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‘Mikasa’, un balón con nombre propio

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La mejor demostración de que una marca ha alcanzado la cima se produce cuando se usa el nombre de esta para referirse a un producto de forma genérica. Así, por ejemplo, pese a los esfuerzos de la competencia uno pedirá en el bar una ‘Fanta’ o se tomará cuando le apetezca un ‘Chupa chups’.

Para que esto suceda se deben dar una serie de condicionantes, principalmente que sea un objeto único y bastante popular. Y más mérito tiene cuantos más sustitutivos hay o más trascendencia posee ese elemento. En el fútbol hay un caso muy llamativo porque balones hay muchos, pero solo un ‘Mikasa’.

Nike y Adidas, entre otras, han mantenido un pulso sin tregua para copar el mercado de la ropa y el material deportivo pero durante años tuvieron que soportar como una compañía japonesa les ganaba por la mano a la hora de vender esféricos para el deporte rey en sus escalones más modestos.

Los gigantes lanzaban al mercado verdaderas obras de ingeniería, coloridas y repletas de cámaras de aire que situaban en el escaparate que suponían los grandes eventos. Eran las pelotas oficiales, esas con las que jugaban los astros en los Mundiales o la Eurocopas.

Sin embargo nada podía competir con la fiabilidad de un ‘Mikasa’. Disfrazado de blanco y negro como los clásicos, su vida útil era la gran herramienta de seducción para los clubes que año tras año recibían a centenares de chavales más o menos aptos a los que veían subir categoría tras categoría. Los demás balones eran para el parque pero cuando se pasaba a lo serio, ahí estaba él.

No era agradable al tacto, solía estar duro, emitía un sonido seco más cercano al de una pelota de playa… pero nadie lo ponía en cuestión. Todos los fines de semana aguardaba fiable en jornadas maratonianas que iban desde las ocho y media de la mañana hasta las tres o las cuatro de la tarde. Y cuando el último árbitro emitía el silbatazo definitivo, reposaba en un cuarto desvencijado para ser reutilizado en los entrenamientos.

Era, en cierta medida, autosuficiente. Nadie sabía cómo, pero siempre estaba inflado. Ninguno entendía de qué manera, pero se despojaba de las capas de barro como por arte de magia. Le golpeaban con fuerza, sobre todo aquellos que en algún momento habían recibido su impacto en un muslo en una gélida mañana de noviembre que luego era tratado con ‘Reflex’ (otra de esas marcas con ‘identidad’), pero no sufría deformación alguna. Hacía efectos extraños, aunque siempre llegaba a su destino.

Había algo de milagroso, algo de romántico. Los futbolistas tenían con él una relación que caminaba por esa delgada línea que separa el amor del odio. Pese a ello todos lo asociarán a una época feliz, donde se jugaba con pasión y sin presión. Muchos de los que hoy ingresan miles de millones en sus cuentas corrientes dieron sus primeras patadas a uno de ellos cuando vivían amparados en el anonimato, rodeados de sus amigos del barrio.

Lamentablemente los tiempos cambian y ahora ha comenzado a ser un objeto en extinción. Los campos de hierba le han ganado terreno a los de arena y, en los pastos más verdes, no hay sitio para lo tradicional. De hecho la propia empresa nipona ha comenzado a doblegarse a las nuevas exigencias y poco a poco deja de lado aquellos modelos que le dieron fama. Pero nadie podrá acabar con la tradición oral, con las historias de quienes un día lo llevaban al fondo de las mallas soñando con llegar a ser profesionales. Su recuerdo, como el propio ‘Mikasa’, será indestructible.

Foto principal: Santuario Agencia

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