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Magic y Larry en la NBA actual

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El pensamiento nace a partir de Ben Simmons. El rookie de los Sixers, en el momento de escribir esta pieza, promedia unos números salvajes: 18 puntos, 8.2 asistencias y 9.8 rebotes, con un porcentaje de acierto superior al 51 por ciento. Es una barbaridad. Leo un texto en The Ringer en el que, a partir de su figura y junto a LeBron James y Giannis Antetokounmpo, se preguntan si la NBA, por fin, ha alcanzado a Magic Johnson. A Magic en cuestiones de abarcar todos los aspectos del juego que sean posibles, claro. Aunque, a diferencia del base angelino ninguno de estos ejemplos son bases al uso, la tendencia a dirigir al equipo pese a que en la planilla figuren como aleros valida tal comparación. Hoy en día, la figura del point-foward es cada vez más usual en la liga. La idea de que los designios de tu quinteto dependan del jugador con más talento del roster así lo fundamenta. Gracias a ello hemos descubierto a James Harden en la posición de uno, o aceptamos que Kawhi Leonard amase más balón que su teórico director de juego, incluso a costa de alterar el estilo de la franquicia.

El pensamiento al que me refiero al principio del texto toma cuerpo tras visionar “Best of enemies”, la miniserie documental con la que ESPN nos traslada a la década de los ochenta, cuando la rivalidad más grande que ha conocido este deporte (y posiblemente cualquier deporte) se vio magnificada por la presencia de dos jugadores a los que siempre nos referimos cuando elaboramos un top10 histórico. Magic, al que hemos mencionado antes, es para (casi) todos el mejor base de todos los tiempos. Larry Bird, nuestro otro protagonista, no entendía de rivales en la posición de alero hasta la aparición de LeBron James. Pienso en estos dos baloncestistas, unos adelantados a su tiempo, y en el juego actual. La tentación de llevar a determinados jugadores a otras épocas no es nueva. Los aficionados piensan que Michael Jordan, con la rigurosidad arbitral actual, se iría a más de 40 puntos cada noche. Los analistas imaginan a hombres altos como Kristaps Porzingis, Karl-Anthony Towns o Joel Embiid emparejados con pívots clásicos en la era en la que los tipos grandes resultaban estériles si se salían mucho de la zona. Incluso las leyendas retiradas juegan a enfrentar equipos de diferentes tiempos: que si los Bulls de Jordan, los Lakers del Showtime, los Celtics del 86 o los Warriors recientes.

La evolución del juego ha propiciado que los jugadores sean cada vez más versátiles, dominen más aspectos del juego y abarquen más posiciones en la pista. Kevin Garnett, Rasheed Wallace o Dirk Nowitzki fueron pioneros en el desarrollo de interiores, del mismo modo que Anfernee Hardaway estaba destinado a ser el siguiente gran base alto tras Magic. Todo el progreso que hemos podido contemplar ha sido la semilla de lo que ahora vemos como habitual. En el apartado que concierne a los all-around players fueron Magic y Larry quienes sentaron unas bases que luego se percibían como especiales en Scottie Pippen o en (el primer) Grant Hill. Hoy, por el contrario, si bien el nivel de excelencia no es tan acusado como el de estos ejemplos (salvo los casos enumerados al principio), sí que esa figura de baloncestista capaz de hacer un poco de todo es menos extraordinaria que entonces. La pregunta (ese pensamiento inicial), por tanto, es: ¿cuánto de buenos serían Magic Johnson y Larry Bird en la NBA actual?

No suelo apoyarme en ellos, porque no son capaces de medir el impacto total del juego, pero empezaremos por los números. Larry Bird jugó un total de trece temporadas (aunque pasara una prácticamente en blanco) y, pese a su mermado físico en los últimos años, promedió nada menos que 24.3 puntos, 10 rebotes, 6.3 asistencias y un 49.6% en tiros de campo. Magic Johnson, por su parte, sumó el mismo número de campañas, aunque cabe reseñar que la última, ya con 36 años, llegaría tras los cuatro de retiro después de anunciar que era portador del virus de VIH. Sus medias fueron de 19.5 puntos, 7.2 rebotes, 11.2 asistencias y un 52% en tiros de campo. Cualquier jugador de élite firmaría registrar esos números en una sola de las campañas que dispute. Si nos fuéramos a los mejores cursos de estas dos bestias, la estadística sería abrumadora.

Los seguidores de la mejor liga del mundo que defiendan que estamos en el momento cumbre de la misma, argumentarán que Larry Bird no estaría preparado para un baloncesto más atlético, más físico. Bueno, es entendible si no se hace memoria. Por ello, yo recordaría a esa gente que Bird tuvo como coetáneos a tipos como Dominique Wilkins, Michael Jordan, James Worthy, Michael Cooper, Clyde Drexler, Julius Erving, Charles Barkley, Buck Williams… (¿Seguimos?) No, no me vale esa vara de medir. Bird se enfrentaba a diario a jugadores más fuertes, más rápidos, más ágiles. Y les superaba. Y durante tres años su nivel fue inalcanzable (a unos nivel descomunal) para el resto (1984-86), pese a que se trataba de un momento de explosión atlética general. Bird sobresalía a base de talento. Su juego ofensivo parecía no tener límites. Su arsenal de recursos aparentaba inagotable. Era habitual verlo engañar a su par con una finta para luego lanzar liberado. Si no estabas pendiente de él, aparecía de la nada para recibir y levantarse. Y si aun así llegaba una ayuda, su facilidad para encontrar al hombre liberado daba ventaja a los suyos. Cualquiera pensaría que el problema, entonces, lo tendría atrás. No lo creo: su conocimiento del juego y su lectura defensiva compensaban esa falta de velocidad. A partir de su rapidez mental ganaba ventaja, convirtiéndose en un gran ladrón de balones.

Tal vez con Magic habría menos dudas. Al fin y al cabo, él es el prototipo de jugador total que se persigue. Hago memoria y no he reconocido un mejor base nunca, capaz de hacer cosas que nunca antes se vieron. Si no atrapaba el rebote, reclamaba el balón para lanzar el contraataque más efectivo que jamás se haya llevado a cabo. Los no look pass como seña de identidad y sus compañeros finalizando las jugadas muchas veces para abajo. Su gran virtud tal vez fue esa, que quienes le acompañaban eran mejores con él. Pendiente de cada movimiento, un corte por la zona o una puerta atrás no iban a ser pasadas por alto. Alimentar al resto del equipo fue su prioridad, hasta el punto de que Pat Riley tuvo que pedirle, ya con Kareem Abdul-Jabbar cercano a la cuarentena, que mirara más el aro. Y aparte de lo tangible, trajo al baloncesto un entusiasmo del que carecía entonces la liga. Su sonrisa iluminaba y contagiaba. La gente era feliz viendo a aquellos Lakers.

Vamos a traer a estos dos chicos a la NBA actual.

Dirk Nowitzki. ¿Cuánto de bueno ha sido? ¿Y Ray Allen? Larry tuvo la capacidad de anotar con oposición que posee Dirk antes de Dirk y la facilidad para tirar saliendo de los bloqueos nada más recibir de Ray antes de Ray. Habría que añadir que Bird fue mejor reboteador que el alemán, pese a ser bastante más bajo que éste y que defensivamente era superior a los dos jugadores escogidos en esta comparativa. Su principal problema tal vez sería el uno contra uno, en una liga que penaliza más el contacto. Sin embargo, en sus días como profesional no existía la defensa en zona. Esto es un detalle a tener en cuenta como punto a su favor. Además, su lectura haría estragos en las líneas de pase. Y precisamente su supuesta debilidad sería una ventaja en el ataque. Si el juego permite menos contacto, a ver quién sería capaz de defender a un tipo con tantos recursos como Bird. ¿Cuántas faltas sacaría de su par? Bird anotaría mucho, tanto casi como quisiera. ¿Que no? Ok. Pensad en Scottie Pippen. Éstamos de acuerdo en que él sí podría defender a cualquier alero de nuestro tiempo, ¿verdad? Larry Bird, aun cuando se permitía más contacto, promedió 25.9 puntos frente al alero entonces de los Bulls. En una liga llena de faltas, el talento de Bird, unido a su gran ética de trabajo, le situaría por encima del resto, en primera línea, con los mejores y posiblemente solo superado por uno que todos conocemos. Procede añadir el factor psicológico. Hoy los jugadores hablan mucho sobre lo que son capaces de hacer. Bird validaba sus palabras con hechos. Son numerosos los testimonios de rivales a los que les explicó la jugada antes de que sucedira. No podían pararle. Eso hoy valdría el doble.

¿Y Magic? Busquemos al mejor base puro de los últimos tiempos. Valdría Chris Paul, pero doblemos la apuesta con Steve Nash. Sumémosle a LeBron James, precisamente por la admiración que éste le profesa y porque miden casi lo mismo. Antes que nada, habría que ver qué compañeros tendría. Si estuviese rodeado de anotadores, lo lógico sería que liderase la liga en asistencias, siendo justo lo que más le gusta ser: un facilitador. Su rango de visión, a partir de la ventaja que le concede su altura, sería un recurso mayor todavía en la era del small ball. Si, por contra, le correspondería anotar, pensemos en él llevando al poste a tipos como Stephen Curry o John Wall. Lo lógico sería también que fuese a la línea de tiros libres mucho más de lo que en su momento fue (6.5 intentos de media en su carrera), y con un promedio de acierto del 85% sumaría puntos sin demasiada dificultad.

Mi conclusión es clara: Magic Johnson y Larry Bird fueron extremadamente buenos y hoy seguirían siéndolo. ¿Quién sabe? Puede que en este contexto incluso mejores. Aunque esto no deja de ser un ejercicio de suposición de un aficionado más. El baloncesto se juega en una cancha y jamás los veremos enfrentados a quienes hoy las ocupan. Pero puestos a imaginar…

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