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Mayweather vs. McGregor. Más dura será la caída

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Budd Schulberg formaba parte del mundo del boxeo. Por su afición, sus escarceos como boxeador y sus artículos, llevaba tantos años cercano a los rings que muchos de sus textos todavía guardan una pátina de sangre y linimento. Utilizó este bagaje para ofrecernos una de las mejores novelas escritas sobre este deporte, Más dura será la caída, la historia del Toro Molina, un gigantesco argentino con mandíbula de cristal convertido en boxeador por la codicia de los que le rodean: desde Acosta, su representante argentino, a Nick Latka, un hombre de negocios y promotor de boxeo con ética tan relajada que haría parecer a Don King miembro honorario del Rotary Club. Y, sobre todo, gracias a Eddie Lewis, un escritor y especialista en boxeo con pocos escrúpulos, que le forja a Molina una carrera como púgil inexistente y le inventa un futuro encima del ring. A través de una gira por el oeste de los Estados Unidos, el argentino hará frente a peleas amañadas, rivales de papel y crónicas exageradas que promocionarán artificialmente su carrera, con el fin de postularle en el combate por el título de los pesos pesados. La gran pelea con la que todos piensan forrarse.

No necesitó ficcionar la realidad. Budd Schulberg conocía perfectamente el mundo del boxeo y su periferia, y como durante los años 40 y 50 estaba dominado por la mafia, que controlaba las peleas importantes y manipulaba a su antojo las carreras de los boxeadores, para lucrarse a través de las apuestas. Aunque la mafia ya no controle este deporte, en la actualidad existe la misma codicia por el dinero que entonces. El olor a negocio ha convertido este verano una atracción de feria en un combate, intentando aparentar que la pugna entre McGregor y Mayweather es un gran duelo. Como en la novela de Schulberg, los promotores y mánagers han fabricado una pelea gracias a dos personajes mediáticos y una diseñada campaña de ostentación, noticias artificiales y grescas a través de redes sociales. Argucias de este siglo para disfrazar la realidad de un combate que no se sostiene para ningún conocedor del boxeo.

Enfrentar a un luchador de la UFC con un púgil es como medir a un futbolista veloz con un atleta de cien metros lisos. Sus posibilidades son casi nulas. Estadísticamente McGregor tiene ante Mayweather las mismas que quien esto escribe con Jessica Biel. Puede que menos. Básicamente porque Mayweather es uno de los mejores boxeadores de la historia. Porque es un campeón en cinco categorías diferentes que nunca ha sido derrotado y que llega preparado a los combates como un opositor a notarías, sin margen para las sorpresas. Y, aunque no es noqueador, es un púgil que maneja tan bien la defensa que habría bastado ciento cincuenta como él para defender las Termópilas, mientras administra sus golpes como un contable para anotarse un asalto tras otro. Sobraría con esto pero, además, las cosas importantes como el trabajo, el sexo o beber cerveza, exigen un aprendizaje mental, físico o incluso táctico que procede de la experiencia. Un necesario trayecto en el que los diferentes aprietos mejoran el bagaje de cada uno. McGregor llega aquí con el contador a cero contra un rival que desde sus inicios ha destacado por su acierto al leer los combates. Como si se enfrentara Napoleón contra un aficionado al Risk.

Una derrota de Mayweather es tan improbable que pasaría a la historia, al nivel de aquel día en Tokio, hace veintisiete años, cuando Mike Tyson dilapidó ante Buster Douglas un combate, el cinturón de campeón y su leyenda. Nadie la espera. La sensación casi unánime es que McGregor corre el riesgo de que le ocurra como a Sonny Sweet Sullivan, el legendario boxeador creado por José Luis Alvite, y que la mayor parte de las fotos de su primer combate como púgil acaben siendo apaisadas. La diferencia entre una leyenda como Mayweather y McGregor es tan grande que no parece descabellado que lo único que acabe amoratado de Mayweather sean los guantes.

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Por ello, desconcierta el impacto que la pelea está teniendo en los medios y ostente la atención de un combate histórico. En un país como España donde, lejos de épocas pasadas, se suele dar al boxeo un trato casi marginal, los periódicos deportivos y los telediarios no cesan de dar noticias relacionadas con el duelo. Una repercusión inédita si la comparamos con la que tuvo el mejor combate de los pesos pesados en mucho tiempo, el que enfrentó a Anthony Joshua y Vladimir Klitschko el pasado mes de abril. Un alcance al que ni siquiera se acerca la pelea más esperada de este año, entre Canelo Álvarez y Golovkin, dos extraordinarios púgiles de primerísimo nivel y con tres títulos en juego.

Sólo es entendible este circo si asumimos que no tiene nada que ver con el boxeo. Que es un puro negocio sostenido por un combate de bisutería y una brutal campaña de marketing, en el que a buen seguro que ni McGregor ni Mayweather acabarán como el Toro Molina, con llagas en las manos de contar deudas tras el combate, porque ambos púgiles forman parte del tinglado: Mayweather supo elegir bien su oponente tras el combate de los records ante Manny Pacquiao y seleccionó al rival más mediático, el que le garantizaría la atención del público; mientras, McGregor se asegura unos ingresos que nunca alcanzaría en la UFC. Se calcula que obtendrán bolsas de cientos de millones de dólares. Cantidades desorbitadas, a las que habrá que sumar lo que obtendrán mánagers y promotores. Sólo valorando estas cifras es entendible el combate, como un gigantesco negocio. Tan ajeno al boxeo, que no sería descartable que El País le dedicase una portada sin contravenir su libro de estilo.

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