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Luka Doncic: nacido para ocupar el trono que ostentó Petrovic

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La noche de San Juan tocaba a su fin y el verano de 1991 entraba en escena. Una madrugada de fiesta, bebidas alcohólicas, playa y hogueras servía para recibir de buena gana (no de manera oficial) la llegada de una estación deseada. El aumento de las temperaturas era evidente, y las sonrisas cómplices de los amantes en una eterna puesta de sol no hacían sino constatar la felicidad de una época apreciada. Sin embargo no fue un verano anhelado para todos. Mientras unos se permitían el lujo de refrescar sus cuerpos en los mares u océanos que bañan las costas españolas, tropas yugoslavas, tanques T-55 o helicópteros Gazelle fueron habituales durante diez días por las calles de Ljubliana. Sus ciudadanos tuvieron que convivir con el miedo debido a la guerra, y aunque finalmente la resolución fue exitosa para sus intereses, vieron de cerca la crueldad del ser humano en la guerra de los Balcanes.

Eslovenia declaraba su independencia de Yugoslavia un 25 de junio de 1991, justo el mismo día que Croacia, país vecino. Ninguno de los dos parecía contar con apoyos del exterior, ni por parte Europea, ni Estadounidense, quienes habían reconocido públicamente su rechazo a las propuestas procedentes de las regiones balcánicas. Ingenuos aquellos que pensasen en un posible acobardamiento por parte eslovena, que lejos de ello, plantó cara al ejército yugoslavo y salió airosa como un país libre en Centroeuropa.

El paso del tiempo permitió el florecimiento de un estado pequeño pero bello, como lo es su capital, Ljubliana, una de las ciudades más bonitas de toda Europa en la actualidad, y lugar de nacimiento, un 28 de febrero de 1999, de Luka Doncic, la reciente estrella del baloncesto europeo, que con solo 17 años, no parece tener problemas para despertar sentimientos de asombro en cuantos le ven jugar.

En tierras eslovenas la tempestad teñida de sangre, llantos y sufrimiento, vivida tiempo atrás, ha dado paso a la calma y el sosiego. Eslovenia es un rincón para la meditación, la paz, y también para el baloncesto, aunque no encaje mucho en este listado. Casi es obligatorio el saber tirar a canasta si tu nacionalidad es la eslovena. Más que un deporte, el baloncesto en Eslovenia es una religión. La misa de los domingos se sustituye por una celebración semanal en los pabellones donde los equipos de baloncesto desarrollan sus encuentros, y en uno de los muchos existentes, la cantidad de fieles desde su creación, ha sido considerablemente mayor a la de cualquier otro. El Arena Stozice, cancha en la que desarrolla sus partidos como local el Olimpia de Ljubliana (desde 2010), acoge entre sus gradas a más de 12.000 creyentes en la camiseta verdiblanca. Un club histórico que hace las veces de casa para cuantos acuden a su llamada, como lo hizo en sus inicios Luka Doncic, en este caso no solo como espectador, él quería ser partícipe de la fiesta.

Hijo de un ex – jugador de baloncesto y una campeona de danza llevaba el deporte corriendo por sus venas. Su corazón bombeaba sangre de atleta por todo su cuerpo, sangre caliente e inquieta que solo un balón podía calmar ya desde sus inicios, cuando su madre, para tranquilizar a un pequeño Luka de apenas seis meses de vida, colgaba a cuestas con este en los partidos de Sasa (padre de Luka).

Poco tardó Doncic en dejar de escuchar el bote del balón al lado de su madre, para bajar a la pista y ser el mismo quien produjese aquel magnifico sonido capaz de encandilarle. Las categorías inferiores del Olimpia le acogieron de buena gana y sirvieron como primer trampolín para un chico prodigioso en todos los aspectos del juego. Su facilidad en la materia y esfuerzo en cada entrenamiento fueron impulsando su nombre a las categorías superiores del club esloveno. No aparentaba su edad al practicar baloncesto, y ello hacia que sus compañeros y rivales fueran casi siempre unos años mayores que él.

Entre tanto ascenso por las categorías inferiores del Olimpia, apareció un histórico europeo en la puerta de la familia Doncic con una oferta interesante en su maletín. El Real Madrid había visto de lo que era capaz el joven Luka y no quería dejar escapar la oportunidad de reclutar un niño prodigio para sus filas. La propuesta fue clara y no tardó en ser respondida con un sí que llevaría la adolescencia de Luka hasta Madrid.

Con solo 13 veranos a sus espaldas, Luka desembarcaba en la capital española para adaptarse a una nueva forma de vida, un nuevo entorno y un nuevo equipo, todo ello sin el apoyo de sus seres más queridos al acabar el día. Siempre es duro partir del hogar, así que imaginen para un chaval que, aunque con una estatura de adulto, no había dejado de ser un niño con mucho camino por recorrer.

Su huella, por encima del número 46, empezaba a grabar sus primeros pasos como madridista, donde demostró ser un aprendiz de rápido avance. Como una esponja que todo lo absorbe fue captando consejos y mejoras de cada entrenador o compañero que servía de punto de apoyo al esloveno, y este, siempre agradecido y atento, no tardaba en constatar que aquellos avisos le serian útiles sobre la pista.

Recién cumplidos los 16 años debutaba en la liga Endesa con el primer equipo blanco, demostrando su precocidad, cumpliendo un sueño y siendo el más joven en vestir la camiseta del primer equipo madrileño en la competición más exigente del panorama nacional. Llegados a este punto , y teniendo en cuenta toda su trayectoria hasta el mismo, fue inevitable ver como surgían ciertas comparaciones del apodado niño maravilla con otros prodigios del baloncesto, entre los que no se hizo esperar el nombre de Drazen Petrovic, ídolo para Doncic como para muchos amantes y románticos de este deporte.

Drazen Petrovic: Antiguo rey en los Balcanes

La sangrienta batalla avistada en los Balcanes tuvo uno de sus focos más tensos en Croacia, quien corrió distinta suerte que la de sus vecinos, y en este caso su valentía costó más cara. Croacia sufrió de manera más violenta los efectos de la guerra, sus ciudades fueron avasalladas sin descanso durante cinco años (1991-1995), y entre ellas, Sibenik, lugar de nacimiento de Drazen, fue bombardeada y algunos de sus emblemas, como el teatro, fueron hechos pedazos.

La misma ciudad que un 20 de octubre de 1964 acogería entre sus habitantes a un bebé con el apellido Petrovic, se quitaría los grilletes que unían sus pasos a Yugoslavia y caminaría en busca de su propio destino, de forma definitiva, 31 años después. Aquel suceso no sería visto por los ojos y la mirada del genio de Sibenik, quien sin embargo, si llegó a defender los colores y la bandera de un nuevo país cuya nacionalidad no tardó en adoptar debido a su origen, Croacia.

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“Con 12 años le dieron las llaves del pabellón ante su insistencia por entrenar. Siempre iba a tirar desde las seis de la mañana hasta las siete y media y luego se iba a la escuela a las ocho” decía, de un joven Petrovic, un tal Neven Spahija, técnico en las categorías inferiores del Sibenika. Su determinación por alcanzar sus metas y superarse a diario era encomiable, y fue recompensada con una vida de éxito hasta su muerte. Su talento y esfuerzo le hicieron crecer y brillar desde el firmamento europeo hasta el estadounidense, donde sus mil y una diabluras son recordadas en unos Nets que lloraron su marcha junto al resto del planeta.

La plata en los Juegos de Barcelona (1992), obtenida con esa Croacia que defendió desde su independencia, aún era recordada por los presentes en aquella final mágica ante el Dream Team, y con esa imagen en la mente de muchos, se despedía a un loco del baloncesto que regaló su revolución a un deporte abierto a rebeldes como Drazen, capaces de innovar y convencer con números y acciones para el recuerdo.

Un fatídico accidente de coche puso fin a sus días de magia, pero para su leyenda aquello supuso solo el principio. “Quiero que algo de mi perdure después de la muerte” revelaba Anne Frank en un diario que conmocionó al mundo, y si Drazen quiso en algún momento lo mismo, que allá donde se encuentre sonría aliviado, lo consiguió, forjó una historia inolvidable.

Su partida antes de la hora prevista dejó al mundo del basket huérfano de un pirata sin parche, ni pata de palo, ni bandera con dos huesos y una calavera, pero si con un mapa recorrido en el que desenterró cientos de tesoros reconocidos por la sociedad de su época y trasmitidos por esta, de manera emocional y eufórica, a los predecesores para que estos continúen la cadena. Su llama se elevó hasta rozar las nubes y el trono balcánico tendrá difícil heredero, tan carismático y con ese carácter guerrero que cautivó a sus partidarios en el Sibenika, Cibona de Zagreb, Real Madrid, Portland Trail Blazers y New Jersey Nets, conquistó cientos de corazones y provocó la ira y rabia de tantos otros que no soportaron ni su juego ni su malévola dentadura afilada al cerrar los choques, pero todos ellos saben que su legado tenía un difícil sucesor. Su clase fue de otra galaxia, y aunque ha llovido desde entonces, un posible sucesor advierte en el horizonte para ocupar el asiento dejado por el genio de Sibenik.

Las comparaciones son odiosas, y pocas veces certeras, pero es inevitable que al ver explotar año tras año a un versátil, habilidoso, talentoso y trabajador Luka Doncic, surjan las dudas de si su leyenda será tan grande, menor o mayor que la de otro balcánico, vecino, luchador y de brillo cegador, Drazen Petrovic.

Mozart vs Beethoven y Petrovic vs Doncic

Es en este punto de la historia, la armonía de las letras dirige nuestra mirada a otros dos prodigios, que con distinta profesión y talento, inscribieron su nombre en la historia ¿Qué sería la música si no hubieran existido Mozart y Beethoven? Nunca lo sabremos, pero seguro que más aburrida.

Mozart era un genio, un niño prodigio. Uno de esos encantadores naturales y precoces en descubrir sus cualidades pero nunca sus límites. Solo la muerte interrumpió su música y por desgracia de forma prematura. La misma suerte corrió por las venas de un Petrovic cuyas alas fueron cortadas en un fatal accidente, dejando al mundo en un mar de llantos. Sus vidas fueron sesgadas de manera inesperada pero sus armónicas melodías seguirán sonando como un canto de llamada y recuerdo a los que jamás olvidaran sus legados.

Petrovic y Mozart fueron sublimes, cada uno en lo suyo, pero la ruleta de la vida, aunque tarde, no deja de ofrecer talentos al planeta. 14 años de diferencia separaban a Wolfgang Amadeus Mozart de otro icono en lo que responde a la composición musical, pentagramas, acordes y notas, Ludwig Van Beethoven. En este caso de familia alemana, su don de promover el llanto y la sonrisa con solo un conjunto de corcheas, negras, blancas y redondas, era tan sobrecogedor como lo fue aquel ostentando por su antecesor nacido en Salzburgo. Cerca estuvieron de conocerse estos dos maestros de la música, que sin embargo, circunstancias de la vida, solo acercaron sus caminos, sin cruce de trayectos ni paradas al mismo tempo.

229 años más tarde, en una de las calles que aguardaban a la espera de una primavera ya cercana en Eslovenia, la cuna estaría ocupada en este caso por un ferviente espíritu libre, que si fue tan rápido en sus andaduras infantiles como en el baloncesto no tardaría mucho en pasar del biberón y pedir una copa de güisqui. Fuego lento y tiempo son dos elementos perfectos que combinar cuando se quiere sorprender en la cocina con platos de esos que solo quieres repetir y repetir hasta llenarte, pero Luka Doncic no quería ser chef, quería ser estrella de baloncesto.

Mozart y Beethoven marcaron una dinastía, tras ser el segundo quien ocupase el lugar del primero cuando esté ya no pudo continuar su tarea, y ahora, tras la hora de Petrovic, Doncic recoge el testimonio para encabezar una nueva república independiente de las anteriores, y dependiente de un talento descomunal.

Historias cruzadas de cuatro genios que resucitan en estas letras para evocar el sentimiento de los nostálgicos, y servir en bandeja el inicio triunfal del único de los mencionados que aún no ostenta una plaza en el Olimpo de los nombres con un legado imperecedero. Una vida por disfrutar que espera ser leyenda a su final.

El trono balcánico espera a su nuevo rey

Desde que se conoce el baloncesto como tal uno de los reinos más consolidados y poderosos ha sido el balcánico. Hombres y mujeres brillantes desarrollaron sus cualidades en pos de un objetivo definido, mostrando mayor afinidad y destreza con los deportes en los que intervenían las manos para la distribución del esférico.

Su arte nació del caos, la guerra y mezclas de corrientes y culturas, matizado todo ello con pinceladas de pura locura, bendita locura para los amantes de este estilo. La revolución de los años ochenta, con Petrovic al mando de las operaciones, tuvo una repercusión extraordinaria. La luz que Drazen irradiaba sobre la pista hizo replantearse a muchos su postura sobre los blancos europeos. No solo sabían jugar al baloncesto, sabían competir jugando al baloncesto y poner en pie a todo un pabellón.

Descanse en paz aquel héroe que una vez abierta las puertas de la NBA fraguó su leyenda y elevó la categoría del basket balcánico a los mismos albores del paraíso. Su tiempo fue glorioso y aunque pasado, por siempre recordado, lo que no exime a sus paisanos de buscar un nuevo monarca que ocupe el asiento por el dejado.

Han pasado casi 25 años de su fallecimiento, y desde su marcha muchos han llevado sin éxito el peso de su nombre a las espaldas. Las comparaciones son odiosas dije antes, y en este caso, hasta la fecha, ninguna fue certera. Sin embargo, la magia enterrada en tierra de grandes reyes ha sido descubierta por un joven príncipe que, sin pretenderlo, lleva grabado a fuego el peso de sus compatriotas en la sangre, así como su talento. Luka Doncic, es un artista, quién aprobado ya en todas sus asignaturas del instituto español, pretende continuar hasta sacarse la carrera en la Euroliga, y entonces, no antes, culminar con el doctorado en los Estados Unidos. Luka está rallando la excelencia en la liga española, y avisa a navegantes de su toque de varita. Doncic el futuro es tuyo, si tú quieres serás leyenda.

Imagen cabecera: El Mundo

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