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Memorias del Pro Evolution Soccer

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Yo era un imberbe e inocente niño de apenas 8 años pero mi sentido común me decía que Facu, Ravoldi, Ronarid y Naldarinho no eran jugadores reales. Mi primer gran recuerdo futbolístico se remonta a Corea y Japón 2002. Con los años descubriría que fueron lo más real y auténtico que pude disfrutar.

Las lágrimas desconsoladas de un chiquillo que sentía cómo un juez de línea le arrebataba cruelmente una victoria ante el equipo local, sintiéndolo como suyo, y una exhibición. Sobre todo una exhibición. La de Brasil en la final ante Alemania. El peinado de Ronaldo. El golazo de Ronaldinho a Seaman. Una selección que encandiló a una generación.

Un flashback tan necesario como revelador que une a los extraños antes de mi inicio con estos bailarines de la pelota. La infancia de un niño nacido en los ’90 era una infancia feliz, verdadera, y muy distinta a la de un millennial. La tecnología no iba más allá de teléfonos del tamaño de un ladrillo que, vaya locura, tan solo servían para realizar llamadas y televisiones con un abanico de canales irrisorio para cualquier niño hoy en día. Y no había youtubers, ni influencers, ninguna de las excentricidades moderna que hoy disfrutamos. El entretenimiento dependía, en gran medida, de la imaginación. ¿Pobre niños, eh?.

Me gustaría volver a Ravoldi, mi jugador favorito. Cuando la modernidad tecnológica brillaba por su ausencia, cualquier estímulo te sorprendía. Y ese fue mi nivel de admiración la primera vez que jugué a un videojuego de fútbol. Allí estaban ellos: Ravoldi, Naldarinho, Ronarid y compañía. Por supuesto, la lucha por utilizar a Brasil aun con los nombres sin licencia era encarnizada en el salón de casa de mi primo menor y como la edad siempre se impone, eso no ha cambiado en la actualidad, me salí con la mía. Perdí de paliza, pues era mi primera vez, pero quedé prendado del Pro Evolution Soccer.

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Con el paso de los años evolucionó y nos brindó de horas, días, años de diversión. Era el videojuego perfecto. Su jugabilidad y posibilidades para editar, crear y desarrollar tu imaginación lo hacían no tener rival hasta que la tecnología equiparó al FIFA de unas posibilidades similares, muchos más equipos y el problema de las licencias no se solucionó en el PES. Hoy en día la situación es bien distinta. Es el FIFA quien domina el mercado y el PES se ha quedado obsoleto, en una continua renovación e innovación por recuperar la vanguardia que un día instauró.

Los niños de hoy en día no podrán jugar con Ravoldi, Ronarid o Naldarinho. No podrán disputar la final de una Copa Konami en el Estadio Palo o el Red Cauldron. No podrán fichar a Castolo, Minanda, Espimas o Ximelez. No podrán pasar horas y horas editando logos, camisetas, jugadores… no podrán celebrar un gol para que a los 30 segundos el comentarista diga: “nooo, ha sido fuera de juego”. No podrán leer “ha entrado a la banquilla”. No podrán comprar un videojuego con un árbitro en la carátula. No podrán jugar con el Pes United, ni con futbolistas sobre avestruces o con cabezas gigantes de perro. Era el imperio de la imaginación. La diversión pura e inocente de un niño.

En definitiva, no podrán disfrutar de una saga perfectamente imperfecta que nos ha deleitado a más de una generación. Cuando los juegos no se hacían buscando la perfección estética, sino la diversión del jugador. Porque, al fin y al cabo, como dijo Samantha Vallejo-Nágera sobre su fundación y los niños con Síndrome de Down: “No hemos nacido para ser perfectos. Hemos nacido para ser felices”. Y no imagino frase con mayor razón que esta para resumir nuestra existencia. Larga vida al Pro Evolution Soccer. Mi juego.

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