Sudamérica

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Maldito destino

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La vida no es justa. No es un cuento de hadas. Puede llegar a ser bonita, o tener momentos hermosos, más bien. Instantes fugaces que despiertan la ilusión de los niños que en algún lugar de nuestro espíritu seguimos siendo. Sentimientos del día a día, que no tienen un ubicación determinada para desarrollarse, un campo delimitado para los mismos. Se dan sin tener en cuenta la propia opinión en nuestras relaciones, carrera profesional, o pasiones. Pero en esa última tenemos una vía de escape cuando las dos primeras se zafan de nuestro control. Entonces fantaseamos con lo inalcanzable, y para poder acariciarlo nos alineamos con elementos que brotan sin esperarse, como aquella rosa que consigue crecer en el cemento. Nuestra odisea, de cuando en cuando, viste de corto y se calza botas de tacos para manifestarse sobre el verde.

En ocasiones, la fantasía se impone a la lógica, y el resultado dibuja una sonrisa en los rostros de quienes aman la épica y las historias en las que el corazón derriba montañas. A veces ocurre. Y los grandes equipos de fútbol, con memorias y presupuesto como para llenar los más grandes estadios, hincan la rodilla frente a valientes cuya fuerza motriz es la pasión. Las puertas de la gloria suelen estar cerradas a cal y canto, y el juego de llaves corresponde casi siempre a los mismos, poseedores de mecanismos maestros que facilitan la entrada al paraíso. Sin embargo, en contadas oportunidades, un astuto ladrón de guante blanco se cuela por las rendijas de alguna ventana que ha quedado entreabierta en la (casi) invulnerable fortaleza de turno. De esa manera hicieron historia clubes que rubricaron letras de oro para siempre, poniendo una pica en el Olimpo, convirtiéndose en inmortales del deporte rey. De ese modo, el Nottingham Forest firmó la proeza, elevándose meteóricamente desde la Second Division hasta la cima de Europa y mundial en un lustro mágico, allá por finales de los 70 y principios de los 80. Así, el Hellas Verona conquistó Italia cuando nadie lo esperaba en 1985, el Arsenal argentino deslumbró a Sudamérica hace menos de una década, aquella Dinamarca que fue invitada a la Eurocopa de 1992 sorprendió a propios y extraños, ganando un torneo al que asistieron como turistas, o el Leicester, el curso pasado, nos hizo partícipes de una fábula en la que un pequeño zorro escapaba de las garras de los más avispados cazadores.

El camino del Chapecoense hacía pensar que serían los últimos en una lista equiparable a aquellos amores de verano a los que les reservamos para siempre un rinconcito en nuestro pecho. Esos que nos marcan, pero no dejan cicatriz. Los que evocan tiempos de alegría y sonrisas clandestinas. Aquellos que no necesitan ser nada para siempre, pero que son todo por un instante. Cariños cómplices, inolvidables. Por el contrario, el destino, el maldito destino, no permitió que nos volvieran a conquistar sorprendiéndonos con la guardia baja.

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Sé poco del equipo al que hago referencia. Habían despertado mi curiosidad recientemente, cuando doblegaron a los gladiadores de San Lorenzo, un grande con costuras de éxito. Solo entonces mi naturaleza inquieta me llevó a preguntarme de dónde habían salido estos héroes. Descubrí que representan a la ciudad de Chapecó, en el sur de Brasil, donde sus 200.000 habitantes viven principalmente de la industria. Descubrí que se trata de un club joven, nacido en 1973, fruto de la unión de dos conjuntos menores en el estado de Santa Catalina, y que en apenas unos años se alzó con el título estatal. Descubrí que a comienzos de siglo regresaron a los infiernos, donde el fuego avivó la llama de varios inversores locales dispuestos a poner de su parte para reconstruir la escuadra. Descubrí que entre 2007 y 2013 ascendieron desde la Serie D hasta la Serie A, volviendo a la élite del fútbol carioca 35 años después. Y reconocí en la plantilla a viejos conocidos de la afición española, que ahora eran pilares en una estructura de esperanza y utopía. Además, apenas un día antes de la tragedia, completaba mi aún vago conocimiento en esta misma página, en base a un informe más detallado del trayecto recorrido por una cuadrilla de románticos que unas fechas atrás bailaban y cantaban en su vestuario, celebrando la culminación de una quimera que tornó en realidad.

La vida no es justa. Nos ha golpeado mientras dormíamos, ajenos a las turbulencias de un avión que surcaba los aires por última vez, llevándose unas almas cargadas de ilusión. La ilusión de quien sabe que se está convirtiendo en leyenda. La vida no fue justa. Ni con los jugadores, ni con el cuerpo técnico, ni con la directiva, ni con la prensa, ni con la tripulación. No fue justa con cada luz que apagó este doloroso 29 de noviembre. No fue justa con las familias de los fallecidos, con los amigos. Recuerdo la historia de aquel Manchester United que renació de sus cenizas tras la catástrofe de Munich en 1958. Hoy, desde la distancia más grande que existe, aquella que marca el calendario y no los kilómetros, su resurgimiento tiene tintes de victoria inmortal. Pero ni todos los títulos del mundo valen una sola vida humana.

Se me hace duro escribir esta noche. Una parte de mí no quería hacerlo, evitaba llevarlo a cabo. Otra me pedía desahogo para unas lágrimas que no había derramado hasta este instante. Pero tras un día en el que he contemplado la impotencia de quienes amaban a estos valientes, la muestras de respeto de rivales y amigos, el dolor del mundo del deporte y, también es necesario decirlo, comportamientos rastreros por cierta parte del mundo de la comunicación, buscando audiencias televisivas o clicks instantáneos a partir del morbo y el sufrimiento ajeno, mis pupilas se han humedecido. Porque me siento estafado por el destino. Y, no solo en el deporte, no sé cuántas veces van ya.

Maldito destino.

Descansen en paz, guerreros.

#ForçaChape

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