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Andy Murray y el peso de los galones

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La sorprendente derrota de Novak Djokovic en la segunda ronda del pasado Abierto de Australia dejaba a Andy Murray, cinco veces finalista en el cemento de Melbourne, como el gran favorito a alzar el título. Era el número uno del mundo, estaba jugando el mejor tenis de su vida y su cuadro estaba, a priori, despejado hasta unos hipotéticos cuartos de final contra Federer. Sin embargo, los focos y la presión atenazaron a Andy, que no supo sobrevivir a un mal día ante el semidesconocido alemán Mischa Zverev.

Los últimos meses han cambiado la vida del tenista de Dunblane. Hasta entonces, había convivido siempre a la sombra de un invencible triunvirato formado por los tres tenistas más exitosos de la historia, cosechando únicamente las ‘migajas’ que ellos dejaban. Pero las lesiones de Federer y Nadal y la inestabilidad anímica de Djokovic le ayudaron a volver a ganar un Grand Slam tres años después -en Wimbledon-, defender su oro olímpico en Río de Janeiro y, con un final de temporada sencillamente espectacular, coronarse como número uno del mundo a final de curso.

Una de las grandes preguntas que acompañaban a la nueva temporada era saber si Murray era un número uno pasajero, como lo pudieron ser grandes tenistas como Roddick, Safin o Kuerten, a principios de siglo, o estábamos ante el próximo dominador del tenis mundial, ejerciendo de líder durante un periodo considerable. De momento, lo cierto es que la prueba de fuego de Murray no ha comenzado como sus seguidores esperaban. El fiasco en Australia puede haber sido condicionado por el peso que los galones ejercían sobre él.

Y es que su juego sigue siendo igual de brillante que en 2016. Llegó a la final en Doha, primer torneo del año, donde resistió una batalla física contra Djokovic, pese a caer en el tercer set -lo cual demuestra que el run del otoño de 2016 no le ha pasado factura a su cuerpo-, y había pasado las tres primeras rondas del Open de Australia sin ceder un solo set, con la misma solidez de siempre. Sin embargo, la noticia de la eliminación de Djokovic debió alterar sus planes.

La derrota del serbio ante el uzbeko Istomin dejaba a Murray un panorama soñado en diversas vertientes: podía, al fin, llegar a una final en Australia sin tener a su bestia negra enfrente -la que le había frenado en cuatro ocasiones anteriores-, conseguir su primer título en Melbourne, pudiendo plantarse en París con la opción de sellar el Grand Slam, y, además, dar un mordisco a la clasificación de la ATP, dejando a Djokovic a casi 4.000 puntos de distancia. Quizás este vértigo a la situación que tenía ante sí le perjudicó.

Su derrota ante el mayor de los hermanos Zverev sigue resultando incomprensible. Él, el escocés, el mejor restador del circuito, caía una y otra vez en la telaraña del saque-volea del germano, sin variar en ningún momento sus restos, como sí haría brillantemente Federer en su partido de cuartos. Andy se desangraba, sin poder pasar a un plan B ante un jugador escaso de recursos que acabaría echándole del primer major de la temporada. Es posible que sólo se trate de un accidente, pero Murray ha demostrado, en la primera ocasión en su vida en la que era el claro y evidente favorito, que no sabe convivir con esa etiqueta.

No obstante, su reinado en el ranking de la ATP no parece correr peligro. Su defensa de puntos hasta Roland Garros es mucho menor que la de Djokovic y, en principio, esa distancia actual de 1.700 puntos debería verse incrementada a los 2.500 o 3.000 con respecto al serbio. Ahora Murray, que no competirá en la primera ronda de la Copa Davis que su país disputa ante Canadá, tendrá un mes de descanso antes de reaparecer en Dubai, escenario preparatorio para la gira americana de Indian Wells y Miami. Ese back-to-back estadounidense, considerado por muchos como ‘el quinto Grand Slam’, será la segunda prueba para comprobar si Murray es un verdadero número uno del mundo.

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