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Matt Ryan: Un hombre de hielo en tiempos de calentamiento global

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La competitividad en cada sector laboral está a la orden del día. Las personas compiten entre sí desde tiempos inmemoriales, y en nuestros días, ser el mejor es casi una obligación. Desde que se inicia el proceso educativo se selecciona a los alumnos en pos de unas notas destinadas a separar la paja del trigo. Los que valen y los que no. A más sobresalientes más oportunidades en una futura carrera que dará paso a un empleo remunerado. El mundo laboral es la cúspide de la pirámide, donde lejos de abandonar la rivalidad, se engloban el mayor número de enfrentamientos. Buscar ser el primero se convierte en un objetivo básico. El éxito está reservado para ellos, los mejores. Formar parte de esa élite supone más fama, más poder, más dinero…etc. Incluso jugamos a elegir en otros campos al mejor. El que a nuestro juicio merece esa designación. Sin embargo, ¿es necesario? ¿Se puede valorar que una persona es mejor que otra en un apartado determinado? ¿De qué manera se decide el valor de una persona sobre otra? ¿Son fiables los procesos de selección? Puede que no sean preguntas sin respuesta, puede que algunas lleven un sí, o puede que lleven un no como contestación. Eso lo dejo a cada uno de los lectores. No obstante, aquí, en esta pequeña prosa deportiva, nuestro foco principal es un personaje en particular.

La gran empresa del fútbol americano, la NFL, seguida de todo el cuerpo mediático e informativo que la acompaña, genera un debate alrededor de varias figuras de la liga, buscando entre ellas al indiscutible número 1.

Entre todas las posiciones existentes en el fútbol americano (que no son pocas) los QB reciben una cobertura especial. Son tratados como auténticos dioses en sus equipos, y la afición corrobora este hecho. Algo similar a lo que ocurre en el fútbol con los delanteros. En este fenómeno es normal que, teniendo en cuenta su relevancia, se magnifique la búsqueda de una estrella absoluta que acapare los focos. El problema, bendito problema, es que son varios los candidatos que optan a este título efímero.

Tom Brady, Aaron Rodgers, Drew Brees y Peyton Manning parecían en los últimos años los mejor posicionados por quedarse con ese nombramiento, e incluso Eli Manning, Tony Romo o Big Ben se atrevían de vez en cuando a asomarse por la ventana a saludar. Sin embargo la marcha del mayor de los Manning y la lesión de Romo han dejado entrar en este listado a dos nuevos candidatos.

Uno es el jovencísimo Dak Prescott (Dallas Cowboys), al que se le depara una carrera prometedora, a lo largo de la cual, puede a buen seguro ostentar el primer puesto de la tabla. El otro, es un hombre criticado durante mucho tiempo, al que más de uno parecía querer cortar las alas en su vuelo hasta la cima. Matt Ryan ha tenido que ganarse cada piropo con sangre sudor y lágrimas. No ha tenido fácil ser reconocido entre los más grandes, y aún muchos no lo reconocerán como tal, y aunque no tiene pinta de evitarle dormir bien por las noches, no está de más que en este mundo competitivo por naturaleza alguien salga en su defensa.

Seguro, inteligente y frío, cualidad muy valiosa en un trabajo como el suyo, no en vano recibe el sobrenombre de Matty Ice. Así se presenta Ryan, sin contar por supuesto con un brazo capaz de afinar en los pases más complicados. Su tranquilidad en el pocket, y su conocimiento del juego son dignos de elogio, sin embargo no suele ser habitual oír su nombre entre los más grandes de la liga. Los seres humanos somos de sangre caliente y nos gusta ver acciones que hagan aflorar nuestros sentimientos, no obstante, en época de emociones fuertes y calentamiento global, un hombre gélido resiste, un último iceberg aguanta en su sitio sin perder tamaño, todo lo contrario, ganando y mucho respecto a sus competidores designados por la sociedad. Apreciar su arte es complicado si usamos como referencia las carreras de otros QB tan reconocibles como Brady o Rodgers, pero no por ello sus obras dejan de ser tan bellas como las de sus compañeros de posición. Es como juntar un Picasso y un Van Gogh, son distintos pero no por ello excelentes ambos.

La destreza usada en sus lienzos es cada vez más fina, elegante y calibrada, explotando esta temporada como el referente ofensivo en los Falcons, lidiando con sus problemas y albergando soluciones a ellos en sus envíos para un total de 4994 yardas (temporada regular). Su actuación ha sido de tal magnitud que las posibles dudas sobre su talento han desaparecido y prueba de ello la tienen en su recién adquirido trofeo al MVP del curso 16/17. En una liga tan competitiva, Ryan ha salido al fin como vencedor de forma parcial.

Matt Ryan, a pesar de la derrota de los suyos en la pasada SuperBowl, se ha reafirmado como un excelente director de orquesta, sobrio, calculador y certero que no ha dejado de trabajar duro un solo día, y en estos tiempos de competitividad máxima y feroz, su tímido rugido resuena como merece entre las calles de la ciudad más poblada del estado de Georgia, Atlanta.

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