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Lo que aprendí del fútbol

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Aunque confundo los colores con los sentimientos, soy el único de mi casa capaz de diferenciar el amaranto, el vinotinto, el grana y el encarnado pese a que ninguno de ellos aparecía entre mis lapiceros. Así que supongo que al fútbol debo todo lo que sé de colores y pigmentos. Conocimientos que también me han permitido discernir entre bleus, blues y azzurri y saber que no son, ni por asomo, el mismo tono ni el mismo concepto. Fui estudiando los números luego y me percaté de que lo que aquí es un dos allá puede ser un cuatro, de que un doble cinco no tiene nada que ver con un diez y de que el once, en todas y cada una de sus diferentes disposiciones, es siempre quien termina prevaleciendo.

La zoología fue lo siguiente que caló en mi cerebro. Apasionante universo. Todos mis animales favoritos sabían hacer filigranas con el cuero. La cobra y el piojo que picaban como avispas, el buitre que se zafaba en un palmito de terreno y una pulga que hacía sombra al reino animal entero. Contemplé en blanco y negro al ratón Ayala y al Gato de Odessa peleando como sus homónimos verdaderos. Vi a los zorros ser los buenos del gallinero. Y descubrí, además, que había foquitas en Perú, que las panteras nacían en Mozambique con nacionalidad portuguesa, que los burritos hacían mejor los túneles que los topos, que los cuervos podían ser azules y rojos, que las arañas negras usaban manoplas, que las plumas de la saeta eran rubias, verdes las de las águilas en Nigeria y que el Matador en lugar de un torero era un toro y también un murciélago.

Gracias a ti también aprendí geografía y evidencié, con extrañeza, que había chinos uruguayos y vascos que son argentinos, que mexicana era la denominación de origen de las mejores chilenas y que chileno era el zamorano más ilustre en cambio. Que en los Cárpatos se escondía un Maradona y un Romario en Aldaya. Que en Italia se inventaron los candados. Que las ciudades son sus equipos y viceversa. Me percaté en Ámsterdam de las bondades de lugares tan exóticos como Surinam y supe que los magos existían realmente en la tierra fantástica de Arguineguín. Me aprendí el nombre de todos los pueblos: Fuentealbilla, Camas, Santpedor, Tuilla, El Puerto… Quise ser búlgaro, ucraniano y checo y levanté tres balones de oro en la pista del colegio.

San Paolo, San Siro, San Nicola… ¡Por los clavos de Hristo!, conozco más santos que un calendario antiguo y los he visto ser un auténtico infierno. Peregriné a una catedral en cuyo principal altar no hay ofrendas a vírgenes sino a un romperredes que mojaba en todos los encuentros. Pude ver a Ronaldo volver a postrar a San Lázaro mientras le susurraba desde el centro del campo: ni te levantes ni andes que a mí sí que no me tira nadie y a un Papa abrazando a un D10S con la forma del más mundanal de los hombres y del más celestial de los genios. Recopilé pruebas fehacientes de que los milagros existen en los ojos de un asesino con cara de niño noruego aunque lo mío ha sido más la superstición que la religión y ese extraño afán de intentar cambiar el sino de los últimos minutos cruzando fuerte los dedos y más fuerte aún los deseos. Y alguna vez yo también hice mi milagro y dejé mi sello.

Empecé con las clases particulares y me dispuse a instruirme en idiomas hasta convertirme en políglota sin serlo. Torwart, portiere, gardien y goleiro. Hasta poder dar fe de que George había hecho justicia a su apellido dentro y fuera de los terrenos de juego. Más tarde, lecciones de geometría. Con tiralíneas, escuadra y cartabón. Certifiqué que en una triangulación podía habitar la vida misma, cambiando vértices por botines, catetos por distinguidos talentos e hipotenusa por pelota. También que toda torcida animaba erguida y que Cuadrado y Redondo eran efectivamente figuras, pero de relieves poliédricos en lugar de contar con bidimensionales perímetros muertos. Y quise, asimismo, empaparme de lingüística y desde entonces pocos saben más sinónimos que yo de loco: Abreu, Vargas, Gatti, Palermo… y El Loco que siempre ha tenido más razón que todos los cuerdos. Descubrí que positifo y negatifo podían escribirse así, con efe, y que los mejores diminutivos terminan en –inho, sin excepción de posición ni género.

La historia me atrapó de lleno. Me leí del tirón el libro gordo del Petete. Supe que para ganar cualquier batalla podía bastar con un Cañoncito, un Arquero, un Rifle, un Tanque o un Torpedo. Presencié legendarias luchas entre indios y vikingos. Me levanté los cuellos como me enseñó Eric el Rojo diablo. Vi al último zar reinando en Galicia, al Emperador perder su imperio, al Káiser ganar dos guerras mundiales por el más ansiado trofeo, al Rei mandar en la república democrática más antigua del mundo tras conquistar el cosmos al completo y al Príncipe hacer lo mismo en la más antigua de Europa, con París – Marsella como trayecto. A Reinas y Caballeros ejerciendo de cancerberos. Al Presidente besando cada día la calva de su portero. Y tras sus relatos épicos, algunas dosis de filosofía con Sócrates, el padre de la materia, que calzaba un treinta y seis y murió por darse a la bebida, aunque no fuese cicuta aquella.

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El cine fue el arte al que me entregué con mayor esmero. Comencé por films animados como Los Invencibles pero no los que llevaban mallas sino los que viven en Superga. Y joder, esos sí que eran superhéroes auténticos. Vi a Il Bello y a La Bestia cambiarse los papeles y compartir algo más importante que el amor: el vestuario. Me di cuenta de que Hulk no era verde sino mulato antes de cambiar de género. Comprobé que Tiburón había sido la reposición de Tarzán en las mejores salas de Las Ramblas. Vi a Scarface hacer actuaciones dignas del mejor Al Pacino, aunque en Francia o Alemania en lugar de en Miami. Atestigüé que, como se narraba en El Padrino, Sonny era un pistolero y que un zimbabuense y un polaco habían protagonizado un spaghetti western bajo el emblema del mismo equipo como en dos partes de una misma saga separadas por dos décadas de tiempo.

La arquitectura, la pintura y la literatura se fueron posando también entre mis conocimientos. Y dibujé La Lanterna, la Mole, la Madonnina del Duomo, la Giralda y su derbi, Neptuno y Cibeles y con los colegas, dejamos en pañales a Calatrava mientras construíamos tirando paredes. Admiré a Pinturicchio, aquel que no firmaba lienzos sino que pintaba goles en su cuaderno y adiviné que el grito más célebre no llevaba la firma de Munch sino la de Tardelli, otro tipo bianconero. Me morí de frío con Zorrilla y su Don Juan blanquivioleta y leí a Galeano, a Alberti alabando a Platko o a Camus, otro que era poesía de portero y marco.

Me dejé arrastrar por las modas aunque tuve claro que la alta costura viste de pantalón corto con dorsal al lado izquierdo. Fui fanático de los sombreros sin jamás haberme puesto uno encima del pelo. Alfonsito me pintó con alcanfor blanco las botas de lengüeta, Edgar me prestó sus futuristas gafas y quise ser como Julen antes que querer ser como Beckham para convertirme en el terror del área y también el de las nenas. En el 94, deseé dejarme una divina coleta. En el 98, teñirme el pelo de rubio rumano, que se me viera el cartón aunque tuviese diez años o que me quedase tan elegante como a ellos el traje que portaban unos arlequines balcánicos con zapatos de seda y pies de esparto.

Del fútbol aprendí también los mejores cuentos que un día podré contar a mis nietos. El holandés que podía volar. El increíble hombre langosta. Las aventuras de Mágico, que más que un apodo era un hechicero amarillo y salvadoreño, y las hazañas de sus homónimos magiares cuando derrotaron por primera vez y en su casa al imperio. Y de la narración clásica a la fábula con el relato del conejo que peloteaba con un payaso entre gallinas, el del pato que jugaba con un ganso empeñado en imitar a las avestruces o la historia de las gaviotas que un día fueron negras en ciudades como Vigo o Málaga y que batían sus alas arriba y abajo sin despegarse del suelo.

Comprendí que los polos opuestos no se repelen y, al contrario que lo que nos habían dicho, se atraen y complementan. Que hace falta un eje para que la sala de máquinas funcione a pleno rendimiento y de vez en cuando, apretar las clavijas y engrasar los pernios. Que en A Coruña podían comprarse las mejores lambrettas brasileñas. Me quedé helado al conocer qué era la aerofobia con el excéntrico y callado Dennis y su muestrario de joyero para bajar melones del cielo al suelo.

Confesaré que no soy un gran chef pero sé algo de gastronomía gracias entre otros ingredientes a un espárrago rojo, a una cebolla celeste y a una naranja y un queso que dejaban un inmejorable gusto en el paladar pese a ser ambos mecánicos elementos. Probé merengues con sabor a victoria, peritas en dulce de regustos amargos y preferí las colas de vaca a los rabos de toro, el té en tacita de plata y si hay que beber otra cosa, nada mejor que las copas que no llevan nada dentro más que licor de gloria sin hielo.

La música también llegó a mis oídos como ondiñas que veñen e van. Reproduje en bucle los greatest hits de Roberto Carlos, supe que el submarino amarillo no una mera canción de Los Beatles y que Mozart había nacido en Brescia con una batuta debajo el brazo. Di fe de que un vizcaíno de media melena rubia marcaba goles realmente increíbles pero, sobre todo, quise emular a Freddy Mercury, micrófono en mano, el día de una final de Champions. Fui consciente de que nunca cantaré sólo y entoné mil y un cánticos con todos ellos, bufanda al viento, para bailar aunque fuese con la más fea en ese momento.

Y aprendí más de economía que suscrito al Cinco Días. Supe de quiebras, recalificaciones, cláusulas, acciones, ampliaciones, bonus, primas, tías y sobrinas. De balances, auditorías, oferta, demanda, valor, rédito y riesgo. De recompras, negociaciones, comisiones, revalorizaciones, cesiones y préstamos. De fundaciones y refundaciones. De invertir bien o mal el dinero. Y después de la pasta llegó la ideología, con la libertad que hemos tenido de abrazar uno o varios de entre todos los ismos del mundo entero. Hemos sido menottistas, bilardistas, cruyffistas, mourinhinstas, bielsistas, guardiolistas, cholistas… ¿Existe alguno que no hayamos adorado? No lo creo.

Cuánto no habré aprendido de ti. La fidelidad, la delgada línea entre razón y locura. El poder del dinero. La traición, las promesas incumplidas. El amor ciego. La pasión, la nostalgia, la fe. La frustración y su necesaria convivencia. Me enseñaste que ganar y perder son dos caras de la misma moneda, que se podía defender atacando y atacar defendiendo, que no hay nada como vivir con el corazón el área y otro consejo: nunca dar nada por sentado. Me hablaste de la forma esférica de los recuerdos. Que la justicia, algunas veces, tenía poco que ver con el merecimiento. Que si yo salgo, entra un compañero.

Las sonrisas más sinceras y las lágrimas más sentidas por ti surgieron. La desesperación, la desilusión, la rabia, el éxtasis, la alegría, un arrebato de odio, un mar de agradecimiento. Tú, y no Einstein, me ilustraste sobre la relatividad del tiempo. Me contaste que un minuto puede pesar toda una vida y que en un solo minuto toda una vida puede cobrar sentido y por siempre tenerlo. Nos convenciste de levantarnos del suelo y de que si no estamos, algún día volveremos. Me enseñaste que aprender es un camino infinito sin destino conocido ni prefijado apeadero y desde entonces he sabido que a tu lado, querido fútbol, todo sería más interesante, más lindo y más llevadero. Y como tú, imperecedero.

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