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Michael Laudrup, grande en silencio

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No me podía creer que hubiese firmado por el Real Madrid. Tampoco la gran mayoría de los aficionados culés. Yo en 1994 solo era un chaval que llevaba disfrutando de algo hasta ese momento inusual: el dominio absoluto del Fútbol Club Barcelona. Recuerdo que al día siguiente de ver la noticia en televisión, un amigo, también de sentimiento blaugrana, me confesó que aquella noche había tenido una pesadilla. En nuestro propio barrio, un coche descapotable circulaba por las calles. En la parte trasera, Michael Laudrup, sentado en el respaldar, con los pies en el sillón, repartía camisetas de su nuevo club. Resulta tan absurdo que ahora lo pienso y no puedo evitar reírme. Pero en cierto modo aquel sueño explica hasta qué punto nos hizo daño a tantos jóvenes que teníamos al danés como gran ídolo. Vino a ser algo así como la primera vez que un ser querido te traiciona, porque a esas edades aún nadie ha tenido la oportunidad de romperte de verdad el corazón.

Michael Laudrup llegó a la Ciudad Condal por la puerta de atrás, tras haber jugado los seis años anteriores en Italia, quizás algo frustrado tras no haber podido demostrar su verdadero potencial, y se convirtió en el héroe de muchos. Aún recuerdo aquella pancarta en el fondo del Camp Nou que rezaba aquello de “Enjoy Laudrup”. Porque al Camp Nou se iba a disfrutar del nórdico. De sus pases al hueco sin mirar, de sus croquetas, de sus controles. En el denominado Dream Team nadie ponía más fantasía que aquel diez que lucía el nueve (y que me perdonen los fans de Romario).

Pero vayamos más atrás…

La historia de Michael no es la de un niño de favelas que tanto nos gusta. Ni la de un muchacho con problemas escolares que ve en el deporte su vía de escape. Para nada. Su padre, Finn, y su tío, Ebbe Skovdal, habían sido futbolistas de nivel, de modo que siempre respira fútbol. Por tanto, crece en el seno de una familia acomodada, y es el jardín de su casa su primer campo de entrenamiento. Allí, divirtiéndose con Brian, su hermano menor, nace su capacidad para el regate, virtud que tan poco esfuerzo parece requerirle durante toda su carrera.

Siendo Finn jugador-entrenador del modesto Brondby, los hermanos se unen a su cantera. Pero cuando en 1976 el padre de familia ficha por el Kobenhavns Boldklub (más conocido como KB), de primera división, Michael sigue sus pasos. Curiosamente, Michael debuta en el primer equipo justo en la temporada en que Finn opta por regresar a su antiguo club. Culminado el ascenso a la máxima categoría con el Brondby, Finn, que por entonces tenía 36 años, decide colgar las botas. El hueco que deja libre será ocupado por Michael, quien regresaba así a la que consideraba su casa.

En 1982 Michael es nombrado Futbolista Danés del Año, lo que atrae a numerosos ojeadores de toda Europa. Juventus y Liverpool ofrecen un contrato al joven, pero los Reds en el último momento tratan de modificar el acuerdo (pasando de tres a cuatro el número de años del mismo) por lo que Michael se decanta por la Vecchia Signora. El shock llega cuando, tras aterrizar en el país transalpino, le comunican que va a ser cedido a la Lazio, debido a que sólo podían formar dos extranjeros por escuadra en la Serie A. Pasa pues dos años en Roma, que a nivel colectivo resultan desastrosos, pero que le sirven para madurar y ser incluido (esta vez sí) en la primera plantilla de la Juve. En su primer año como bianconero, continuas lesiones le impiden tener continuidad. A pesar de ello, el equipo, liderado por Michel Platini, se alza con el título.  La retirada del galo, en 1987, coloca a Laudrup como el gran referente de conjunto, pero con la presión añadida de sustituir a un triple ganador del Balón de Oro. Puede que esta fuera la causa que no permitió al danés dar lo mejor de sí mismo, pese a mostrar en las instalaciones de su club que las aptitudes estaban ahí. “Michael es uno de los mayores talentos de todos los tiempos. El mejor del mundo en el campo de entrenamiento, pero nunca utilizó su talento al máximo durante los partidos”. Michel Platini dixit. Probablemente haya sido ésa es la sensación que quedaría en Turín.

En mayo de 1988, el Barça recurre al hombre que había puesto fin a una sequía de 14 años allá por los setenta. Johan Cruyff, un tipo con una visión especial, decide apostar por un Laudrup que parecía perdido para la causa. El danés considera que un cambio de aires puede sentarle bien y un entrenador como Cruyff, en una liga diferente, quizás entienda mejor su juego. Ambos dieron en la diana. El Barça cambió para siempre su mentalidad con el neerlandés al mando de la nave y Michael encontró es espacio idóneo para crecer y explotar definitivamente su potencial. Como pieza fundamental del Dream Team y jugador más influyente en el nuevo estilo impuesto por Johan, encadena hasta cuatro títulos ligueros consecutivos y logra hacer historia, llevando por fin a las vitrinas culés la ansiada Copa de Europa. Junto a Hristo Stoichkov y Ronald Koeman forma el trío de internacionales más decisivo del mundo, heredando tal honor del terceto tulipán del A.C. Milan de finales de los ochenta (Gullit – Rijkaard – Van Basten).

Tengo grabadas en mi memoria aquellas imágenes, emitidas en El Día Después, cuando los micros a pie de campo comenzaban a estar de moda y nos aportaban nuevos elementos. Era un partido en el que el Barça no pasaba del empate. Cruyff llamó a Laudrup para darle unas instrucciones que involucraban a todo el ataque. Al ver que no funcionaron, volvería a reclamarlo: “Michael, arréglalo tú”. En su libro Mis futbolistas y yo, Johan asegura que nunca entrenó a nadie con más talento, y que se enfadaba con Michael porque lo desaprovechaba. Según él, era imposible quitarle el balón, de modo que no entendía cómo no avanzaba hasta el área con él en los pies: “está claro, gol o penalti”. Pero Platini tenía la clave: “Michael tenía todo excepto una cosa: no era lo suficientemente egoísta”.

Desgraciadamente (para los aficionados blaugranas), la relación entre Cruyff y Laudrup se fue deteriorando. Romario había llegado para formar un póker de foráneos majestuoso, pero la norma de no poder alinear a más de tres en liga al mismo tiempo y convocar a dicho número en competición europea, fue perjudicando al danés. Se hizo cada vez más habitual verlo partir desde el banquillo con el ‘14’ a la espalda (dorsal que Cruyff, por motivos obvios, reservaba para su mejor hombre fuera del once inicial) o sentado en la grada. El punto álgido de este encontronazo tendría lugar en la final de europea frente al Milan de Capello, quien infringió un serio correctivo al Barcelona. Al concluir eel partido (4-0 favorable a los rossoneros) Fabio Capello diría que “Laudrup era el tipo que temía, pero Johan lo dejó fuera y ése fue su gran error”. Algo de cierto debía haber en las palabras del técnico italiano, puesto que el mismo Romario, quien apartó de la titularidad a Laudrup, lo acabaría considerando “el mejor jugador con el que he jugado y el cuarto mejor en la historia del juego”.

Michael valoraba mucho lo logrado. Echando la vista atrás afirma que: “creo que jugamos un fútbol muy bueno y que sobre todo demostramos que incluso sin tener a ninguno de los diez mejores jugadores del mundo, puedes tener el mejor equipo. Porque todos hablan ahora de Begiristain, Bakero, Guardiola, Stoichkov y Koeman, pero cuando nos unimos ninguno de nosotros era el mejor jugador. Y con el tiempo nos convertimos, quizás, en el mejor equipo del mundo del momento, junto con el A.C. Milan”. Sin embargo, sentía que su tiempo en Barcelona había terminado.

Así que llegamos al punto de partida del texto. El día del mal sueño hecho realidad. No sé cuánto había de rencor en Michael. Cuando se le preguntó acerca del movimiento, bromeó asegurando que simplemente quería un cambio en su carrera y que el proyecto de Real lo atrajo. Personalmente entiendo si había ánimo de revancha. Tal vez por eso la mayoría de los culés acabaron, si no olvidando, sí que minimizando su movimiento. Tal vez por ello, y por la dignidad que lo había acompañado como jugador.

5-0. Es el resultado mágico. Lo disfruté en la 93-94. Lo sufrí en la 94-95. Michael Laudrup formó parte del equipo vencedor en ambas ocasiones. Paradigma del cambio. En el encuentro como blanco, en el aire podía respirarse la sensación de que Michael lo condicionaba todo. Los jugadores blaugranas habían sido testigos de su magia, de su capacidad. Cuando sonó el silbato, un hombre se embarcó en una misión: poner de manifiesto el error que habían cometido en Barcelona dejándolo escapar. Laudrup parecía poseído. El propio Cruyff pronunciaría unas frases lapidarias: “Cuando Michael juega así, parece un sueño, una ilusión mágica. Estaba decidido a mostrar a su nuevo equipo sus habilidades. Motivado, nadie en el mundo se acerca a su nivel”. Y el Madrid fue una apisonadora. Hace poco he podido revivir el duelo y confieso que la masacre pudo haber sido mayor. Ese triunfo sentó las bases a partir de las cuales el Madrid conquistaría el título, manteniendo su ventaja en la tabla hasta el final.

Una de las virtudes de Laudrup fue la de hacer mejores a sus compañeros. Iván Zamorano ganó el trofeo Pichichi con 28 goles esa temporada y es justo decir que sus tantos fueron claves en aquella liga. No cabe duda, pero no parece una coincidencia que Michael Laudrup ganase el título con el Real Madrid después de haberlo ganado las cuatro temporadas anteriores con el F.C. Barcelona. “La razón por la que hago tantos goles es él”, contestó Zamorano al ser preguntado. Raúl también se refería a él como el mejor con el que había jugado. Lo peor para un seguidor azulgrana fue ver repetidas jugadas que creímos únicas. Aquel pase de cuchara a Romario frente al Osasuna volví a verlo con Raúl contra el Betis como ejecutor. La magia del Michael tenía a Amavisca o Zamorano como nuevos receptores, del mismo modo que antes lo habían sido Hristo o Txiki. Todo era igual, pero en la otra acera. Por fortuna, el calvario duró poco. Tras dos temporadas en Chamartín, Michael emigró a Japón, para enrolarse en las filas del Vissel Kobe, antes de colgar las botas ganando la liga holandesa con el Ajax.

Atrás quedarían todos esos pases milimétricos mirando hacia otro lado, la belleza en unos regates que en los últimos tiempos hemos visto hacer a Andrés Iniesta (croquetas) o Leo Messi (en parado, cuando espera a que sean los rivales quienes den el primer paso, dejándolos clavados al ponerse en marcha), su fantástico juego entre líneas, la lectura privilegiada de lo que ocurría sobre el verde… Michael enseñaba la bola a su defensor, ridiculizándolo cuando éste se lanzaba a por ella. Verlo arrancar principalmente desde el lado izquierdo recuerda a otros que han aprovechado su calidad para jugar a banda cambiada para sacar partido a su disparo. Michael cambiaba el ritmo en el momento menos esperado. Trotaba, hipnotizando a su par, hasta que aceleraba en el instante menos esperado, para volver a frenarse y dejar que pase de largo. Michael arrastraba a contrarios a zonas incómodas para ellos. Fue lo que hoy llamamos un falso nueve y fue a la vez un mediapunta que se tiraba a los costados, creando espacios que podían ser ocupados por sus compañeros. Michael fue un maestro en la conducción del esférico, siempre con la cabeza levantada y manteniendo una visión clara de lo que le rodeaba en todo momento. Y pese a todo, Michael nunca obtuvo el reconocimiento mediático que seguro merecía. Vio apagarse a leyendas como Platini y Maradona y crecer a mitos como Baggio y Zidane. Él, en cierto modo, fue el puente. Seguramente el mejor futbolista entre un tiempo y otro.

Nunca ganó el Balón de Oro. Pero sí algo más importante, el respeto de los suyos. Una vez, a Roberto Galia le pidieron opinión sobre el danés: “He jugado contra Maradona, Platini y Baggio . Pero el jugador que vi hacer las cosas más indescriptibles fue Michael Laudrup”. No puede ser casualidad que tantos compañeros de profesión estén de acuerdo. Igual Franz Beckenbauer acertó: “Pelé fue el mejor en los años sesenta, Cruyff en los setenta, Maradona en los ochenta y Laudrup en los noventa”. Igual…

Se me ocurre una cosa para cerrar este texto: denle al play y ENJOY LAUDRUP.

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