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Maverick Viñales, el pistolero dormido

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Corría el mes de octubre del año 2012. En plena madrugada española, los aficionados más fieles al motociclismo combatían el sueño para no perderse los entrenamientos libres del Gran Premio de Malasia; cuando un inverosímil rumor comenzó a propagarse por las redes sociales.

La ausencia de Maverick Viñales en la primera sesión hizo saltar la mecha. Los minutos pasaban, y la incredulidad se tornaba en estupefacción cuando el rumor dejó de serlo para transformarse en la realidad: su moto no se había movido del box. El piloto español había roto con su equipo y se negaba a saltar a pista, enterrando sus ya ínfimas opciones de título (que fue para Sandro Cortese), y regalando el subcampeonato a su compatriota Luis Salom.
 

 

Aquel día, ese adolescente de peculiar nombre –que debe a la película ‘Top gun’- descendió de golpe a los infiernos de la opinión pública; la misma que se había encargado de catapultar su figura durante el año y medio anterior, en el que había pasado de ser “el chico que corría en el equipo de Paris Hilton” a “la gran apuesta de futuro del motociclismo español”, situado en la línea de sucesión inmediatamente después que Marc Márquez.

Llegó al Mundial con la vitola de campeón de España de 125cc, y tras ganar en su cuarto Gran Premio (Le Mans 2011), se convirtió en el niño de moda. Terminó su impresionante primer año en tercera posición, con cuatro victorias y nueve podios; lo que de inmediato colocó sobre su nombre el cartel de favorito indiscutible para el año siguiente, el primero en la historia de Moto3.

Un inicio irregular dio paso a tres victorias consecutivas (Montmeló, Silverstone y Assen). Rápido como nadie y letal en el cuerpo a cuerpo, el título parecía suyo. A partir de ahí, todo se torció. Los resultados dejaron de llegar, el Mundial se esfumaba y su ego no pudo soportar la presión. Sus disparos, que siempre habían dado en la diana de lo más alto del podio, se fueron transformando en impredecibles ráfagas. Y en Malasia se pegó un tiro en el pie.

Todo a una bala

Desde entonces, pareció otro. Rectificó y llegó a un acuerdo con su equipo para disputar las dos últimas carreras del año antes de rescindir su contrato. Encontró acomodo en el potente Team Calvo, y tras empezar el año con dos segundos puestos (Qatar y Austin), recuperó la senda de la victoria en Jerez y repitió en Le Mans.

La insultante superioridad de las KTM de Álex Rins, Luis Salom y el propio Maverick suponía un pasaporte directo al podio, que el de Rosas no abandonó durante las diez primeras carreras. Sin embargo, el Maverick pre Malasia 2011 no aparecía. Su talento seguía intacto, pero en los finales de carrera se mostraba cohibido, incapaz de desenfundar. Ya no era aquel pistolero letal.

Aquel tiro al pie le había vuelto temerario, con su arma guardada a buen recaudo y el seguro puesto. El día que no sucumbía ante Salom, era Rins el que le privaba de la victoria. Y así, sumando de 20 en 20 y de 16 en 16, sus dos compatriotas se le habían escapado. Llegó a Japón, la penúltima cita del año, sin apenas esperanzas de ser campeón. Pero el destino tenía guardada una increíble carambola: Salom no pudo esquivar la caída de Isaac Viñales (su primo), y Rins desaprovechó el regalo varias vueltas después.

De repente, tenía las opciones intactas. Llevaba once carreras sin ganar (seis de Salom, cinco de Rins), y sus rivales no estaban. Tampoco a la duodécima fue la vencida. Álex Márquez le batió por apenas 27 milésimas para llevarse su primera victoria. Un resultado que convertía el GP de Valencia en un Mundial a una sola carrera, ya que los tres contendientes al título dependían de sí mismos para ser campeones. Había sucumbido ante otro rival distinto, pero se encontraba en una situación que unas horas antes no podía ni soñar.

En el Ricardo Tormo, falló Salom. Maverick y Rins se marcaron durante 24 vueltas, con el alemán Jonas Folger como testigo. Era un ahora o nunca. Tenía una sola bala, y era el momento de sacar la pistola y quitar el seguro. Llegó primero a la última curva, pero Rins se le coló. Ahí lo supo. Esquivó el disparo de su compatriota, dibujó la curva a la perfección y apuntó al centro de la diana. Recuperó el primer puesto, cruzó la meta y se convirtió en campeón del mundo de Moto3.

Ese día volvió el pistolero, después de un año dormido. Ese día, Maverick se sacudió las toneladas de presión que su talento y prestaciones habían cargado sobre sus hombros. Ese día, saldó la cuenta que se debía a sí mismo. Ese día, aprendió que su puntería era un don innato, pero que era él y sólo él quién debía aprender cuándo y cómo disparar.
 

 
Aterrizó en Moto2, precisamente con Salom como compañero. Fue cuarto en Qatar y se llevó la victoria en Austin. Lograría un total de cuatro triunfos y nueve podios, exactamente los mismos que en su año de debut. Solamente Tito Rabat y Mika Kallio le superaron en la clasificación final, firmando el mejor año de un debutante en la historia de la categoría. Y, lo más importante, demostrando que volvía a ser el pistolero letal. Había encauzado su talento.

Así lo vieron en Suzuki, que no dudaron en ponerle un contrato encima de la mesa para debutar en MotoGP en este 2015. En menos de dos años, había pasado de ver casi enterradas sus opciones al título de Moto3 a convertirse en piloto de fábrica en la categoría reina.

Con un título y tres terceros puestos finales en cuatro años; 16 victorias, 40 podios, once poles y doce vueltas rápidas, Maverick se subió a la GSX-RR. Y supo que ese era su sitio.

Sin más ambición que aprender y desarrollar la Suzuki, los test de pretemporada le han visto constantemente metido entre los diez primeros, superando ampliamente las expectativas de una marca que ansía revivir los días de gloria de Kevin Schwantz. Para ello, se han confiado a dos valores seguros: la experiencia de Aleix Espargaró y el inmenso talento de Maverick Viñales. Porque, al final, los buenos pistoleros siempre acaban desenfundando.

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