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Los flashes no son para Luka

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Un tipo rubio, menudo, balcánico y tímido cruza el legendario túnel de Old Trafford. Los flashes pasan por alto su presencia. Apenas balbucea español. Se coloca la melena dejando su oreja descubierta, como en un acto de coquetería que nadie reconoce ni en su personalidad ni en su aspecto. La cosa cambia cuando lo ven conducir el balón. Demorándose entre aplauso y aplauso, acaricia el balón con suaves golpes. Cuando parece que lo van a derribar, cambia el ritmo y el juego de seducción se acentúa. Se escuchan murmullos. Es Luka Modric, dice uno.

A estas alturas de la película, el aficionado ya ha comprendido que el balón va de un lugar a otro con más velocidad cuando Luka es la constante. Gracias a esto y a algunos detalles técnicos que aparecen con cierta redundancia, se puede ya decir que el aficionado merengue respeta al centrocampista croata pero sin elevarlo a la categoría de ídolo.

El madridismo necesita algo más: una pedida de mano delante de toda Europa. Una señal de fidelidad eterna.

Mientras, en Old Trafford, el tipo de la melena deambula manteniendo atenta esa mirada marchita que a nadie asusta. Han pasado 66 minutos desde que cruzase el túnel y, hasta entonces, pan duro. 1-0 y la eliminatoria de cara para los Diablos Rojos. Solo la expulsión de Nani pone pimienta al aburrido combate.

Entonces el pequeño croata decide detener el tiempo coincidiendo con una tímida pared cn Sergio Ramos. Encara la portería a casi treinta metros de ella ejecutando un baile con el cuerpo que nadie se cree. Como si de una bala de fogueo se tratase, nadie en el Teatro de los Sueños teme por su vida. Tampoco el defensa inglés, que se abalanza sobre su presa con la fiereza del que se siente ganador de antemano.
Modric parece rendirse. Baja los brazos y deja que el defensa lo engulla sin piedad. Pero cuando éste ya parece relamerse con el olor del botín, el melenudo cambia el paso. Ha ocurrido. El defensa se lame las heridas mientras su presa acerca unos metros su punto de vista.

 

 

No hay marcha atrás. Apunta, dispara y condena.

El palo escupe el balón con dirección a la red (si lo hubiera hecho en otra dirección, quizás ahora no estaría escribiendo esto). Nadie celebra el gol porque el asesino sigue bailando, embelesando a las víctimas como un Jesse James del siglo XXI.

Ha sido Modric, dice alguien esta vez. Y el cambio de forma verbal aquí resulta definitivo: el croata ha certificado su trabajo sin dejar testigos. Como si de una epidemia se tratase, ese gol contagia a los madridistas de una especie de fiebre que les recuerda a menudo que el tipo rubio, menudo, balcánico y tímido es, además de un asesino, un confesor capaz de expiar al resto del equipo de una serie de pecados que ninguna plantilla soportaría.

Varios meses y alguna asistencia en forma de Décima después, el madridismo se debate entre la conveniencia o no de dar equilibrio al centro del campo merengue con tal o cual mediocentro, con este u otro carrilero. Pero, a pesar de la pequeñas dudas que surgen en cualquier lecho conyugal, nadie discute que los éxitos que pueda cosechar el cejudo Ancelotti dependen cada día más de nuestro pequeño croata.

Este consenso se lleva a cabo en la sombra. Y él tan contento en su segundo plano, ya sin melena. Frotando su alianza como un hobbit, lejos de esos mismos flashes que no le alumbraron en Old Trafford y que, gracias a él, sí hacen lo propio con el resto de la plantilla.

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