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Los caminos compartidos de Federer y Nadal

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Gonzalo DE MELO – Sábado, 8 de agosto de 1981. Probablemente fuera uno de esos pocos días en los que la fría Basilea abrazase el calor de un verano que se acorta en países en los que la nieve es más habitual que la lluvia. Martes, 3 de junio de 1986. La temporada de verano en la cálida Manacor empieza a hacerse notar; la invasión alemana se palpa en las Islas y los negocios que viven del turismo durante seis largos y provechosos meses se frotan las manos para recibir al norteño que anda en busca de sol, playa y alcohol barato. Esto es España, no Suiza.

Dos de los mejores tenistas de la historia nacen bajo el calor estival, pero en ambientes contrapuestos. Robert Federer, padre del artista suizo, era un representante de los laboratorios farmacéuticos Ciba-Geigy, con sede en Basilea, y conoció a Lynette, futura madre de Roger, en 1970 en la filial sudafricana de la empresa helvética afincada a las afueras de Johannesburgo. De ahí el feeling especial de Roger con Sudáfrica, país en el que la Roger Federer Foundation lleva a cabo varios de sus programas de cooperación al desarrollo.
Ana María Parera es la coordinadora y una de las cabezas visibles de la Fundación Rafa Nadal; el nombre y el personaje pasaría desapercibido (la discreción es una de las máximas de la familia Nadal) si no fuese porque Ana María es la madre del que es, con total seguridad, la mejor raqueta que haya nacido en España. Ana María se casó con Sebastián Nadal, empresario relacionado con la organización de eventos deportivos; tras separarse y reconocer el tenista que su bajón en 2009 se debió en parte a la ruptura de sus padres, hoy se han reconciliado y siguen apoyando a esa zurda prodigiosa.

Pero no. Tampoco vamos a hablar de amoríos y relaciones sentimentales. La historia no va de raquetas, ni de polvo de ladrillo, ni de pistas rápidas o lentas; va de botas y césped, aunque nada que ver con Wimbledon, ese vestigio del siglo XIX en forma de Grand Slam moderno que mantiene ese aura genuino. Vamos a hablar de fútbol y de Roger Federer y Rafa Nadal. Porque los dos hicieron sus pinitos y no esconden que estuvieron a punto de calzarse unas botas de tacos antes que cargar un juego de raquetas que, hasta la adolescencia, empequeñecía a un chaval de metro y medio que debía llevar encima un par o tres de raquetas, además de botellas, bebidas isotónicas varias, muñequeras, cintas, grips, antivibradores, toallas, fruta y toda una serie de pequeñas torturas que hacían del tenis toda una carga física previa al partido.

El FC Basel, ese club que empieza a sacar la cabeza en Champions League (no en vano dejó fuera al Manchester United en la edición 2011-2012, derrotando a los de Sir Alex Ferguson por 2-1 en Suiza) y Europa League (eliminado en semifinales de la 2012-2013 ante un equipo de Champions como el Chelsea), tuvo en sus filas a un tal Marco Chiudinelli. Poco se sabe de un tenista suizo, también nacido en Basilea, y que juega en el circuito ATP, aunque la mayoría de torneos que frecuenta sean Challenger.

Chiudinelli, sin embargo, jugaba de líbero en las categorías inferiores del FC Basel (aunque el concepto futbolístico suene a prehistórico, hace no mucho se jugaba con líbero; para los más modernos, defensa central que se coloca por detrás de toda la línea defensiva para barrer lo que llegaba y sacar el balón controlado desde atrás. Beckenbauer lo fue, por ejemplo). En el Concordia Basel, el otro equipo de la ciudad, jugaba de delantero centro un tal Roger Federer. Los enfrentamientos con Chiudinelli, una constante en la corta carrera de Federer como futbolista. No fue hasta que colgó las botas que Roger empezó a ser un aficionado más del FC Basel. Se dejó ver en la tribuna del St. Jakob Park en la ida del partido de semifinales ante el Chelsea, bufanda enroscada en cuello.

Debió de sentir el cosquilleo, el famoso gusanillo que hace que quieras volver a ponerte unas botas, cuando Federer, ya ganador de tres Grand Slam, se puso las botas de nuevo en el verano de 2004 para entrenarse en una sesión de pretemporada con el FC Basel. Federer no era, ni mucho menos, lo que es hoy; aunque fuera el año de transición de tremenda sorpresa en 2003 levantando su primer Wimbledon, en 2004 ganó casi todos los torneos que disputó. Empezaba su particular dictadura en el circuito ATP. Pero, a pesar de sus indiscutibles logros deportivos, Roger no arrastraba toda la mercadotecnia que va tras de él.

Recuperó viejas sensaciones, se puso las botas y saltó al campo en pretemporada. Esta vez no era el césped de su jardín privado del All England Lawn Tennis and Croquet Club, sino aquel que se pisa con una mayor virulencia, la requerida para un deporte de contacto como el fútbol. Christian Gross, técnico del FC Basel en la década que va de 1999 a 2009, se quedó impresionado por el talento de aquel hombre que había escalado hasta el número 1 de la ATP el 2 de febrero de 2004.

Gross lo tenía claro: “estoy convencido de que si hubiera persistido hubiera tenido una carrera futbolística”. Roger, en 2008, lo constataba: “me gusta pensar que hubiera podido ser un buen futbolista. Era un centrocampista ofensivo, aunque también jugaba de delantero. Era un buen líder, así que creo que también hubiese sido un buen capitán”.

Lo mismo le sucedió a su amigo y rival. Rafa Nadal, con 12 años, tuvo que elegir entre tenis o fútbol. El balear había ganado ya varios torneos de tenis, pero el fútbol ha sido una de esas cuentas pendientes a las que se debe enfrentar cualquiera de los mortales en una de esas decisiones vitales. Septiembre de 2010, y Rafa completaba el anhelado Grand Slam; levantaba el US Open y sorprendía a todos diciendo que "el fútbol siempre ha sido lo mío. Una espinita que se me ha quedado clavada siempre es que no he podido jugar más al fútbol, tengo una pasión increíble por el fútbol". Más lejos fue aún al afirmar que “si necesitan un delantero en algún momento [se refería al Mallorca de sus amores, aunque jamás ha escondido su vena madridista], estoy ahí”.

Alguien quiso que los dos colgasen las botas, (¡sin ni tan siquiera siendo conscientes de la trascendencia de esa, aparentemente, minúscula decisión!) empuñaran la raqueta y cambiasen el amarillo de las pelotas de tenis por el verde del llamado deporte rey. El destino les tenía guardado que crearan una rivalidad que traspasa las tenísticas (Agassi-Sampras; Becker-Edberg; Borg-McEnroe; McEnroe-Lendl) para estar en la órbita de las mayores rivalidades en la historia del deporte.

El 8 de agosto de 1981 nacía Roger Federer en Basilea; ese día, principios de los 80, y ante el quinto día de huelga de los controladores aéreos estadounidenses, la administración Reagan empezó a remitir miles de cartas de despido. El 3 de junio de 1986 veía la luz Rafael Nadal Parera; el mismo día en el que se firma en Madrid el Convenio entre Luxemburgo y España para “evitar la doble imposición en materia de impuestos sobre la renta y sobre el patrimonio y para prevenir el fraude y la evasión fiscal”.

Hoy somos más de amnistías fiscales. Menos mal que el fútbol les amnistió y hoy, aún, les podemos disfrutar sobre cualquier cancha de tenis.

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