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Everton, destino y catastróficas desdichas

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El destino, a veces, puede ser tan bueno como catastrófico en algunos momentos de la vida. En el Everton esa palabra, una fuerza desconocida que actúa de forma azarosa, la conocen a las mil maravillas. Y es que esta entidad que nació en Anfield, el campo del eterno rival, conoció el destino en su forma más vil y cruel en distintas etapas de su historia.

Las guerras mundiales, primero, llegaron en los años de éxito precoz. La primera cruzada, entre el 1914 y el 1918, estalló con el primer título tras la sequía de 25 años sin ser campeones domésticos. Tras unos lustros de decadencia, el fichaje de Dixie Dean, uno de los mejores cabeceadores de la historia del futbol británico, volvieron a poner a los blues en lo alto. Tras la quinta corona liguera en 1939, la guerra mundial golpeó un equipo de ensueño. El parón de 7 años sin competiciones deportivas provocó el ocaso de los toffees a un oscuro futuro.

Para volver a lo más alto costó mucho. Los 60 fueron bastante buenos, pero los 80 significaron un antes y un después en el cuarto mejor equipo de Inglaterra. Howard Kendall, fallecido hace solo unos meses, cogió el cargo para llevarlo a la élite del futbol europeo. Tras ganar la FA Cup en la temporada 1984, al Watford de Elton John, el club de Liverpool contaba con la mejor plantilla de su historia para el posterior curso.

Southall, Ratcliffe, Sheedy o Gray eran tan solo algunas de las piezas con las que iban a buscar el reconocimiento europeo y nacional. Y es que, tras ganar la liga de forma espectacular, los de Kendall consiguieron ser campeones de la Recopa por primera vez en su historia. Una Recopa que ganó brillantemente al Rapid de Viena pero que quedó marcada por eliminar al Bayern en Goodison Park, en semifinales, en el mejor partido de la historia del viejo estadio según los seguidores. El triplete, debido al cansancio, fue malogrado por la derrota en la final frente al Manchester United en la FA Cup. Y, cuando el Everton se preparaba para jugar la liga de campeones, esa palabra maldita volvió a golpear a los toffees.

Sus rivales, el Liverpool, jugaban en aquel mismo año la final de la máxima competición continental frente a la Juventus. El futuro de los de Southall y compañía iba a estar en una batalla entre italianos e ingleses. En una era en la que el hooliganismo era un serio problema, Heysel fue el punto culminante para los estamentos europeos. Y es que tras los enfrentamientos entre ambas aficiones, en la que murieron 39 personas, los clubes de Inglaterra recibieron una sanción de 5 años sin poder jugar competiciones europeas. Tras tanto trabajo y sacrificio los de Goodison Park no podrían jugar ni la Supercopa de Europa ni, sobre todo, la Copa de Europa.

El 1987 fue el inicio del éxodo de todos esos hitos idolatrados hasta la extenuación. Howard Kendall y Gary Lineker, un año antes, partieron hacia la península para continuar recapitulando éxitos. Los de Liverpool, entonces, cayeron en una depresión que estuvo a punto de enviarlos a segunda, cuando un golazo de Barry Horne les privó de descender de categoría.

Asimismo, aquella tragedia a la larga provocó el auge de la Liga Inglesa y el posterior nacimiento de la Premier League. Las medidas de seguridad aumentaron y la competición empezó a abrirse al mundo. Son muchos los que piensan que esa apertura es la que hizo perder al Everton la oportunidad de entrar en la élite del fútbol nacional e internacional, pero el destino, maldito destino, no lo quiso así.

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