Real Madrid

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Los homenajes que nunca tuvimos

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Yo era todavía un niño cuando mi padre quiso que acudiéramos juntos a la despedida de don Emilio Butragueño, un asesino de plateado plumaje al que, por edad, yo no tuve la fortuna de poder adorar. Mi memoria confunde la tierna emoción de la niñez con la figura del homenajeado volando por los aires. Años más tarde, alguien me dijo que aquel vuelo que yo guardaba en mi retina se debía, simplemente, al hecho de que unos cuantos agradecidos habían decidido mantearlo. Yo le contesté que no. Que allí, dentro del estadio, todos vimos cómo el Buitre se elevaba por encima de todos, dejando en nuestra razón su quemadura. No recuerdo el momento exacto en el que todo cambió. No recuerdo en qué punto alguien decidió que ningún niño volvería a crecer con delirios futbolísticos en su currículum. Lo peor no es que esto ocurra. Lo peor es que ocurre porque los madridistas queremos.

Yo nací en 1986, casi diez años antes de que Iker Casillas fuese convocado por primera vez con el primer equipo. Por tanto, pertenezco a esa generación que asociará todo lo que le ocurra a la portería del Madrid con el guardameta de Móstoles. No es broma. Creo que yo llegué a ver a, por ejemplo, Bodo Illgner ganar títulos con el escudo blanco. Es más, creo que incluso pasaba por ser uno de mis jugadores favoritos de la plantilla que Capello malcrió allá por los prometedores noventa. Sin embargo, tantos años después, desengañado con todo (también con aquellas promesas noventeras), he olvidado todos aquellos anhelos y el alemán no es más que aquel gigante que precedió a Iker en la portería blanca. Con Buyo me ocurre lo mismo. Era ágil, me dijo no sé quién hace no demasiado tiempo. No lo era más que la mejor versión de Casillas, repliqué. Y así con todo. Y, ojo, esta actitud no tiene nada que ver con la mayor o menor admiración que por él sintamos. Incluso sus mayores detractores tendrán que revisar los estándares casillistas cuando juzguen lo que está por llegar: “De Gea tiene un juego de pies aceptable, nada que ver con Casillas… ¿recuerdas? ¿Recuerdas lo mal que sacaba de puerta?”.

Necesito volver a mi generación para que el lector comprenda la influencia que Casillas tiene dentro de la definición del club que cada uno de nosotros nos hemos inventado. Para empezar, Casillas es el tipo que todos quisimos ser (sí, el tipo que todos quisimos ser allá por los prometedores noventa). Un chaval de pueblo pero también de barrio, tacaño por no volver a ser humilde, macerado en campos de tierra que nosotros convertíamos imaginariamente en césped. Físicamente mediocre, como todos nosotros. Un día pisó el terreno y se dio cuenta de que nunca más tendría que imaginarse la hierba. Nosotros, los de entonces, que seguíamos siendo los mismos, no pudimos dejar de emocionarnos al ver cómo se tragaba el gol de Julen Guerrero el día de su debut: es el mismo gol que todos quisimos tragarnos.

Con el paso de los años, la evolución de Casillas se fue convirtiendo en el comparador que todo hombre necesita para evaluar su vida. Por ejemplo, durante aquel lustro y medio en el que fue el mejor portero, el mejor amigo, el mejor cuñado, el mejor confidente y, sobre todo, el mejor reflejo de lo que nunca fuimos, todos admirábamos su figura con una mezcla de orgullo y envidia. Yo presumía delante de cualquiera: “no sólo tenemos al mejor portero, también tenemos la vida que querías para ti”. Se convirtió en leyenda, lo canonizamos y lo endiosamos. Poco importaba: lo merecía. Después llegaron los mourinhistas y los carboneros y los casillistas y dios sabe cuántas plagas bíblicas más. Su figura se fue difuminando. Empezó a salir mal por alto cuando ya nadie se acordaba de qué era eso. Él nos había necesitado a nosotros tanto como nosotros a él para ser felices. De pronto, ocurre lo contrario: ahora nos necesitamos mutuamente pero para hacernos daño. Allí estaba mi generación para dictar sentencia: “Él fue Dios, pero yo trabajo en una oficina de 9:00 a 18:00, sentado y con aire acondicionado. Nadie me molesta”. Era la constatación de que el triunfo no existe. No existió en los noventa. Y no existirá cuando Casillas se marche.

Es aquí donde entra en juego el niño que sí triunfó. Al menos mientras observaba cómo el Buitre volaba sobre el Bernabéu, recordándonos lo feliz que te hace el fútbol cuando dejas de tomártelo en serio. Echo de menos aquel ambiente mágico, lejos de las tertulias de medianoche y de los tuiteros enfurecidos. Echo de menos aquellos homenajes donde los que, como yo, preferimos quedarnos con lo que sí consiguió el homenajeado para olvidar lo que no conseguimos nosotros. No me malinterpretéis. No quiero que las plagas se abalancen: decidid vosotras si soy madridista o no. Pero, eso sí, dejadme decirle algo a Casillas: mereciste volar como voló el Buitre. Quizás algún día, cuando todo pase, alguien se preocupe de esculpir la tumba que realmente mereciste. Tal vez junto a la de otros que tampoco han sido olvidados. Puede que, incluso, junto a la de esta generación desnortada e imprecisa, que desaparece a través de los recuerdos que se empeñó en olvidar.

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