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Manu Ginobili, un tipo de Bahía Blanca

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No sé qué ocurre allá, en Bahía Blanca. Los deportistas argentinos tienen ese gen competitivo y guerrero que les hace compensar limitaciones y acentuar sus virtudes. Pero los de esa cuidad son especiales. En Tenerife hemos podido comprobar de primera mano de qué pasta están hechos. Primero tuvimos por estas tierras a Pablo Paz, en los últimos años de una década prodigiosa que nos hizo tocar los cielos y soñar imposibles en el Heliodoro Rodríguez López. Un central asombroso el bahiense. Pasaron diez años y aterrizó en La Laguna un paisano suyo que ha crecido junto al representativo más importante del baloncesto insular. Nicolás Richotti es uno de los pilares indiscutibles en el renacimiento del Club Baloncesto Canarias. Llegó con el equipo en LEB, y se ha elevado a la par del grupo hasta ser reconocido como el jugador más espectacular de la ACB en 2015. Agrandando su figura año a año, es básico en el esquema aurinegro. Solo las lesiones han frenado la constante progresión del escolta, que parece no haber tocado techo aún, pese a su excelso comportamiento en la cancha. En 2016 no ha tenido suerte. Esos imprevistos infortunios físicos le apartaron de los Juegos Olímpicos, primero, y lo mantienen a la espera en el mejor arranque de curso jamás visto en La Laguna, ahora. Sin embargo, quienes le conocen saben que regresará más fuerte, mejor. Va en su ADN.

Es de Bahía Blanca. Y en Bahía Blanca pasa algo. Sobre todo con los baloncestistas. Pepe Sánchez, Alejandro Montecchia, Juan Alberto Espil, Pancho Jasen, o el mismo Nicolás Richotti. No puede ser casualidad. Más de 600 kilómetros al sur de la capital de Argentina se respira baloncesto. Es una urbe que, como ocurre con Badalona, Kaunas o Belgrado, tiene un idilio mágico con la pelota naranja. Tanto artista junto no es coincidencia. Así que no podía ser de otra manera, el mayor genio de la historia de la canasta del país procede también de la mencionada localidad: (pongámonos en pie, por favor) Don Emanuel David Ginóbili Maccari, alias “Manudona”, el gran líder de la “Generación Dorada”.

Sconochini y Ginóbili, en el Torneo de las Américas (2001) | Getty

En Río una selección histórica cerró más de una década de triunfos y actuaciones dignas de un lugar privilegiado en cualquier hemeroteca: medalla de oro en el Campeonato FIBA Américas, en 2001; medalla de Plata en el Mundial 2002; bronce en el FIBA Diamond Ball 2004; oro en los Juegos Olímpicos de Atenas, en 2004; oro en el FIBA Diamond Ball, en 2008; bronce en los Juegos Olímpicos de Beijing, en 2008, y la medalla de oro en el Campeonato FIBA Américas, en 2011. Aparte de un puñado de actuaciones grabadas en la retina de todo aficionado al mundo de la canasta. Una etapa que duró nada menos que 18 años vistiendo la albiceleste, que concluyó con derrota ante Estados Unidos, en un partido en el que la ovación a los que claudicaban crecía que a medida que se consumía el tiempo.

Pero la llama de Ginóbili no se ha apagado aún. A sus 39 años sigue impartiendo clases en los pabellones de la NBA. Cada vez lo vemos menos minutos, pero siempre por alguna rendija cualquier maniobra suya ilumina los rostros de los espectadores que en ese momento son testigos del duelo de turno. Lejos queda ese 2002, cuando llegó a Texas para unirse al equipo que 3 años antes lo había escogido en el número 57 de draft… ¡57! Echando la vista atrás, viendo los logros tanto individuales como colectivos, nos suena a disparate.

Sus títulos hablan por él: 4 anillos en la mejor liga de baloncesto del mundo, siendo parte fundamental de los San Antonio Spurs, el colectivo más exitoso de los últimos 20 años en la liga más importante del mundo (ex aequo con Los Angeles Lakers), argumento que respalda su doble elección para disputar el All Star Game, y las dos veces que ha sido incluido en uno de los quintetos ideales de la temporada (un hito significativo, puesto que lo logra comenzando los partidos desde el banquillo). Sumémosle a ello su galardón como mejor sexto hombre, en 2008. Pero es que antes de su romance texano, ya en sus vitrinas figuraban la Euroliga (2001), una liga italiana (2001) y 2 copas en el país transalpino (2001 y 2002), con Kinder Bolonia. Y sus respectivos 3 MVP en 4 de esas victorias. Amor en Italia, que había comenzado en 1997, cuando firmó, procedente de Estudiantes, por Basket Viola Reggio Calabria. Sin duda su palmarés es una gran carta de presentación, pero no alcanzan a explicar lo que ha sido, lo que significa, Manu Ginóbili.

Dice Bruce Bowen, quien fuese compañero suyo durante varios años en San Antonio, que “Manu no tiene el talento físico de Michael Jordan, pero tiene la inteligencia de Michael Jordan”. Es cierto. Si a lo largo de su carrera algo le han reconocido constantemente al argentino es la virtud del intelecto y una comprensión del juego privilegiada. Pero yo añadiría algo básico para definirlo: Ginóbili tiene esa tenacidad, ese espíritu de sacrificio, y esa mentalidad que derriba barreras y omite los límites. Se ha hecho a sí mismo. A base de constancia, fe y trabajo. En su adolescencia nadie imaginaba que podría llegar a ser siquiera profesional. Él mismo ha reconocido que la clave radica en la pasión por lo que hace.

Manu en el extásis del Oeste en la victoria ante los Thunder, 2012 | Getty

El espejo eran unos hermanos que vivían de encestar, algo que motivó a Manu para dedicar cada vez más tiempo a entrenar en una cancha donde copiar todo el baloncesto que iba consumiendo en vídeo, a cuidar su alimentación, o a hacer pesas para curtir un cuerpo entonces carente de masa muscular. El empeño dio sus frutos, y alcanzar la mayoría de edad trajo de la mano el salto al profesionalismo. Su objetivo entonces pasó a ser el convertirse en un jugador importante en la liga nacional. Tras una primera campaña en La Rioja, lejos de casa, regresa a su casa para ser miembro de Estudiantes. Entretanto, su primer campeonato internacional con los chicos de su edad, cambia para siempre su percepción de sí mismo. Eleva su autoestima y se propone alcanzar el combinado nacional absoluto, además de medirse a jugadores de un escalón superior. Resultado: acaba como máximo anotador en su último año en la competición doméstica. Casi sin proponérselo, Argentina se le había quedado pequeña.

El siguiente paso era Europa. Pero no llega a un conjunto de renombre, sino a la segunda división italiana. Sería como volver a empezar. Claro que con 20 años todo parece un comienzo, de modo que si existe acicate, no hay motivo para desistir en el empeño. Sus casi 17 puntos por partido llevaron a la escuadra del Estrecho de Mesina a ascender, al tiempo que atraía las miradas del General Manager de los Spurs, R.C. Buford. El 30 de junio de 1999, San Antonio, que acababa de ganar su primer anillo, lo selecciona en el draft. Gregg Popovich lo vería por primera vez en acción el mes siguiente, durante la disputa del Torneo de las Américas. Cuenta el propio Ginóbili que pese a todo, él atribuía el relativo éxito personal a que destacaba dentro de un conjunto considerado menor. Nada más lejos de la realidad, en el año 2000 la por entonces todopoderosa Virtus Bolonia de Ettore Messina llama a su puerta. La explosión fue inmediata y en 2 cursos fugaces el viejo continente pasa a ser también un reto superado.

Estados Unidos era el último escalón, el desafío definitivo. Y Ginóbili había cumplido la parte del trato pactado con su nuevo equipo: “Ellos no me querían acá cuando me seleccionaron. Primero me dijeron que regresara a Europa a crecer como jugador y después volviese. Y la verdad que me vino bien eso, porque después regresé y aquí estoy”. Había llegado el momento. Pero la mala fortuna se presentó en el mundial de Indianápolis, previo a su primera temporada en la NBA. Allí sufre una lesión de tobillo que se prolonga durante sus primeros meses de campeonato. El equipo, por el contrario, va lanzado hacia el mejor balance de victorias derrotas de la liga. Manu estaba lejos de ser importante. Cuando se reincorpora al grupo su rol es bastante claro: ofrecer minutos de descanso a los habituales y esperar en una esquina para hacer 2 o 3 cosas básicas que le pedía Gregg Popovich. Con diferencia, fueron sus peores meses en el Álamo. Llegado abril, los Spurs firman el mejor récord y parten como claros aspirantes una vez arrancados los Playoffs. Y ahí llega otro salto para Ginóbili. Pasa a jugar casi 30 minutos por noche durante las eliminatorias, y a permanecer en la pista cuando se deciden los partidos. La temporada acaba con el segundo anillo de los Spurs, y primero del de Bahía Blanca. Aún así, sus sentimientos siguen encontrados. Sabe que puede dar más de sí.

Davy Crockett estaría orgulloso de estos tres tipos, la resistencia de El Álamo | Getty

Tras un segundo año en el que ve incrementados sus minutos en pista, pero que acaba de mala manera para los texanos, llega el verdadero punto de inflexión que terminaría por desatar a la bestia. La victoria en semifinales de los Juegos Olímpicos de Atenas, en 2004, ante la gran favorita, Estados Unidos, y posterior victoria en la final frente a Italia, quienes habían vencido a los argentinos en la fase previa, completan el recorrido interno de auto convencimiento en un viaje que Manu había comenzado cuando era crío. Victorias ante las selecciones de los países donde había jugado. Y entonces, la liberación. “Volví a la NBA con una confianza superlativa, sabiendo que no tenía que demostrar nada. Yo era campeón olímpico, habíamos eliminado a Estados Unidos, y no tenía que seguir justificándome cada día, en cada partido”.

A partir de ese instante llega el reconocimiento unánime de los rivales y la prensa americana. Los Nuggets se interesan por él ese verano, pero en San Antonio no estaban dispuestos a perderlo. Renovación por 6 años y 52 millones de dólares. La seguridad de Ginóbili es mayúscula y practica un baloncesto de más quilates. Pasa a ser titular y a tener actuaciones demoledoras, como la del 21 de enero de 2005, en la que se va a los 48 puntos ante Phoenix Suns. En las eliminatorias por el título se convierte en una de las grandes bazas ofensivas de su equipo. Solo Tim Duncan y Tony Parker acaparan más lanzamientos que él, y únicamente el de las Islas Vírgenes mejora sus productividad. El “Big Three” vuelve a tocar los cielos tras imponerse en el séptimo partido de las finales, choque que el propio Ginóbili considera como el de mayor ansiedad previa ha disputado a los Pistons.

La campaña 2005-06 sería decepcionante en lo grupal. Tras firmar un fenomenal 63-19, los Spurs caen ante Dallas Mavericks en semifinales de conferencia pese a los casi 75 puntos de promedio de sus 3 principales espadas. El ajuste de Popovich es devolver a Ginóbili a la segunda unidad a partir del siguiente curso. Resultado inmediato en lo colectivo en 2007: cuarto campeonato de la franquicia y tercero de Manudona. En lo individual, llegarían los mejores años en lo estadístico para el argentino. Su suplencia solo interrumpida durante el curso 2010-11, cuando la escasez de exteriores de garantías obliga a Pop a devolver a Manu al 5 inicial. Los fantasmas físicos regresaron en la 2012-13 para sesgar los minutos del argentino en la pista. Mientras ocurría todo esto, la transformación de los Spurs estaba llegando a su cénit. Tras comenzar el siglo practicando un baloncesto subterráneo, donde bajar al barro era la mejor opción, la pizarra de Popovich se había tornado en fantasía. El baloncesto coral, tan extraordinario en una liga en la que priman las individualidades, era ahora la característica principal de los texanos. Ahí Manu se siente cómodo. Todos los jugadores inteligentes se sienten cómodos. No es de extrañar que el técnico, que ha descartado grandes talentos por no considerarlos inteligentes sobre el parquet, tenga en Ginóbili una confianza extrema.

En 2013, en otro año de calvario para el cuerpo del bahiense, solo Ray Allen permitió al Rey LeBron prolongar su reinado en las costas de Florida. Tras pasársele por la cabeza la retirada, Manu decide continuar. Una suerte. Para los aficionados y para él mismo. En 2014, otro anillo. Y también la excelencia. En esos playoffs nada habría podido detener el vendaval de juego spur. Los partidos 3 y 4, en Miami, como cota máxima del baloncesto de equipo. Recomiendo su visualización cuando se dude de este deporte. Y en los últimos tiempos, aún sin volver a saborear las mieles del éxito, el disfrute. El de un grupo que lo ha ganado todo y sale a pasarlo bien. Sí, también a ganar, pero de otra manera.

Ahora, en el umbral de la retirada, se siente revitalizado: “No me importa el legado, no me importa el pasado, no me importa lo que van a decir de mí. Somos todos muy irrelevantes en este mundo. En 20 años se olvidaron todos. Y si no son 20, son 80. Me importa mañana. Volver a ganar y sentir lo que sentí cada vez que lo logré acá o con la selección. Después, cuando tenga 50, sentado en un sillón, gordo, mirando algún partido de chicos jóvenes o de mis hijos, pensaré en el legado”. Y tiene la suerte de compartir vestuario con los 2 de los entrenadores más importantes de su carrera, puesto que Ettore Messina forma parte del staff técnico de Gregg Popovich desde hace unos años: “Además de mi familia, yo creo que he tenido dos maestros en mi carrera, uno fue Messina en Italia, y el otro fue Pop, al llegar acá. En Italia me transformé en un jugador de equipo, ganador. Me empecé a sentir determinante y mi cabeza cambió. Pasé de ser el chico talentoso que hacía las cosas bonitas o que podía hacer muchos puntos, a ser un buen jugador. Acá di un salto más de calidad y la experiencia que me dio y la tranquilidad de jugar en un equipo como este con compañeros como los que tengo, con el técnico que tengo; me ayudaron para elevar mi nivel. Además, Pop no sólo dentro del campo sino afuera de él fue importante para mí. Más allá de mi padre que fue el que me llevó a una cancha la primera vez, creo que ellos dos fueron las influencias más grandes”. Personalmente creo que saboreamos mejor las cosas cuando estas están próximas a terminar. Debe ser el caso de Ginóbili.

Dos ganadores superlativos, dos mentes preparadas para el baloncesto | Getty

Hoy su papel es otro. Como mentor de jóvenes emergentes: “Intento ayudarles a crecer. Cuanto mejores sean mis compañeros, mejor va a ser mi equipo, y más oportunidades voy a tener de ganar”, y tratando de que sus cada vez menos minutos sean valiosos, que es lo que demanda su entrenador: “Nos permite tener un gran banquillo. Es un tipo muy especial, y aprecio de verdad todo lo que ha hecho. Con el que más hablé al principio de gestionar los minutos fue con Manu. Es un jugador titular y ha salido del banquillo todos estos años. Siento algo de culpa en todo esto, pero prefiere ganar por encima de los minutos que participe”. Y que desea su entrenador asistente: “Es un gran jugador de banquillo porque sabe perfectamente que en el momento en que se decide el partido él está en la cancha”. Calidad antes de cantidad.

En la memoria común quedan las jugadas explosivas de un joven Manu, esas en las que encaraba el aro con la determinación de quien se sabe imparable. Y pese a que sus penetraciones o mates han disminuido con el paso del tiempo, siguió mostrándose letal desde el perímetro. Además, su menor anotación la ha compensado con esa visión de juego tan brillante que posee y que parece seguir en continua evolución. El conocimiento también es saber evolucionar. Y como pasador, una de las facetas en la que se demuestra la sapiencia en este deporte, no ha parado de crecer. Hoy ya no es primera, segunda, ni tercera opción en pista. Vuelve a ser un jugador de rotación, un complemento. Pero con el instinto de los que son diferentes. No nos engañemos. Porque a nadie le va a sorprender si un día cualquiera de playoffs, con el partido en el alambre, un chaval con 39 años a cuestas emerja para decidir el duelo cuando más quema la bola. Es Manu Ginóbili. Un tipo de Bahía Blanca.

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