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Mancini frente al espejo

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Nos lo creímos. Aquel resultadista Inter, líder durante los primeros meses de competición, llegó a parecer un candidato al Scudetto, una apuesta segura para terminar la temporada en puestos de Champions y hasta una tenue reencarnación en ciernes del clásico estilo catenacciaro y ganador que tanto casaba con la tradición futbolística nerazzurra de las grandes hazañas de Helenio Herrera y José Mourinho. Sin embargo, no pasaba de ser una ilusión con fundamentos movedizos.

Y es que el equipo sumamente compacto de Handanovic, Miranda y Murillo y sobradamente calculador en ataque a la hora de aprovechar el fallo del rival para encontrarse con el gol aún sin fabricarlo, cedió su protagonismo a su legión de mediocentros físicos cuando las auténticas tres torres de su amurallada retaguardia dejaron de imponer al unísono un excelso nivel defensivo en cada partido. Y al orden efectivo, despojado del pleno rendimiento de sus virtudes, empezaron a vérsele todas las carencias ofensivas.

El vacío de juego, agravado por la ausencia del talento entre líneas de un Jovetic ya totalmente fuera de dinámica, quedó patente hasta hoy y se edifica sobre una insuficiente calidad sobre el césped para el primer pase y la inventiva, escasas dosis de profundidad y desborde y un nulo fútbol interior en tres cuartos de cancha en el marco de un ataque posicional demasiado posicional y demasiado poco ataque y donde el contragolpe tampoco ha sido enfatizado como recurso de utilidad. Hasta el punto de que el nueve -generalmente Icardi– ya se ha acostumbrado a convivir con la frustración de saber que nadie va a surtirle un balón convertible en gol en zonas centrales dentro del área.

 

Los números, impolutos en el tramo inicial, se han vuelto en contra de un Inter que es el octavo equipo del Calcio con menor presencia con balón en el último tercio del campo y que desde que venciese por 1-0 a la Roma hace justamente una vuelta, sólo ha cosechado un punto de veintiún posibles ante el resto de los ochos primeros clasificados de la Serie A (Napoli 2-1, Lazio 1-2, Sassuolo 0-1, Milan 3-0, Fiorentina 2-1, Juventus 2-0). Precisamente, en el último compromiso ante unos giallorossi frente a los que incluso mereció perder por flujo de ocasiones.

Un descenso en picado que vivió seguramente su momento más crítico y visible en la derrota liguera en el Juventus Stadium. Más que en la derrota en sí misma, comprensible por otro lado, en la nefasta imagen ofrecida en Turín por parte de un Inter plantado con cinco defensas y un centro del campo veteado por la fantasía propia de Medel, de Felipe Melo y de Kondogbia, el hombre llamado a ser la perfecta aleación entre Pogba y Makelele. Toda una declaración de intenciones en forma de alineación. O de no intenciones, mejor dicho.

La estampa debió suponer un sarpullido para Mancini, ya que ha virado su plan hacia una menor obcecación en el empaque y el equilibrio para dar un mayor peso a Brozovic como lanzador de Biabiany y Perisic en posición de extremos puros con los que salir rápido por los costados. Sin embargo y pese a haber aprovechado el reprís de la épica infructuosa de la vuelta de las semifinales de Coppa ante la propia Juventus para recobrar serenidad con buenos resultados, el entrenador interista sigue sin preocuparse lo más mínimo en intentar implantar una mínima capacidad de mando a través de la pelota con la que poder dominar o controlar ventajas. A pesar de que está viendo cómo el objetivo mínimo marcado de ser tercero se está alejando irreversiblemente y con él, la verosimilitud de los pretextos.

 

No deja de llamar soberanamente la atención que el talentoso diez que fue Roberto Mancini se haya convertido en un técnico tan difensivista que ni siquiera consideraría como titular fijo al jugador que él mismo fue. Y aún resulta más impactante que tras un año y medio en esta su segunda etapa en banquillo del Biscione y con un gasto en fichajes ampliamente generoso por parte del propietario Thohir el pasado verano, su Inter 2.0 sume más partidos sin ganar que ganados en Serie A (26V, 16E 15D) y todavía no tenga unas nociones mínimas de control a través de la posesión y de generación de ocasiones a través de la combinación. La respuesta es sencilla: no quiere tenerlas.

Pese a ello, el Mancini entrenador sí guarda semejanzas con el Mancini futbolista. Sigue siendo un dandi temperamental y pertinaz que guarda el poso inextinguible de la vanidad propia del crack que fue pero, tal vez, haría bien en no mirarse al espejo de su pasado como pintor de la mejor Sampdoria de la historia si no quiere descubrir que a aquel elegante y fino fantasista de toque sedoso y gusto por la pared, alejado de responsabilidades defensivas y que siempre prefirió caer a la mediapunta antes que evolucionar en un delantero puro para desarrollar mejor la espontaneidad y la visión de su fútbol sólo le ha quedado, décadas más tarde en los banquillos, la particular personalidad ganadora que tenía como futbolista pero apenas nada de su forma de ver y entender el juego.

El entrenador mejor pagado de la Serie A 2015/16 siempre ha preferido que le recuerden como un gran jugador antes que como un técnico de postín. Y pese a los títulos que todavía hoy le avalan y a su liderazgo natural (más encaminado hacia una buena gestión de grandes plantillas que hacia una búsqueda de nuevos caminos en el estilo de sus equipos), Roberto Mancini lo está consiguiendo con creces. Basta con ver un puñado de los últimos partidos de su actual Inter  y después, alguno de los grandes encuentros de la laureada Sampdoria de Boskov para tenerlo claro: qué fantástico futbolista era Mancini.

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