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Messi tumba el muro

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Enésimo regalo, inevitable sonreír. Guardiola cerró los ojos. El aliento abandona el cuerpo y decimos que el hombre ha muerto, pero esto es sólo el comienzo de la muerte, porque su acción prosigue en otros planos. Cuando el cuerpo está rígido y los ojos cerrados, todas las fuerzas del cuerpo y de la mente se precipitan a través del cerebro y por una serie de imágenes, la vida entera que apenas acaba de terminar, queda indeleblemente grabada en el hombre interno, no solamente en una forma general, sino también hasta en los más mínimos y fugaces detalles. Los cerró y de qué manera, el golpe era inmediato, o bueno, más bien reciente. Cerró los ojos de la misma manera que cuando vio aquel túnel sobre Milner el pasado mes de Febrero. La muerte era próxima y los mínimos y fugaces detalles zozobraban por su mente. Una evocación al pasado demasiado dañina, el pasado anhela lo vivido y tiende a ensalzarlo. Fue duro, demasiado. Más duro que la ruptura de su primer amor en los veranos jóvenes por Santpedor o el día que decidió desabrocharse el cinturón y salir ovacionado del coliseo.

Anochecía en Barcelona y el público bajo el lema “We are ready” abarrotaba el estadio, expectantes ante la llegada de un hombre que fue niño pero siempre con un mismo corazón, blaugrana. Llegó casi el último, sin hacer mucho ruido y dio la señal para que comenzará la obra. Papel, boli y a trabajar. El Bayern salía de inicio con un 3-5-2, acción que permitía adelantar sus líneas para dificultar la salida de balón blaugrana. Con esto, buscaba hacerse dueño y señor del partido bajo el control del esférico. Pero Guardiola olvidó, parecía desconocer que este Barça no tiene cobijo, es huérfano de estilo y a la vez huésped de todos. La capacidad para dominar las distintas fases del partido, lo hacen diferente. Con Luis Enrique, las transiciones se realizan en un abrir y cerrar de ojos y en apenas quince minutos, el equipo disfrutó de dos ocasiones para abrir la lata. Estaba Neuer.

 

Estaba dicho y una vez visto, Guardiola como buen sabio, rectificó. Cambió a cuatro defensas, fortaleció la zaga y la zona de medios quedo un poco menos despoblada que de inicio. Con esto, vino la guerra. El partido acogió un ritmo impropio de hombres nobles y respetuosos. No hubo miedo hasta el intermedio, solo hambre y ganas de hincar el diente. El intercambio fue constante y pese a no realizar ningún tiro a puerta, el Bayern también olió sangre. Al término de los primeros cuarenta y cinco, hubo contacto pero no heridas. Ambos salian vivos y Neuer, por el momento, era el único muro que separaba al Barcelona de Berlín. Inconmensurable por partida doble dejando atónitos, exhibición una vez más del guardameta alemán. Con miedo o sin el, permitirse a uno mismo ser movido por el alma salvaje de otro, es un acto propio del amor y exclusivo del más puro juego balompédico. Anticipativo en todas las acciones.Con el reinicio de la segunda vuelta, no cabía dentro de la lógica del ser humano mantener el ritmo de los últimos veinte del primer tiempo. El partido asentó las bases y el respeto comenzó a ser una evidencia. En el Bayern resultó demasiado notorio, las bajas de sus extremos. Un grito a la ausencia, la gambeta quedó en el olvido. No hubo nadie capaz de atacar por los costados. Llegaron centros, también es cierto que el equipo se movía por los costados, pero el verdadero peligro, la gambeta con el posterior tiro nunca estuvo. No hubo nadie de marcar la diferencia.

 

El Barcelona, por el contrario, acusó de ella. Llegaba con peligro, había gambetas y jugadores para ello. Pero primero Suárez y posteriormente Neymar estuvieron erráticos en las ocasiones más claras para el conjunto culé.Partido de colosos. A un lado, me atrevo a decir el mejor portero del momento y al otro una de las mejores defensas. En un partido de ida, donde lo rocambolesco ya había acontecido faltando el respeto a partes iguales parecía que tras la tormenta, la calma reinaría cumplida la hora larga de partido. Y atendiéndonos a los clásicos, cualquier acción, despiste o pequeño detalle podía marcar la diferencia. Alves, notable en la noche de hoy, pisaba zona de peligro antes de asistir a Leo. Y desde allí, desde el flanco derecho, se hizo la brecha. No hubo rosca alguna, fue un látigo, seco y abajo, fuera del alcance del portero. Guardiola cerró los ojos, era como aquel primer beso de aquella muchacha de Santpedor que no acababa en su boca. Inexperimentado, inhóspito. Sabía lo que era un beso, pero no había oído hablar de estos. Una sensación extraña.

 

No dio tiempo casi para pensar. Messi se internaba en el área otra vez por la derecha, le dislocó la cadera a Boateng con la izquierda y terminó de romper el muro con un golpe suave con la derecha. Solo los genios pueden hacerlo. La suavidad cobra más importancia que de costumbre por el oponente. Limpio, suave, con frescura. Es necesario descubrir la grandeza que nos ocultan las cosas pequeñas. La capacidad de hacer sencillo lo complicado, de solucionar ecuaciones algebraicas con una simple suma y de hacer temblar el globo terráqueo con un sencillo giro de cadera, esta vez, Jerome acabó sentado, le faltaban las palomitas viendo el desenlace de una tragicomedia con tintes románticos. Guardiola volvió a cerrar los ojos, esta vez dolió más. Era la muerte que ya llamaba a la puerta. Aquella mujer que el Pep le enseñó a vivir, marchaba de la mano con otro. El creador se quedaba sin su invento.
Y el desenlace fue cruel. Con el tiempo casi cumplido, Suárez arropó el balón con el cuerpo, Messi asistió y Neymar mató. No hubo muro capaz de frenar a Messi. Berlín a la vista. El aprendiz mató al maestro. Un hombre que le costará conciliar el sueño en una noche donde todo vuelve a la mente. La ha vuelto a ver, a aquella muchacha de los veranos de Santpedor, apareció con su melena. Y el recuerdo hizo mella. Pero es inevitable, todos sonreímos y Guardiola entre tanta tragedia, se le dibuja una pequeña sonrisa con eso de que el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren.

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