraboya del viernes un jugador cabizbajo se sienta ante las cámaras de medio mundo para anunciar la peor de las noticias. Los silencios hablan por sí solos desgajando el alma de miles de fans de este deporte que escuchan, ven y/o leen que su mayor referente tiene que decir basta por precaución. “Me tengo que retirar porque tengo un problema en la muñeca que vengo arrastrando desde hace varias semanas. Jugué (ante Bagnis) con una inyección, pero en la noche empecé a sentir más y más dolor. El problema comenzó en Miami, volvió en Madrid y ahora estaré inmovilizado algunas semanas. No está rota, pero si continúo jugando, se romperá en dos días”.

La mejoría en su tenis sobre el periplo de arcilla se ve frenada en seco ante un inconveniente mayor que vuelve a darle un nuevo vuelco al esfuerzo y sacrificio del balear por regresar a su mejor estado de forma. ¿Hasta cuándo? pensará. Justo en la semana en la que alcanzó la marca de las 200 victorias en Grand Slam, Nadal no puede seguir en la lucha por su décimo título en París pero aún así contempla la posibilidad de estar presente en Wimbledon. “La vida sigue. No se acaba el mundo. Volveré a entrenar cuando pueda y lo haré con la misma ilusión que tenía. Voy a intentar estar competitivo para el resto de la temporada y hacer un buen año”.

El carácter del mallorquín es todo un ejemplo de un deportista referente que mira la vida desde la positividad en lo más profundo del resquemor interno. Que siente su profesión como la mayor de las pasiones y que le explica al mundo que por muchas piedras que haya en el camino, la mayor de las gasolinas para seguir adelante es la ilusión. Con ella aún en el depósito, todo sigue igual.

Roland Garros se quedó con Federer y Nadal fuera del cuadro. Es la segunda vez (Wimbledon 2013) que ambos campeones de Grand Slam no estarán presentes en la segunda semana de competición de un major. Parece mentira. Hace falta mirar por el retrovisor del tiempo para rememorar aquellos años de finales antológicas entre el suizo y el español. Federer no termina de despegar este año y Nadal se enfrenta de nuevo a los fantasmas de un pasado donde la exigencia física lo llevó a parar en numerosas ocasiones.

 

Y es que el séquito de lesiones del manacorí comenzó allá por el año 2005 en su pie izquierdo cuando los médicos incluso llegaron a recomendarle que colgara la raqueta. Un año más tarde fue la espalda la que le dio el primer toque de atención pero no sería hasta la final del Open de Australia 2014, cuando la gravedad del dorso le noqueara ante Wawrinka en la antesala por el título en Melbourne.

La dolencia en las rodillas se detectó en 2007 y ha ido acompañándole también a lo largo de toda su vida profesional. De hecho, su eliminación en los cuartos de final de Roland Garros 2009, a manos del sueco Robin Soderling, se debió a ello. Sin embargo, fue el tendón rotuliano el que apartó al mallorquín de poder disputar los Juegos Olímpicos de Londres 2012 en una dura renuncia cuando iba a ser el abanderado español en la competición por países.

En 2014, tras un comienzo de año marcado por la espalda en Australia, le siguió la derrota ante Kyrgios en Wimbledon junto a la ausencia en los Masters 1000 de Toronto y Cincinnati por una desinserción en la vaina cubital de la muñeca; una vaina que también le obliga ahora a renunciar al Grand Slam parisino. Aquel 2014 finalizó el curso sin poder disputar la Copa de Maestros de Londres a causa de una apendicitis.

2014 fue un año con vaivenes en el estado físico de Nadal pero 2015 le sometería a otro tipo de “lesión”; la mental, tal y como reconoció meses más tarde el propio tenista. A lo largo de la temporada, el mallorquín vagabundeó por zonas insospechadas años atrás en lo que fue una crisis de confianza interna que mermó su capacidad ganadora y que, solo al final de temporada, pareció recuperar.

 

La clausura de un año para el olvido pero con un final notable, dejaba entrever que Nadal podría estar de vuelta y le hizo comenzar la vigente campaña con una final perdida en Doha ante el todopoderoso Djokovic. Era un paso importante pero aún no podría tratar de tú a tú a Novak.

Le seguiría una repentina derrota en Melbourne ante Verdasco a las primeras de cambio y un breve interludio sobre arcilla que evidenciaba que, si había una superficie donde Rafa podría volver a ser el de siempre, era la tierra batida. Cayó ante Thiem (Buenos Aires) y Cuevas (Rio de Janeiro) pero proyectó un sendero que, tras el paso por el cemento norteamericano (final en Indian Wells perdida ante Djokovic y abandono en Miami por golpe de calor) no abandonaría. Y es que con la llegada del periplo europeo sobre polvo de ladrillo, Nadal comenzaría a entonar su trayectoria.

El Principado de Mónaco le vería levantar su primer trofeo en casi dos años superando a Monfils en la final y habiendo dejando por el camino a un Thiem en la cresta de la ola y a dos viejos conocidos como Wawrinka y Murray. El Trofeo Conde de Godó confirmó las buenas sensaciones (ganó sin ceder un set e igualó el registro histórico de Vilas sobre tierra) que proseguirían en Madrid –aunque ya con pequeñas molestias en la muñeca- y que le permitirían tratar ahora sí de tú a tú a Novak Djokovic en las semifinales del Masters 1000 de Roma en el mejor partido del español en mucho tiempo (cayó 7-5 7-6 (4) ante el serbio).

Con París y la sombra del décimo título oteando sobre la ciudad del Sena, Nadal afrontaba un reto que, de nuevo, tiene que posponer. Un nuevo (viejo) impedimento se cruza en un momento clave para haber podido decir eso de “aquí estoy yo”. No queda otra que mirar de frente a la vida, murmurar por lo bajo (con rabia) pero sacar pecho con los ojos bañados en ilusión para renacer –por enésima vez- como solo un gran campeón es capaz de hacerlo.

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