Tenis

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Mentirle al tiempo

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En Londres, la Catedral asiste a la resurrección de su Dios. Desprende un halo de felicidad contagiosa. La hierba acrecienta su pasión. Su amor a este deporte no lo envió Cupido, no. El flechazo es innato.

La esencia del tenis de Roger Federer es fragancia adormecedora para un Cilic que dura cuatro juegos. Los que tarda el suizo en enviar las mariposas a paseo, lo que tardan en aposentarse los feligreses a una revelación mística. Hoy Federer es un hombre que decide lo que es suyo cómo y cuando quiere.

Leer más: Federer salta a una nueva dimensión con su octavo Wimbledon

La impotencia se apodera del croata. La cascada interna se exterioriza porque el escenario va más allá de la metafísica; porque delante la Historia pesa demasiado. Es lógico y humano.

Federer se agarra al césped como un imán a su polo opuesto. Levita sobre él. Clama al cielo con un latido que reverbera en medio de la misa en la que Londres dice amén. Porque no queda otra que genuflexionar ante la eternidad vestida de presente. A nada que uno entienda lo mínimo de tenis se dará cuenta que lo de hoy no tiene nombre. Es indómito.

Wimbledon es la rendición a una figura indomable. Con 35 años, Federer tiene la mejor de las mentalidades: la del principiante; la que solo entiende de sueños y en la que cualquier barrera es acicate suficiente como para coger impulso y derribar el muro a golpe de ambición. El helvético no mira las clasificaciones. Construye su hoja de ruta por quimeras. Solo le importa la diversión. Y bendita diversión…

A Cilic solo le queda aplaudir. Como al resto. Porque el que no aplauda a Roger Federer no le tiene respeto a este deporte. El suizo sigue construyendo su legado impávido al paso del tiempo. “Os hubierais reído, si os dicen que este año ganaría dos Grand Slams”, bromeó ante los medios.

Los días son nuevas oportunidades; las horas, migas con las que se alimentan nuevas generaciones venideras. La clase magistral del de Basilea -que no perdió ni un set en el camino hasta el título- es caviar tenístico.

La ciudad que baña el Támesis fue testigo del recuerdo. Como aquel 2003 lejano. Como el último 2012. No hay color. Federer vuelve a dejarnos en blanco.

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