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Montella, el bel calcio vuelve a Marassi

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Los últimos cinco meses de Vincenzo Montella han sido convulsos. De la estabilidad que se vivía en Florencia a un verano extraño que ha desembocado, ya entrada la temporada, a un retorno a casa: en mayo parecía impensable que el Aeroplanino pudiera terminar como entrenador de la Sampdoria.

En el lado blucerchiato de Génova su llegada se ha saludado con efusividad. No obstante, es uno de sus jugadores que consiguen marcar -nunca mejor dicho- a sus aficionados pese a estar poco tiempo, con ellos. En el caso concreto de Montella, apenas tres temporadas, más otra más al final de su carrera.

Napolitano de origen pero crecido en la cantera del Empoli, Vincenzo Montella, tras pasar un año en copropiedad en el Genoa en Serie B, fichó por la Sampdoria, que pagó 8.500 millones de liras -más de 4 millones de euros por sus servicios en el verano de 1996. Una inversión justificada.

Montella, que ya había convertido la celebración del Aeroplanino en una de sus señas de identidad, voló 54 veces en Marassi. Fue el mejor debutante de la historia por cifras goleadores en su primer año en Serie A, con 22 goles, solo por detrás de Inzaghi, entonces en el Atalanta, en la tabla del capocannoniere.

El año siguiente el Aeroplanino mantuvo su marca en 20 goles y el posterior, pese a pasar una parte de la temporada lesionado, anotó 12 tantos. El equipo descendió, fue vendido a la Roma con el consabido éxito y el Scudetto y antes de retirarse tuvo tiempo para pasar una temporada en la Samp, con la que anotó otros cuatro goles más.

Inmediatamente después de su retirada, Montella comenzó su carrera en los banquillos, que hasta ahora se puede calificar de exitosa. Al menos por medios disponibles. Tras entrenar a uno de los equipos juveniles de la Roma, fue llamado para sustituir a Ranieri a comienzos de 2011. Dejó al equipo sexto y sensaciones demasiado ambiguas como para que el nuevo proyecto americano que empezaba en el club giallorosso confiara en él. Luis Enrique ocupó su puesto ese verano.

En Catania lanzó su carrera en los banquillos. Solo una temporada, suficiente para convertir a él y a su equipo en la revelación de la temporada, especialmente por nivel de juego desplegado. Apoyado en la base argentina de la plantilla (Bergessio, Gómez, Almirón, Spolli, Barrientos) más Lodi y Legrottaglie, consiguió el récord de puntos del equipo etneo -luego superado por Maran- con un estilo propositivo, efectivo en defensa pero con querencia por el toque de balón.

A Montella le llamó la Fiorentina, donde trasladó ese estilo al equipo viola, entonces carente de rumbo. Borja Valero se convirtió en su extensión sobre el campo para ejecutar su idea asociativa de juego y, con Jovetic primero y Giuseppe Rossi después en ataque hizo de la Fiorentina uno de los equipos más atractivos del campeonato. El bel calcio que ya se había intuido en Sicilia, se consolidó en la ciudad más propicia para el arte.

 

Hubo dos lastres esenciales en su etapa en la Fiorentina: las lesiones de sus jugadores clave, especialmente Rossi; y la falta de competitividad de su defensa en los partidos importantes. El resultado fueron tres buenas temporadas por juego y resultados pero una cierta sensación de amargura y estancamiento al no conseguir nunca el objetivo Champions: terminó las tres temporadas en cuarta posición, aunque cada año que pasaba más lejos del objetivo.

Su salida este verano de la Fiorentina fue poco convencional. Pese a la estabilidad que se respiraba en el club florentino, la relación entre Montella y Della Valle se truncó: el técnico napolitano coqueteó con otros equipos -especialmente el propio Napoli- y el presidente de la Fiorentina optó por la vía rápida ante el repentino enrarecimiento del ambiente: un despido con duras palabras.

“Nos habríamos esperado del entrenador un comportamiento más claro y respetuoso y menos ambiguo ante este club y estos aficionados que tanto le han dado”, expresaba el comunicado oficial de su marcha. Aunque eso sí, Montella no guarda rencor, como se ha apresurado a concretar nada más cerrarse su retorno a la Sampdoria.

Después de resolver el contrato que había pendiente con la Fiorentina -aun le quedaban dos años- Massimo Ferrero anunciaba con su habitual histrionismo la buena nueva: Montella es el nuevo técnico de la Sampdoria, tras el rápido fracaso -uno más en Italia- de Walter Zenga. Tiene mimbres de nivel -Eder, Soriano, Fernando, Muriel, Correa- pero falta profundidad y continuidad en el equipo. Con Montella, y el bel calcio que ya lleva asociado su nombre, la aspiración será el sueño: volver a Europa para quedarse.

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