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Muhammad Ali, el más grande

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Hace un tiempo, una prestigiosa revista anglosajona confeccionó un ranking  para valorar a los deportistas más grandes del siglo XX. Se basaron en una serie de estudios, opiniones y encuestas para confeccionar su lista. El resultado final situaba a Carl Lewis en lo más alto del podio. Tras él figuras como Pelé, Bobby Fisher, Babe Ruth, Maradona o Ayrton Senna. En el top ten no figuraba Michael Jordan. Tampoco Muhammad Ali. Hoy esa publicación es reconocida como un gran error histórico. Por fortuna, otros medios también han elaborado sus propias relaciones, la mayoría incluyendo no solo a los mejores del siglo pasado, sino de la historia del deporte.

Y sí, tanto Jordan como Ali están siempre muy arriba. En un porcentaje muy elevado es uno u otro quien lidera cualquier tabla. Digamos que se disputan la hegemonía histórica deportiva. Michael Jordan es una figura reciente, a la que tenemos en la mente por cuestión de frescura y que nos dejó unos últimos años para el recuerdo: su segunda retirada tras “the last shot”, y un epílogo de dos temporadas ya con muchos años a sus espaldas en los Wizards que tuvo momentos de gran brillantez. Sin embargo, Muhammad Ali se despidió por la puerta de atrás: disputó su último combate en diciembre de 1981, tras unos años en el final de su carrera a un nivel que distaba mucho de lo que había mostrado tiempo atrás. Pero nada puede empañar su trayectoria deportiva, y por eso la mayoría de los expertos sitúan a Ali en el primer peldaño de cualquier listado. Sí, por encima del mismísimo dios del baloncesto. Ali es “The G.O.A.T.”

Antes de continuar debo reconocer que no soy fan del boxeo. Por lo menos no un gran fan. He tenido épocas, como todo hijo de vecino: he visto combates, en televisión y en directo, pues casi todos hemos tenido en algún momento a un amigo que se ha subido al ring  a competir; he leído crónicas y reconozco haber estado pendiente ocasionalmente de los Tyson, Whitaker, De la Hoya, Hopkins o Lewis… Siempre un poco de reojo, desde la distancia. Como esas cosas que no te llaman mucho la atención pero reconoces interesantes.

Aunque, seamos seguidores del pugilismo o no, todos sabemos quién ha sido Muhammad Ali. Sin excepción. Y nadie se atreve a cuestionar que de modo generalizado ha sido el mejor boxeador de todos los tiempos (olvidando récords, que ahí Marciano o Mayweather tendrían ventaja), del mismo modo que se acepta que Ali sea fijo en el eterno debate que busca dar con el mejor deportista de siempre. ¿Pero qué hace a Ali tan grande? Me explico: si me preguntasen a mí, diría que Jordan fue lo máximo; por lo que ha sido, por su dominio… Y porque amo el baloncesto. Pero estaría solamente juzgando por temas deportivos. Quiero decir: si me replanteasen la pregunta y para dar respuesta tuviese que valorar factores externos; esto es, la figura más allá del deportista, me decantaría por Alí. Yo, que como he dicho, de boxeo voy más bien justito. Y es que Alí va más allá del deporte.

Voy a obviar todo aquello que tiene que ver con la motivación. Con las frases legendarias que ilustran gimnasios de tantos rincones del planeta, discursos que van más allá del noble arte y empujan a superarse en la vida. Voy a apartar su mensaje de entrega cuando se trata de convertirte en el mejor en la suerte que desempeñes. No voy a referirme al Ali reclamo, al marketing proyectado por una sombra tan alargada. Hoy esto, por inspirador que resulte, no cuenta. Hoy quiero llegar más lejos…

Hace poco me crucé por la calle con un chaval que llevaba una carpeta en sus brazos. Deduje por su aspecto que está en edad de instituto. En dicha carpeta, una foto del rapero Tupac Shakur y una frase que da título a una de sus canciones más reconocidas: “Keep ya head up”. Shakur falleció en 1996, de modo que ese muchacho tuvo que saber del artista por lo que denominamos legado. Tupac, además de cantante, poeta y actor (entre otras cosas), fue un activista, una persona comprometida con los derechos civiles, especialmente con aquellos que tenían que ver directamente con la comunidad afroamericana. Hijo de una Pantera Negra, cada vez que se le presentaba la ocasión, su discurso se dirigía a la discriminación sufrida por su comunidad.

 

Es eso lo que va más allá de la propia persona. El joven del que hablo no vio a Shakur en vida, pero Shakur está en su vida. Muhammad Ali, como Malcom X o Martin Luther King entre otros, también es reconocido por su guerra contra las instituciones por su raza. Ali también asistía a reuniones de Panteras Negras, levantaba su puño al cielo y exigía respeto. Lo que significa Ali, como lo que significa Tupac más allá de la música, no puede resolverlo simplemente el deportista. Ali forma parte de nuestras vidas.

Llamado antes Cassius Marcellus Clay, rechazaría su nombre porque su apellido era simplemente el apelativo que sus antecesores esclavos habían recibido de la mano de sus amos, en su viaje desde África. Renunciar a ser Cassius Clay también era despojarse de unas cadenas perennes en el tiempo, la libertad para él vendría siendo Muhammad Ali. A partir de ese momento, llegaría el activismo comprometido que se iniciaría con su negativa a ser alistado para la guerra del Vietnam. Su argumento: “Allí nadie me ha llamado ‘nigger’ (término despectivo usado para referirse a los negros en Estados Unidos), no tengo problemas con los vietcong. No voy a recorrer 10.000 kilómetros para ayudar a asesinar a un país pobre simplemente para continuar la dominación de los blancos contra los esclavos negros”.

La mecha prendida y el Establishment en su contra. Y con ello, los estadounidenses divididos: para algunos un cobarde, para otros un héroe. La Comisión Atlética entonces le retiraría su licencia para boxear. El contraataque de Ali fue un directo a la mandíbula: mientras se enfrentaba a los procesos legales correspondientes, comenzó a recorrer escuelas y otras instituciones para llevar su mensaje de conciliación, en contra de la guerra, sobre antirracismo, el orgullo de su raza y la importancia de su religión como camino hacia la paz, contagiando además a otros deportistas, que empezaron a fomentar los mismos valores que Ali predicaba. El tiempo más adelante lo reconciliaría con el gobierno y su carrera proseguiría, pero ya nunca detendría su lucha frente a la opresión fuera del ring.

A Muhammad Ali lo haría grande su carisma, dotado de una elocuencia poco común entre deportistas. Era poseedor de un discurso que oscilaba entre la poesía, la sátira política y religiosa, y un conocimiento instintivo de los requisitos de la comunicación. Sus hazañas pugilísticas le permitían ese crédito extra del saber que vas a ser escuchado, de reconocerte importante. De ese modo, si figura se alzaría para ser siempre un referente contra la discriminación, la que probablemente haya sido su mejor pelea.

Luego el eco del personaje: The Rumble in The Jungle o The Thrilla in Manila; Joe Frazier o George Foreman; When We Were Kings o Facing Ali; I shall be free nº10 o The World’s Greatest. Combates, rivales, documentales y canciones. Incluso un cómic de DC que lo enfrentaba al mismísimo Superman. La creación a partir de Muhammad. El hombre que dio pie al mito. Y sin embargo, de todo lo que ofreció yo me quedo con su negativa a pelear en Sudáfrica debido al apartheid, con su intervención para la liberación de rehenes en Iraq o con su reconocimiento como mensajero de paz por Naciones Unidas. Yo me quedo con todo aquello que hace que la palabra deportista se quede pequeña al lado del hombre.

 

Muhammad Ali definitivamente es el más grande. Y en cierto modo, también porque él lo quiso. Una vez le preguntaron cómo le gustaría ser recordado cuando se fuera. Ésta fue su respuesta: “Me gustaría que dijeran que tomó unas cuantas copas de amor, una cucharadita de paciencia, otra de generosidad, una pinta de bondad… Que tomó un cuarto de risa, una pizca de preocupación y, a continuación, mezcló predisposición con felicidad, agregó mucha fe y lo agitó todo muy bien, extendiéndolo a lo largo de su vida y ofreciéndolo a cada persona merecedora que se encontró en el camino”. Su contestación de alguna manera es también su legado.

Muhammad Ali nos ha dejado. Su leyenda permanecerá siempre.

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