Deporte con estilo

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Los extranjerismos deportivos y el uso del diccionario

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“En el ‘warm up’ ya tuvo problemas, que se reprodujeron en la carrera. Primero un accidente que motivó la salida del ‘safety car’ le perjudicó; luego un aguacero, que le obligó a cambiar sus ‘slicks’ por los ‘full wet’ para solventar el ‘handicap’ del ‘grip’ con la pista. El ‘graining’ le obligó a parar en boxes, pero una deficiente ‘pit stop’ en la que perdió mucho tiempo y una penalización de ‘stop and go’ lastraron sus opciones en el GP, pese a haber logrado la pole. Las caras de los técnicos en la ‘motorhome’ eran un poema”.

O bien:

“En la vuelta de calentamiento ya tuvo problemas, que se reprodujeron en la carrera. Primero un accidente que motivó la salida del coche de seguridad le perjudicó; luego un aguacero, que le obligó a cambiar sus neumáticos lisos por los de lluvia para solventar la falta de adherencia con la pista. El desgaste de las gomas le obligó a parar en los garajes, pero una deficiente parada en la que perdió mucho tiempo y una penalización de para y sigue lastraron sus opciones en el Gran Premio, pese a haber logrado la primera posición en la parrilla de salida. Las caras de los técnicos en la caravana de la escudería eran un poema”.

¿Con qué versión se quedan? Probablemente el primer texto resulte más técnico y dé la sensación de que el que escribe realmente domina la jerga de la modalidad; desde luego, sería la más apropiada para dirigirse a pilotos, escuderías, espónsors,… pero ¿también es la opción más adecuada para los lectores? Hablamos de periodismo. Veamos.

La Fórmula Uno, cuyo Mundial acaba de comenzar este fin de semana en Australia, es uno de los más claros exponentes del uso prevalente de los extranjerismos en el lenguaje deportivo. Si bien es cierto que los periodistas que se dedican a cubrir competiciones suelen emplear las voces foráneas con naturalidad, ya que hace muchas décadas se importaron del idioma de los países inventores del ‘sport’ o deporte reglamentado moderno, también lo es que existe una clara tendencia a abusar de ellas, en muchas ocasiones sin reparar en que es posible que ya existan palabras o expresiones con significado equivalente en español y, lo que es más importante, sin pensar en el público al que se dirige y, por ende, en la capacidad de este para decodificar los mensajes.


La Fórmula 1 es un ejemplo claro del uso masivo de extranjerismos | Getty

Partamos de la base de que no todos los extranjerismos que usa el periodismo son necesarios (‘warm up’, ‘safety car’, ‘pit stop’,…), porque no definen una realidad nueva, diferente de la que ya existe en nuestro idioma (vuelta de calentamiento, coche de seguridad, parada en boxes). Si bien muchas de esas palabras pueden considerarse como aceptables en la medida que el público los entiende sin relativa dificultad, su empleo resulta ciertamente prescindible si nos atenemos a lo que recoge el diccionario. De hecho, la priorización en el empleo de voces extranjeras en el lenguaje deportivo ha traído consigo un notorio desplazamiento de términos y frases equivalentes en español que han dejado de emplearse o que simplemente se utilizan menos.

Es preciso, por tanto, advertir al menos de que contamos con traducciones en nuestro idioma perfectamente válidas para definir la mayoría de los conceptos, reglas y situaciones de las diferentes competiciones y que su utilización contribuye a que el lenguaje utilizado sea, en la mayoría de los casos, menos críptico y a que los aficionados comprendan mejor lo que los medios de comunicación les están contando.

¿Qué hacer entonces cuando en una modalidad deportiva el término o la expresión de procedencia extranjera está más que asentada en el uso común de los ciudadanos?

Pocas dudas generan, por ejemplo, voces como pole (‘pole position’) o boxes; casi nadie se acuerda de que existen traducciones para ellas (primera posición de la parrilla, garajes) y han entrado a formar parte de la lengua común. Igualmente ocurre con otros extranjerismos como amateur (aficionado o no profesional), ‘foto finish’ (foto de llegada), ‘hat trick’ (triplete o tripleta), ‘manager’ (representante o agente de un deportista, director, gerente, administrador o apoderado), ‘playoff’ (liguilla final, eliminatoria, segunda fase, fase final, serie semifinal, serie final o desempate), tránsfer (pase internacional) o ‘wild card’ (tarjeta de invitación, invitación o comodín).

En muchos casos la pujanza de las voces foráneas en el lenguaje periodístico deportivo tiene que ver también con el hecho de que no se hayan encontrado equivalencias en español que perduren y convenzan a deportistas, entrenadores, periodistas ni aficionados. Así, en los medios todavía no han calado propuestas provenientes de la Academia tanto en lo referido a la ortografía (casi nadie escribe rali por rally, yudo en lugar de judo, pádoc por paddock o “jóquey” en vez de hockey) como de la traducción de nuevas disciplinas o pruebas (denominar ‘trineo de esqueleto’ al skeleton, o ‘tablanieve en pendiente’ al slopestyle son opciones que a día de hoy no han sido acogidas por casi ningún medio especializado).

Por tanto, la voz foránea puede estar más que justificada en supuestos, como los recién mencionados, en los que no se cuenta con una correspondencia clara en castellano, sino más bien con una alternativa que suscita dudas, que adolece de la falta de consenso necesario para que los medios la adopten y que, de entrada, es desechada por el periodismo, lo que impide que su uso se proyecte hacia la población y se consolide.

Dado que no siempre se hallan las soluciones desde dentro del idioma, a menudo acaban imponiéndose las voces importadas, o bien directamente (no suelen traducirse ni ‘chicane’, esto es, dos curvas en direcciones opuestas consecutivas en un circuito; ni ‘medal race’, la última regata de una competición de vela en la que participan los mejores barcos y tiene una puntuación doble) o adaptadas a las formas de derivación en español (en tenis existen los verbos esmachar o liftar, en golf chipear o en boxeo jabear).

Todo ello demuestra una vez más que la elección entre una palabra extranjera y otra en español habrá que aplicarla a partir de dos criterios decisivos: por un lado, lo extendido de su uso entre la población; y, por otro, cuando la equivalencia resultante en nuestro idioma llega a ser poco rentable desde el punto de vista de la economía del lenguaje: una palabra, a menudo corta, en inglés en ocasiones necesita explicarse con varias o incluso una frase en español (‘drive-through’ o ‘drive-thru’ es la penalización que obliga al piloto a pasar por la vía de servicio sin pararse, una traducción demasiado larga que contraviene la economía del lenguaje).

Además, no merecerá la pena ‘forzar’ una correspondencia en español para una voz extranjera que define con precisión un concepto ya asentado entre los usuarios de una disciplina deportiva determinada, especialmente cuando su paso al español puede comportar una pérdida parcial de su significado.

Del grado de aplicación de estos criterios y de la frecuencia con que consultemos el diccionario español para hacer un buen uso de nuestro idioma dependerá finalmente que un extranjerismo tenga la consideración de necesario o de superfluo y que tengamos la capacidad para utilizarlos convenientemente, siempre en función del contexto, del medio para el que se trabaja y su audiencia, y del estilo que se pretende aplicar para que la información que ofrezcamos sea lo más precisa, rica y atractiva posible.

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