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Walton y el resurgir del dragón oro y púrpura

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El imperio oro y púrpura comienza a resurgir. Los Ángeles Lakers por fin han despertado tras un largo periodo de letargo. Tiempo atrás dominaron el mundo, pero tras alcanzar la cima en contables ocasiones, dieciséis para ser exactos, vieron como una lucha de colosos por llevar el mando del roster puso fin a su mandato.

Su hegemonía en los años cincuenta, por aquellos momentos con su sede central en Minneapolis, fue el principio de su leyenda. A partir de ahí, la llegada de mitos como Elgin Baylor, Jerry West, Wilt Chamberlain, Magic Johnson, Kareem Abdul Jabbar, Shaquille O´Neal o Kobe Bryant, fue dando más y más anillos a la franquicia californiana. Muchos nombres que forman parte de la historia del baloncesto, y que han visto, junto a su afición, como en este último lustro, la magia de los playoff con la que siempre se habían identificado, se desvanecía entre una niebla espesa y un mar de dudas, con solo un marino remando, el último capitán del barco, la ‘Mamba negra’. Incluso los pasados tres cursos ni entraron en las rondas finales.

En la campaña 2009-2010, Kobe, Pau Gasol y compañía, levantaron el título de campeones, éxito que hasta la fecha, no han vuelto a saborear. No pasaron de semifinales de conferencia en las dos temporadas posteriores, por lo que buscaron el remedio a sus males en el mercado de agentes libres, consiguiendo hacerse con los servicios del pívot más dominante en la NBA, en dicho momento, Dwight Howard. Junto a él, un doble MVP de la liga, Steve Nash, se bajaba del avión en la ciudad angelina, para regalar sus últimos años de baloncesto a un público exigente.

Un cóctel reluciente pero explosivo se formó en la franquicia angelina, ya que a pesar de la evidente calidad que atesoraban en la plantilla, sus miembros no conseguían entenderse. No caminaba el proyecto que tanto prometía y la ilusión que generó al comienzo se diluyó en los primeros pasos. La mirada atónita de cuantos seguíamos la NBA no dejaba de mostrarnos la realidad que nuestra cabeza quería evitar. Los Ángeles no pelearían por el anillo, ni aquel año, ni los venideros.

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Fueron sucediéndose los técnicos y jugadores, pero ninguno fue capaz de acompañar a un solitario Kobe en la ardua tarea por devolver el anhelo de una mitad del estado dorado. La otra rendía culto a Chris Paul y sus Clippers. El pozo era cada vez más y más profundo, y entonces, por si no tenían suficiente, su valeroso anotador, comunicó su retirada, colgando en el techo del Staples Center su mágico 24. Fue un día triste el de su despedida. Fueras o no seguidor de los Lakers, el talento dentro de la pista no se negocia, y con la marcha de Kobe íbamos a tener un poco menos.

Todo hacía indicar que su salida dejaba la puerta abierta al comienzo de un verdadero proyecto de reconstrucción, un proyecto largo y tedioso, en el que serían muchas las piezas que caerían hasta encontrar la fórmula del éxito. Pero lejos de caer, se han levantado con más fuerza. Con un hombre joven y decidido en el banco, llamado Luke Walton, dirigiendo a una camada de lúcidos y prometedores jugadores, han dado un golpe sobre la mesa en la conferencia oeste. A base de una ofensiva e intensidad de muchos quilates, han salido victoriosos en multitud de duelos contra rivales teóricamente superiores.

Lejos de comenzar con un periodo de transición, Walton ha iniciado una revolución. Los “baby Lakers” como se les apoda en el mundillo, han dejado boquiabiertos a más de uno, y más de dos. El nuevo entrenador de los Lakers ha puesto en marcha una maquinaría inexperta, y solo en unos meses ha logrado sentar cátedra con su pizarra y desplazar aire fresco al caluroso suroeste norteamericano. Llegar y besar el santo. Así ha entrado Walton en Los Ángeles.

D´Angelo Russell ha sentado la cabeza y se ha dejado de problemas con sus compañeros, para deleitar noches tras noches al respetable. Julius Randle al fin ha mostrado su verdadero potencial, anotador y reboteador. Intenso a un lado y otro de la cancha, como Jordan Clarkson, el tirador descubierto, y nuevo ladrón de guante blanco. Así mismo, Brandon Ingram, número dos del pasado draft, sigue en proceso de cocción, a fuego lento para evitar que se queme y se desperdicie toda su luz con el balón entre las manos. Mientras llega su hora, Lou Williams y Nick Young, los renacidos, están trabajando duro por apoyar y sostener el éxito de su equipo.

Todo esto, y mucho más, es obra en gran medida de un Luke Walton, al que desde ya, debemos reconocer el mérito de despertar a un dragón somnoliento, que ha vuelto a desplegar sus alas, para con toda su vitalidad, sobrevolar la liga norteamericana. Le queda volver a escupir fuego para luchar por un nuevo tesoro, un nuevo anillo. Eso sí, la esperanza en Los Ángeles vuelve al fin, no solo con brillo rojo (Clippers), también con color oro y púrpura.

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