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Me llamo Josh

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“¡Hola a todos! Me llamo Joshua O’Neal Jackson, pero todos me llaman Josh. Nací el 10 de febrero de 1997. Algunos habréis oído hablar de mí. He sido campeón mundial en categorías inferiores con el USA Basketball y una estrella de instituto. Soy el último MVP del ‘McDonald’s All American Game’. Y acabo de comenzar mi primer curso en la universidad. He elegido Kansas, donde tendré como compañero a Malik Newman (atentos a este chico, promete). Dicen que si decidiera presentarme al draft de 2017 sería una de las 5 primeras elecciones. ¿No está mal, verdad? Supongo que he trabajado muy duro. Y lo seguiré haciendo. Pero antes de que vayáis a buscar vídeos míos o información, me apetece presentarme, puesto que si las cosas van según lo previsto, seremos habituales en las noches de baloncesto de años venideros.

Mi vida no ha sido un camino de rosas, ni mucho menos. Algunas personas comentan que no suelo mostrar emociones. Que charlamos y miro directamente a los ojos, pero no gesticulo. Por lo visto soy un tipo frío. Tal vez se deba a mi pasado. Es por ello que me refugio en cualquier cosa que huela a competición. A veces, en los hoteles, salgo al vestíbulo en busca de rivales. No, no es lo que pensáis. ¿Cómo voy a echar un partido de básket en un hall? No os lo creeréis, pero me apasiona el ajedrez. Creedlo. Me gusta porque el ajedrez te hace más rápido mentalmente, debes anticiparte a los pensamientos del contrario. Es algo que se puede aplicar a cualquier juego. Mi padre (en realidad mi padrastro, pero para mí siempre será mi padre) me enseñó a jugar…

Estaría en tercer grado y nadie conocía las reglas. No sé por qué motivo, a mí me llamaba mucho la atención aquel tablero. Así que mi padre me instruyó, y yo luego traté de explicar a mis amigos de qué iba eso. Me gusta pensar que tuve algo que ver con la pronta creación de un club en la escuela. En casa pasaba horas tratando de vencer a mi padre. Jamás lo logré. Jamás lo lograré. Un día, estando yo en Las Vegas, debido a que participaba en un torneo, me llamaron para contarme que había fallecido. Un ataque al corazón apagó su luz para siempre. Recuerdo cómo lloró mi madre, una mujer dura donde las haya. Fue impactante. Desde aquel momento ambos lo extrañamos muchísimo, pero entonces supe que debía continuar con mi vida, actuando tal y como él me había enseñado. Al fin y al cabo, fue una persona clave en la construcción de mi personalidad. Que nunca le ganase me hizo crecer, ser más competitivo, mejor. Y la vida, más allá del deporte, es así en todos los sentidos: hay que crecer cada día para poder hacerle frente. También la muerte de mi padre fue mitigada parcialmente por sus lecciones. Me repetía constantemente que debía preocuparme por las cosas que puedo controlar, que no me encerrase tratando de solucionar lo que se escapaba de mi control, porque en mi vida habría un montón de cosas incontrolables. Debemos priorizar, y enfocar correctamente.

Josh Jackson, en suspensión (Kansas) | Getty

Josh Jackson, en suspensión (Kansas) | Getty

¿Sabéis? No fue la primera vez que un fallo cardíaco se llevó a alguien cercano. Al Anderson fue mi entrenador en el ‘Consortium College Prep School’ de Detroit, antes de trasladarme a Napa (California) para jugar el tercer y cuarto año en el ‘Justin-Siena High School’. Entonces los jugadores referentes del equipo éramos Vicente Hunter (os sonará porque ha sido profesional en Grecia) y yo. Vicente se encargó de reclutarme, como jugador veterano del conjunto (me lleva algunos años), y acabó siendo un gran compañero para mí. En 2013 sabíamos que el coach estaba teniendo problemas coronarios, y que a veces se ausentaba para ir a revisiones o porque se presentaba alguna complicación. Una tarde recibí un aviso telefónico de otro colega, en el que me comentaba que este había tenido que ser llevado a un hospital. Me lo tomé como en otras ocasiones, sin excesiva preocupación. Sin embargo, la siguiente llamada no fue como las anteriores. Al se había ido. Vi a Vicente hundido. Me acerqué y le ofrecí mi apoyo. Es curioso, él era mi protector, pero en esa ocasión fui yo su sustento. Decidimos no cancelar partidos, seguir con el calendario. Nuestro entrenador no lo hizo nunca mientras estuvo enfermo. Era una manera de honrar su memoria. En mi mente estoy seguro de que actuamos como él hubiera deseado. En el primer partido después de su fallecimiento ganamos de paliza.

Otro hecho trágico continuó forjando mi carácter. Unos 6 meses después de despedir a mi padre, estaba en Creta. Formaba parte de la selección sub-19 que acabaría imponiéndose en el mundial. Un rato antes de un partido sonó mi móvil. Otra maldita llamada. Un primo mío (que además era mi mejor amigo) había sido asesinado a balazos tras una discusión. No sé si estaba metido en algún jaleo, pero nunca aceptaré la violencia como recurso; no tiene sentido. Decidí jugar aquel día. Y el resto del campeonato, pese a que llegué a considerar volver a casa cuando recibí la noticia. Por el contrario, expliqué lo ocurrido a mis camaradas y traté de centrarme, apartando el odio, el enfado. Mi primo no habría dejado que abandonase. Estaba compitiendo ante los mejores del mundo por algún motivo, jugando al baloncesto por alguna razón… De vuelta a Estados Unidos intenté ver más a la gente a la que amo. Nunca sabes cuándo va a ser la última ocasión de estar con ellos. No tuve la oportunidad de decirle a mi primo que lo quería…

Me resisto. Las tragedias no van a superarme. No van a conseguir que me cierre, que me venga abajo. La agresividad, en la cancha. Toda la necesaria. Fuera, me niego. No podrán con mi mente. Además, son parte del camino. Y en mi pasado no son todos episodios oscuros. Ya os he hablado de mi madre. Bueno, pues es otro pilar importante. Cuando era pequeño, odiaba la escuela, pero ella me explicó lo necesaria que era mi formación. Es muy dura. Me exprime para que dé lo mejor de mi persona. Y resulta que también jugó a baloncesto. Parece ser que era muy buena, pero no se lo tomó en serio. Pienso que quiere que no repita sus errores y que aprenda de los propios para no volver a cometerlos. Con el deporte de la canasta tan presente era normal que en casa tuviéramos un aro. Se encontraba en el patio trasero y allí jugábamos ambos uno contra uno. Al contrario que cualquier otra madre, ella nunca me dejó ganar (en eso se parecía a mi padre y el ajedrez). No conseguí vencerla hasta que tuve unos 14 o 15 años. Mi novia me mira y dice que siempre estoy tratando de mejorar. No puedo decir que no. Analizo mucho todo lo que me ocurre y me rodea. Tal vez lo haga de manera instintiva, natural. Siento que es un comportamiento que le debo a mis padres

Buscando elevar mi nivel me en 2014 dejé Detroit por Napa. Era un lugar mucho más tranquilo y pude centrarme aún más en el deporte. Existe una academia, llamada ‘Prolific Prep’, que no tiene escuela, pero que se alimenta de otras como ‘Justin-Siena’ (la mía) para conformar sus equipos de baloncesto. Es muy reconocida por formar a grandes jugadores preuniversitarios. Así que era el sitio idóneo para estudiar durante la mañana y trabajar sobre el parquet el resto del tiempo. Allí conocí, además, a una de mis mejores amistades a día de hoy. Un tipo que responde al nombre de Alex Sun. Y sí, como habréis imaginado por su apellido, es de ascendencia oriental. Resultaba curioso ver por el campus a un afroamericano de 2 metros y a un pequeño asiático siempre juntos. Con él descubrí el ping-pong… ¡Más competición! Ya os conté al principio de esta especie de carta de presentación cuánto me gusta eso de retar a los demás. Ya tenía otro medio para ello, además del ajedrez y el básket. Plantear desafíos me sale de manera innata, imagino que enfoco mis energías en cosas sobre las que puedo tener el control.

Bill Self, Kansas University | Getty

Bill Self, Kansas University | Getty

En lo que se refiere únicamente al baloncesto, dicen de mí que tengo algunas similitudes con LeBron James, porque puedo jugar en 4 posiciones diferentes. Que poseo un gran desplazamiento lateral y que me muevo muy rápido. Que destaco defensivamente, pues atesoro una gran habilidad para robar balones o taponar lanzamientos. Cuentan que soy un excelente reboteador, y que ofensivamente soy casi imparable en transición  Que he mejorado mi tiro exterior (algo necesario) y que, aún siendo un gran anotador, no soy nada egoísta en la pista. Sin embargo, yo sé que por delante queda mucho trabajo. Soy consciente de que debo potenciar mi tren inferior, y ganar masa muscular. Entiendo que mi manejo de balón no es todo lo bueno que desearía. Y reconozco que hablo en exceso con los árbitros y que debo controlar las emociones (esas que no muestro fuera de la cancha) cuando los partidos se complican. Espero que Bill Self (mi entrenador en la universidad) sea capaz de pulirme. Todo eso es lo que comentan sobre mí. Y todo eso es lo que puedo declarar yo sobre mi juego.

Pero hoy lo que me apetecía realmente es que conocieran a Josh Jackson, la persona. Y los motivos del jugador. Simplemente por lo que pueda venir. Por si coincidimos durante las próximas décadas… Así pues, encantado.”

Evidentemente esta es una misiva imaginaria. Y tendremos que esperar para ver si se cumplen las expectativas. Pero si yo fuese Josh Jackson, y quisiera presentarme en sociedad, estas serían, más o menos, mis palabras. Porque más allá del baloncestista hay un muchacho con sus luces y sombras. Y casi nunca conocemos el fondo al final del carácter. 

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