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Monumento a los caídos: el honor de la derrota

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Carlos MATEOS – Hombres convertidos en niños, miradas perdidas en el horizonte. La derrota tiende a deformar los rostros de aquellos que la sufren. No hay una reacción canónica con respecto a ella, flota en el ambiente y se hace pegajosa para el que claudica. El luto tampoco tiene una duración estipulada y puede prolongarse minutos, horas o incluso años.

Las hay que se digieren rápido y otras cuya sombra es demasiado alargada como para obviarlas. Lo cierto es que no se suele recordar a los perdedores pero algunos perviven en algún rincón de la memoria del colectivo. Para que esto suceda no basta con salir al campo y marcar menos goles que el rival, hay que ofrecer algo más.

Ese ingrediente que no se aprecia se llama honor y todos aquellos que se marchan en octavos de la Copa del Mundo de Brasil con el morral vacío lo han utilizado para edulcorar su salida. La dignidad en la caída es el único argumento al que agarrarse cuando las piernas no dan para más y la calidad no llega tan lejos como la ilusión.

La fe ha podido en esta ocasión más que la vistosidad del juego y si bien es cierto que todos los favoritos han dado un paso más hacia la gloria, no lo es menos aquellos que llegaron como secundarios se llevan el premio del respeto y la admiración. Es un galardón que no se levanta en el palco ni se pasea por las calles, que no se puede meter en una vitrina; pero supone una recompensa al esfuerzo atroz con el que se han desenvuelto esos futbolistas que pisaron el verde sin complejos.

Nadie puede presumir de haberse paseado en la primera ronda eliminatoria, ni siquiera aquellos que lograron resultados más solventes. Tras resucitar en el descanso y olvidarse de todo el revuelo mediático que rodeó al mordisco de Suárez, Uruguay acabó sacando brillo a los guantes del inspirado colombiano Ospina. Gran actuación firmó también el nigeriano Vincent Enyeama hasta que un vuelo mal calculado del jefe de las águilas habilitó el primero de los dos goles de Francia en el tramo final del encuentro. Nigeria se fue, pero apretó a la temible Francia.

Se marchaba así un africano antes de que el siguiente se quedara cerca de vengar la vergüenza. Argelia resistió a Alemania hasta que los músculos de sus jugadores alcanzaron el punto máximo de tensión. Ver a Islam Slimani como una alfombra sobre el césped con el balón en juego fue la imagen más gráfica, la demostración de que no se pudo hacer más para lograr lo que en 1982 les fue usurpado.

También se dejó la piel Estados Unidos para demostrar que en el Olimpo de los cuatro deportes sagrados hay lugar para uno más. Los millones de aficionados que siguieron el partido ante Bélgica, muchos de ellos en grandes aglomeraciones para hacer llegar un grito unánime, pudieron asistir a la resistencia de los suyos. Pese a correr casi todo el partido detrás del balón, llegaron a la prórroga con una frescura inesperada. Solo la irrupción de un portento físico que se había pasado gran parte del espectáculo sentado en el banquillo acabó con la esperanza.


Los griegos quedaron destrozados tras la parada de Keylor Navas | Getty Images

El alma fue el principal arma de los griegos, supervivientes en la vida y en los estadios. Su leyenda dice que hasta el último aliento del último partido siempre habrá once jugadores de rictus firme y mentalidad ambiciosa batallando por defender el nombre de su nación. En el primer duelo a vida o muerte ante Costa de Marfil la moneda dio la cara. En el segundo, les crucificó por el talento felino de Keylor Navas.

Más duro fue lo de Suiza y Chile. Emparejadas con las dos máximas aspirantes, sus opciones impactaron dramáticamente contra palos postreros después de oscurecer las virtudes de sus rivales con férreas trincheras. La de los helvéticos dejó una pequeña gatera por la que se coló Leo Messi para emprender una carrera desbocada y asistir a Di María. En el caso de "La Roja", fue ajusticiada bajo el sol de Belo Horizonte por un pelotón situado a once metros.

Esa misma distancia fue la que le faltó a México para situarse entre los ocho mejores. Llegaron a la cita sin nada, con las mejillas rojas y resoplando. Se marchan con el cariño de todo un país que ha vuelto a creer tras ver. Ahora todos se preguntan qué habría pasado si Robben no hubiera aterrizado dentro del área, si ese rechace en el 87 lo enganchara otro jugador y no Sneijder.

De nada sirve teorizar. Los que no pasaron el exigente corte lloran ahora la oportunidad perdida y se preparan para dar la cara en la siguiente. No tienen nada de lo que arrepentirse, ninguna cosa que echarse en cara. Murieron de pie, con las botas  de tacos puestas, calambres por las piernas y el sudor manando a chorros. En menor medida, ellos también son ganadores.

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